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ANÁLISIS

Miguel Falomir, el hombre que siempre estuvo allí

El hasta hoy director adjunto de Conservación sustituye a Miguel Zugaza al frente del Prado

Miguel Falomir, en mayo de 2016. En el vídeo, Falomir presenta las colecciones del Prado en 2015.

La llegada de Miguel Falomir Faus (Valencia, 1966) a la dirección del Museo del Prado viene a significar bastantes cosas y, al decir general de quienes han frecuentado su entorno en los últimos tiempos, todas ellas positivas tanto en lo profesional como en lo personal. Otro significado de su nombramiento sobreviene en forma de demostración. Porque demostrado queda ahora, con su acceso al mando de uno de los más grandes tesoros mundiales del arte, lo que muchos sospechaban: que este gran experto en pintura italiana del Renacimiento ha sabido ir acumulando a lo largo de su carrera muy parecidas dosis de dos condiciones imprescindibles para aspirar a un puesto así: la excelencia científica y la calidad humana.

La tercera de esas condiciones o de esas deseables virtudes para un director del Prado es, sin lugar a dudas, la capacidad del elegido para moverse con soltura, y más allá de eso con habilidad y un poco de espíritu maquiavélico, en las procelosas aguas de la política, ya retumbe el oleaje a babor o a estribor, o sea, ya se las tenga uno con un ministro de Cultura del PSOE o con uno del PP. Miguel Zugaza tenía esa capacidad sin un átomo de duda. Queda por ver si la tiene Miguel Falomir, claramente dueño de un perfil más de puertas adentro y menos florentino que el de Zugaza.

Puede decirse sin demasiado temor a errar que en Falomir ha sido y es directamente proporcional la absoluta dedicación al estudio de grandes maestros como Tiziano, Tintoretto o Rafael y a su puesta en valor, y con ella la del propio Prado, a la naturalidad y la no impostación del hombre tranquilo. Dicho con otras palabras: un experto extremadamente respetado y un personaje discreto y –virtud tan evidente como poco evaluada en nuestros días- muy en su sitio, alguien del que no se conoce en público una palabra más alta que la otra. Recuérdese en este punto que quien manda en El Prado no solo ha de torear con la gestión pura y dura en lo administrativo (los dineros y sobre todo la falta de ellos) sino también con los equipos humanos de corte más técnico o cultural (conservadores, restauradores, comisarios de exposiciones…), con los eventuales conflictos laborales de la institución (recordemos las ya lejanas huelgas del Prado), y con lo que pudiera denominarse como el inmenso entorno social del museo (mecenas y patrocinadores, invitados especiales y compromisos, Amigos del Museo del Prado…). Y el prudente a priori parece decir que Falomir es capaz de llevar todo eso con puño de hierro y mano de seda.

Así que para algunos este doctor en Historia del Arte, exprofesor titular de la disciplina en la Universidad de Valencia, comisario de brillantes exposiciones como El retrato del Renacimiento, El último Rafael, Tiziano o Las furias; el hombre que dio carta de naturaleza a la nueva Gioconda del Prado tras modificar su catalogación y aproximarla al círculo de colaboradores de Da Vinci; el jefe del departamento de Conservación del museo desde 1997 hasta 2015 y director adjunto de Conservación y Restauración desde el 1 de junio de ese año –cargo en el que reemplazó a Gabriele Finaldi, que puso rumbo a la National Gallery de Londres- era el tapado en la línea de sucesión en la cúpula del Prado tras el precipitado adiós de Miguel Zugaza. No así para quienes conocen desde hace tiempo que Miguel Falomir es, de todos los profesionales que pueblan la pinacoteca, y dejando de lado sus demostrables aptitudes científicas, quien mejor conoce los entresijos, virtudes y maldades de la casa, incluida la facción anti-Zugaza del museo, que haberla, hayla. Es, en ese sentido y como diría el rapero y poeta Nach, el hombre que siempre estuvo ahí.

Un Miguel Zugaza que desde el minuto 1 tenía en Falomir a su candidato ideal para sucederle en el cargo, y que cuando le nombró director adjunto destacó de él “el alto grado de preparación y capacidad de liderazgo para impulsar el desarrollo pleno en los próximos años del Centro de Estudios y la Escuela del Prado y su compromiso para contribuir de forma decisiva en la nueva etapa que se abre ahora en el Museo, con el horizonte puesto en la celebración del bicentenario de la institución en 2019”. Traducción retroactiva: El Prado estaba ante un director que empezaba a entonar el adiós y a preparar a su sucesor.

Otra cosa distinta es que la opción Falomir no provocase el mismo entusiasmo en otros dirigentes de la institución. Entre ellos, el mismísimo presidente del Patronato, José Pedro Pérez Llorca, que prefería romper con el continuismo de la gestión de Zugaza –encarnado en teoría por Miguel Falomir- e imponer otro candidato, mejor dicho otra candidata. Eso es ya historia.

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