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TIPO DE LETRA

Libros para quedar mal

La clave de las grandes autobiografías es que en ellas siempre peligra la vida del artista

Juan Goytisolo y Jean Genet, en 1958, fotografiados por Monique Lange.
Juan Goytisolo y Jean Genet, en 1958, fotografiados por Monique Lange.

En octubre de 1955 Juan Goytisolo, que tenía 24 años, conoció en París a una joven empleada de Gallimard —su futura mujer, Monique Lange— que después de hablar con él de literatura y vida literaria, le preguntó —para ponerlo a prueba— si era ambitieux (ambicioso). Él entendió un vicieux (un vicioso) y, cómicamente, se apresuró a tranquilizarla. Fue días después de que Jean Genet, íntimo de Lange, le preguntara “a quemarropa”, en una cena con otros comensales, si era “maricón”. Confundido, Goytisolo le respondió que había tenido “experiencias homosexuales”, algo que hasta entonces no había “manifestado en público”. La réplica de Genet, fue tronante: “¡Experiencias! ¡Todo el mundo ha tenido experiencias! ¡Habla usted como los pederastas anglosajones! Me refería a sueños, deseos, fantasmas”.

Dejando a un lado la civilizada paradoja de que alguien pregunte algo así tratando a su interlocutor de usted, hay que decir que Juan Goytisolo escribió dos títulos impagables sobre esos sueños, deseos y fantasmas: Coto vedado y En los reinos de taifa. Se publicaron en 1985 y 1986, hace ahora 30 años, y desde entonces son un hito de la escritura autobiográfica. Y lo son tanto por el raquitismo que padecía el género en España cuando aparecieron —algo ya corregido con creces— como por la radicalidad de la empresa: Goytisolo se arriesga a quedar mal y eso es clave en un libro de memorias que pretenda ser grande. La diferencia entre los grandes y los pequeños es la misma que existe entre una operación de cirugía estética y otra a corazón abierto: en las dos hay anestesia —escritura— y riesgo —publicación—, pero solo en una peligra la vida del artista.

En la era del selfie, que invita a confundir autoindulgencia y autobiografía, las obras que se arriesgan a quedar mal son un género que sigue su propio ritmo. Aunque el Autorretrato sin retoques de Jesús Pardo sigue estando en el podio —“era un corrupto en busca de corruptores”, llega a decir de sí mismo—, el curso pasado Héctor Aguilar Camín se sumó a la carrera con Adiós a los padres, magistrales memorias de infancia. Allí, junto al relato de la ausencia de su progenitor, que dejó tirada a la familia, el escritor mexicano se atreve a explicar cómo esa herida produjo en él un “gesto de suficiencia, hijo no de la vanidad sino del desamparo, que el resto de mi vida negaré ante propios y extraños, y ante mí mismo, con mano militar”.

Por supuesto, la escritura de este tipo de libros tiene algo de balsámico: una autobiografía no es un atestado. Y para demostrarlo, ahí están joyas como Verano, de Coetzee; Otra vida, de Per Olov Enquist; El acontecimiento, de Annie Ernaux; o Instrumental, de James Rhodes.

A veces, además, un escritor se arriesga a quedar mal y lo consigue. Es el caso de Emmanuel Carrère, que en Una novela rusa —que, faltaría más, no es rusa ni novela— lleva al extremo la primera persona para pintarse como un ser mezquino que, en plena paranoia sentimental, publica un relato de verano con el único propósito de que sirva como instrucciones sexuales a su sufrida novia cuando esta, ajena al montaje, se lo encuentre al abrir el periódico.

Producir ciertos efectos con las palabras no está al alcance de cualquiera. A veces esos efectos son secundarios y se traducen en lo que el eufemismo llama daños colaterales. Puede que sea la posibilidad de ese daño lo que produzca sensación de verdad. Y que el resto sea solo literatura.