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Lluís Pasqual, una vida con Lorca

Con su libro ‘De la mano de Federico’, el director del Lliure se autorretrata como hombre

de teatro y rinde tributo al oficio y a la obra del autor de ‘La casa de Bernarda Alba’

Lluís Pasqual, fotografiado el martes delante del Teatro Lliure de Barcelona.

Muy probablemente, él sabrá, Lluís Pasqual escribió De la mano de Federico (Arpa Editores) como quien amasa un pan informe. Sabes que la materia está ahí, sobre la tabla, desbordante e inacabable, y que tienes que procesarla y darle forma. ¿Cabe procesar a Lorca, sistematizar un fogonazo salvaje, convertir en relato lineal la sinuosa curva de un genio atormentado? Muy probablemente, entonces, el director del Lliure se quitó de encima la tentación de lo solemne y los excesos del bagaje y se puso al asunto. Tardó menos de tres meses. Después de leer este libro que algunos han llamado “debut narrativo”, uno diría más bien que el género elegido es el del vómito confesional.

A Pasqual le pidió el editor Joaquim Palau un libro de memorias y él dio a las planchas la semblanza de un poeta asesinado. Que es su semblanza, la de Pasqual. Contarte contando la vida de otro, pero contigo al fondo. El viejo truco. Esto puede salir mal por exceso o por defecto, o puede salir bien, como es el caso: una embriagadora flor de ruina como homenaje al poeta y al hombre de teatro pero, sobre todo, a “un cuerpo herido que busca las cosas del otro lado” (las comillas son el autorretrato que de sí mismo pintó Lorca).

Lluís Pasqual (Reus, 1951) contempla hoy este libro de 160 páginas con una mezcla de diversión y desconcierto, y casi como pidiendo perdón por haberlo hecho. Interrumpe los ensayos de A teatro con Eduardo y en su despacho del Lliure de Montjuic, habla de este libro raro y de su génesis: “Gonzalo Canedo, mi pareja, que murió, era editor. Y cuando Joaquim Palau me pidió que escribiera unas memorias, era un poco como si estuviera recogiendo el testigo de Gonzalo, que me decía que un día tendría que escribir algo sobre Lorca. Y sí que en cierta forma parece un vómito. Las horas delante del ordenador eran horas fuera del tiempo normal, los recuerdos venían solos y nítidos, y como lo empecé lo terminé”.

Contando a Lorca —en detalle y con detalles— Lluís Pasqual se cuenta él. También están los actores y las actrices que un día pusieron carne y sonido a los claroscuros terribles de El público, de Yerma, de La casa de Bernarda Alba, de Comedia sin título, de El diálogo del amargo... “En este libro”, comenta su autor, “hay un gran sentimiento de gratitud hacia la gente que me he ido encontrando en la vida… los actores, por ejemplo… los actores lo dan todo en los ensayos, se abren, se desnudan, y dirás, es que es su trabajo, y claro que lo es, pero es que los actores también tienen vergüenza, también tienen pudor”.

Y en efecto, De la mano de Federico es un libro de teatro. Pasqual parece situarse en algún lugar cercano a ese hueco de sombra en el que se sentaba Tom Courtena y en la maravillosa película La sombra del actor (Peter Yates, 1983). El teatro con mayúsculas era Albert Finney —el actor— y el ayuda de cámara, el observador y el hombre para todo, Courtenay. Aquí Pasqual evoca y rememora, reconstruye, se acuerda de Alfredo Alcón y de Núria Espert, y de Juan Echanove y Rosa María Sardà, visita en el tiempo a Giorgio Strehler y a Peter Brook y rinde tributo a un arte de más de 2.000 años. ¿Por qué? “Seguramente porque uno hace este oficio porque está enfermo, nos falta algún tornillo y necesitamos que alguien nos lo ajuste. Yo pongo mi vida en mi relación con los autores, así que esas vidas se tenían que mezclar. En el teatro me doy entero, pero se nota menos porque lo hago por poderes; pero yo, si hago El rey Lear, lo tengo que interiorizar, el dolor me lo tengo que encontrar si quiero ayudar a los actores a encontrar el suyo. La diferencia es que el teatro es un filtro, hablas a través de Shakespeare, y aquí no, esto es un libro escrito en primera persona…”

Mundo multipolar

La muerte como ficción y, por desgracia, la muerte temprana como realidad marcan el devenir de Lorca el autor y de Lorca el ciudadano. Los dos se fueron entre las balas de unos cuantos cuatreros de correaje fascista y este libro es, al fin y al cabo, un recordatorio de aquel personaje que luego, tras ser aniquilado en vida, fue manipulado en muerte y convertido en muñeco de plástico del peor folclorismo franquista. Y no solo franquista. “Sí, sale Lorca y muchos ven una guitarra, un guardia civil y unos volantes. Es como si pensáramos que Picasso solo tiene la época azul. Me viene Picasso cuando pienso en Federico. Son multipolares, tienen muchas caras y las explotan a fondo”.

El libro de Pasqual, esta indagación/confesión en torno a García Lorca y a él mismo, está vertebrado por un puñado de títulos pero sobre todo dos: El público, estrenada por Pasqual en 1986, y Yerma, que vio en 1971 en la versión de Víctor García y Núria Espert, que le obsesionó y que ya no le dejaría, hasta el punto de no montarla nunca —“para qué, si era perfecta... estaba ahí toda la poesía, y toda la brutalidad, y toda la plástica, y toda la voz”.

Lo de El público es más complejo: “No es una casualidad que esté en el centro del libro, porque El público es… como tocar La pasión según San Mateo. Es al mismo tiempo el principio de algo y la llegada a algún sitio, nadie pasa por esta obra y sale indemne si lo hace honestamente, porque no se puede llevar a escena sin una implicación personal; si no, a los diez minutos es un juego de palabras incomprensible. El público sí que es un verdadero vómito. Cuando has pasado por él ya no miras nada igual, porque has buscado en zonas en las que no habías estado. A esos sitios no se va”.

El veneno del teatro, 30 años después

En 1985, con Lluís Pasqual como director del Centro Dramático Nacional, se estrenó en el María Guerrero El veneno del teatro, de Rodolf Sirera, con José María Rodero y Manuel Galiana, en torno a la magia del oficio. Pasqual mantiene intacta su fascinación: “El teatro es compartir con gente algo que te conmueve, y eso un DVD no te lo da. Los neurólogos dicen que se recuerda el teatro como se recuerda la vida, que ese recuerdo se deposita en los mismos lugares neurológicos”.