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Guía más culinaria que vital

Película de carretera de trayecto físico evidente, incluso algo reiterativo, y trayecto moral bastante más dudoso

Diane Lane y Arnaud Viard, en 'París puede esperar'.

PARÍS PUEDE ESPERAR

Dirección: Eleanor Coppola.

Intérpretes: Diane Lane, Arnaud Viard, Alec Baldwin, Elise Tielrooy.

Género: comedia. EE UU, 2016.

Duración: 92 minutos.

"Si la bella y joven Alma Reville no hubiese aceptado aquel contrato vitalicio sin opciones que le ofrecí para que se convirtiese en la señora de Alfred Hitchcock hace ya 53 años, puede que el señor Alfred Hitchcock estuviese aquí esta noche, sí, aunque no sentado en esta mesa, sino como el más lento de todos los camareros. Así pues, comparto mi premio con ella, al igual que he hecho con mi vida entera", dijo el director de Vértigo, en su discurso de aceptación del galardón a toda una vida del American Film Institute, en 1979.

Alma, que entonces tenía 80 años, y había sido su mano derecha profesional y sostén vital, nunca salió de la sombra del maestro. Eleanor Coppola, esposa de Francis Ford, enorme retratista del tormento cinematográfico de su marido durante el rodaje de Apocalypse now, documentalista esporádica y esposa a tiempo completo, ha decidido debutar en la ficción cinematográfica a los 81. Y además, con una película evidentemente autobiográfica, con numerosos paralelismos con sus propias vidas, la suya y la de Francis, en la que ha volcado puntuales interioridades y lamentos, pero en la que acaban despuntado los detalles más superficiales por encima de los trascendentes. París puede esperar es una comedia dramática ligera que, en el fondo, ha preferido ser gastronómica y turística en lugar de existencial y social. Era una opción, y es la suya, pero nunca la más interesante.

Partiendo de aquel gran documental sobre el infierno de jugar a retratar Vietnam para convertirse en Vietnam, Corazones en tinieblas (1991), conformado por Eleanor a partir de documentos filmados en el rodaje de Apocalypse now, y también de los primeros minutos de París puede esperar, donde los álter ego de ambos cónyuges interactúan en el Festival de Cannes, no es difícil deducir su papel en la vida del director de El padrino. Otro sostén inigualable y casi invisible, como Alma Reville, siempre en el lugar justo, según el arquetipo social, sin pedir nada a cambio. Y todo lo que tiene que ver con esto en la película es bien interesante, a pesar de que la puesta en escena de Eleanor sea entre convencional y tosca, y se haya hecho acompañar de una espantosa banda sonora de Laura Karpman.

París puede esperar es una película de carretera de trayecto físico evidente, incluso algo reiterativo, y trayecto moral bastante más dudoso, en la que una esposa fiel y un amigo de su esposo, playboy al viejo estilo (clásico, dirán algunos espectadores; caduco, decadente y patético, dirán otros), recorren el camino entre la Costa Azul y París en medio de una sobredosis de turismo gastronómico. Y ese es el problema: que a Eleanor se le ha ido la mano con la guía de viajes culinaria, en lugar de ahondar en las entrañas de un personaje al que, a pesar de todo, y como siempre, pone calor, clase y talento Diane Lane.

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