Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
EN PORTADA

Orgullo con todas las letras

La literatura sobre gais, lesbianas y transexuales evoluciona con la conquista de derechos. La reivindicación de la homosexualidad y el autoconocimiento ya no son los únicos nudos narrativos

Una anciana observa el posado de un participante en el Orgullo Gay de 2016 en Madrid.
Una anciana observa el posado de un participante en el Orgullo Gay de 2016 en Madrid. AP

Hablar de literatura LGTB (lesbianas, gais, transexuales y bisexuales) es hablar de un todo sin fronteras definidas. María Vitas, de Antinous, una librería especializada en esta temática de Barcelona, lo simplifica: “Básicamente se definen o por el autor o por el contenido de la obra”. Mili Hernández, copropietaria de la librería Berkana de Madrid y de la editorial Egales, lo restringe más: “Se trata de la literatura que se empezó a hacer a partir de las revueltas de Stonewall en 1969 por autores con una voz narrativa homosexual muy preocupados por lo que ocurría a su alrededor”. Por eso “avanza al paso de la visibilidad”, concluye Hernández.

Esta realidad se manifiesta en toda su dimensión en la sección de ensayo, una de las más nutridas de estos dos establecimientos y de Cómplices, otra librería de temática LGTB de Barcelona. “En los últimos años, todo es transexualidad”, generaliza el filólogo Ramón Martínez, especialista en esta literatura. Josep Vitas, copropietario de Antinous, matiza. “El ensayo es lo que más ha cambiado. Hace 15 años había cuatro libros, y ahora tiene muchas subsecciones: lésbico, feminista, queer [raro, en inglés], familia, multiculturalidad”.

La temática tiene una correlación exacta con la actualidad. Las políticas de igualdad (y las realidades de desigualdad) son una constante informativa; los 12 años transcurridos desde que se aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo son tiempo suficiente para que haya familias con hijos de todas las edades, y uno de los principales retos pendientes del movimiento es el de lograr una ley estatal de identidad de género que vaya más allá de la norma que reconocía el derecho de las personas transexuales de adecuar sus documentos a su realidad.

La teoría queer es una excepción. Judith Butler, su principal creadora, “sigue vendiendo mucho”, señala Hernández, y eso que su obra es de principios de los noventa (Cuerpos que importan. El límite discursivo del sexo es de 1993). Simplificando mucho, parte de la teoría de género (el rol social no tiene por qué corresponderse con el biológico) y lo lleva hasta el extremo más libre: que cada uno actúe, vista y se relacione como se sienta en cada momento, sin dejarse encasillar en ningún rol (masculino o femenino, pero tampoco gay o lesbiana). La idea está muy relacionada con la transexualidad —un motivo claro de su actualidad—, pero es más flexible, y es influencia clave, por ejemplo, de Ética marica, de Paco Vidarte (2007), y Por el culo. Políticas anales, de Javier Sáez y Seijo Carrascosa (2011).

Pero el ensayo no es el único termómetro de esta evolución de la situación del colectivo LGTBI (empieza a generalizarse añadir a LGTB la I de intersexualidad y algunos activistas ya añaden la Q de queer). “En la narrativa el proceso ha sido similar”, dice Martínez. El filólogo señala cómo, en función del entorno, las obras han cambiado. “Hasta los noventa del siglo pasado, los ensayos eran muy introductorios, muy divulgativos, y con la ficción pasaba prácticamente lo mismo”.

Hasta los 90 no había obras LGTB, sino grandes autores como Moix, Mendicutti, Molina Foix, Pombo y Villena

Hasta esos años, no había una literatura LGTB como tal, sino grandes autores, como Terenci Moix, Eduardo Mendicutti, Vicente Molina Foix, Álvaro Pombo, Cristina Peri Rossi y Luis Antonio de Villena (un referente en poesía junto a Leopoldo Alas, tanto por sus obras como por su antología Amores iguales). En los noventa, con la aparición de las editoriales Egales y Odisea (ya desaparecida), ya específicamente dedicadas a las obras LGTB, aparecen lo que Martínez denomina “narrativas del gueto”, en las que “todo es LGTB”.

“Al principio todo era oscuro, muy autobiográfico, con todo girando en torno al rechazo, a la inadaptación al medio”, señala Hernández. Hay muchos argumentos sobre la salida del armario, ese proceso inevitable para cualquier gay, lesbiana o transexual. “Eso estaba bien porque permitía al colectivo reflexionar”, dice Martínez. El tema es tan presente que algunos de los éxitos recientes, como El amor del revés (2016), de Luisgé Martín; Ni pena ni miedo (2016), de Fernando Grande-Marlaska, y El invitado amargo, de Luis Cremades y Vicente Molina Foix (2014), tienen un componente importante de ese momento.

La normalización legal y, poco a poco, social de la homosexualidad (y también en parte de la transexualidad), conseguida gracias a la visibilidad, se manifiesta en un cambio de orientación de las obras. Martínez establece el punto de inflexión en La piel gruesa, de Raúl Portero (2009), cuando ya la homosexualidad no es el conflicto, el nudo de la narración, “y el propio protagonista se da cuenta de que su existencia es un cliché y decide salir de él”, explica.

Cuentos de mis dos mamás

El mayor cambio en los últimos 10 años en el sector de las escasas librerías LGTB es la aparición de secciones infantiles, afirma Josep Vitas de la librería Antinous. Cuentos que sirven para normalizar la realidad de las familias homoparentales, y para que los niños aprendan que ellos o sus compañeros pueden ser diferentes; que a un niño le puede gustar el rosa (Si el rosa es de niñas, el azul es del mar, de Óscar Espírita), que le puede gustar otro chico (Mi primer amor, de Brena Mozetic), que hay familias homoparentas (Mis mamás y yo y Mis papás y yo, de Elena Tormo) y que aproximan a las transexualidad (Trans Bird, de Nacho Donoso y Rita Bailón), y también sobre acoso escolar, abusos, gestación subrogada, adopción…. Todo un mercado en auge que es el mejor reflejo de los avances sociales.

Por contraste, “en contra de lo que podía pensarse, el porno escrito nunca ha funcionado bien”, afirma Mili Hernández, de la librería Berkana y la editorial Egales. No es una cuestión de prejuicios por parte de las tiendas o los impresores. “Faltan autores. Si me llegara una historia que estuviera bien escrita, la publicaría”, afirma.

También hay otro factor, indica Vitas: ya muchas novelas convencionales incluyen pasajes eróticos más o menos subidos de tono. La desaparición de la colección La sonrisa vertical indica que este fenómeno no es exclusivo de la literatura LGTB.

Aunque las obras mencionadas tienen un mayor componente gay que lésbico, las mujeres han hecho un camino similar, señala Martínez. “Por supuesto, ellas también tienen su narrativa de gueto”, apunta, pero también han hecho el proceso más rápido. “De hecho, una de las primeras obras, Con pedigree, de Isabel Franc (Lola van Guardia), de 1997, ya se distancia del estereotipo y es una parodia de la literatura para chicas”.

Porque la llegada del humor es una de las claves del cambio. La literatura LGTB actual ya no se centra en la reivindicación y el autoconocimiento. Aunque siempre se ha explotado la gracia de la pluma, masculina o trans —ahí están Una mala noche la tiene cualquiera, de Mendicutti (1982), y Garras de astracán, de Moix (1991)—, Abel Arana, en Un baile de muerte (2016), lo utiliza ya para contar un ataque homófobo masivo y también para reírse de los estereotipos del ambiente gay actual.

En esta evolución no quiere decir que se abandonen las reflexiones sobre el propio colectivo. Pero ha cambiado el foco. O se ha afinado. “Cuando nacimos, una de las ideas que teníamos claras es que nadie había contado lo que nos pasaba. Cuando se escribía sobre la Transición y el franquismo, nunca se acordaban de la represión de lesbianas, gais y transexuales durante la dictadura”, afirma Hernández. Arturo Arnalte con Redada de violetas (2003), Fernando Olmeda y su El látigo y la pluma (2004) y Alberto Mira con De Sodoma a Chueca (2004) suplieron hace más de 10 años ese vacío. La revisión sigue, pero ya centrada en nichos determinados, como en Violetas de España. Gays y lesbianas en el cine de Franco, de Alejandro Melero, que acaba de salir. “A los jóvenes ya no les interesa la historia, y es un error. Muchos dan los derechos ganados como algo garantizado”, se lamenta Gela Bruun, copropietaria de Egales y Cómplices. “Además ese avance no se vive igual por todos”.

Dentro del ensayo, el gran superventas actual (a los niveles de este mercado) es Gabriel J. Martín con dos obras de autoayuda, señalan los libreros: Quiérete mucho, maricón (2016) y el reciente El ciclo del amor marica.

Bruun afirma —y Hernández coincide— en que uno de los grandes cambios de los últimos 20 años es que al principio tenían más clientes masculinos, mientras que ahora el negocio sobrevive “gracias a las mujeres. Ellas leen mucho más”. “Antes les daba vergüenza entrar. Y aún ahora hay miedos. Nosotras vendemos mucho por correo, y todavía muchas nos piden que les enviemos los libros en sobres sin nuestro nombre, que no se vea lo que hay dentro”, señala Bruun.

La llegada del humor para mostrar la homofobia o para reírse de los clichés es una de las claves del cambio

Además, las mujeres consumen otro tipo de literatura. Hay “mucha novela rosa para lesbianas”, dice Hernández. “Tengo clientas ya mayores, de entorno rural, que han salido tarde del armario o a lo mejor ni siquiera lo han hecho, y que me dicen que es lo más cerca que van a estar nunca de una relación”, cuenta. Son obras como Desayuno en Júpiter, de Andrea Tomé, o Lo hice por amor, de Mildred Pérez de la Torre.

El sobre sin logotipos no es la única señal de la dificultad mercantil económica de este tipo de literatura. Hernández cuenta cómo grandes editoriales a veces le proponen que promocione obras en cuyas contraportadas se ha omitido que hay personajes LGTB por miedo al rechazo entre el público general. Esta barrera es la que intenta romper la joven editorial Dos Bigotes, fundada hace tres años por los periodistas Gonzalo Izquierdo y Alberto Rodríguez. “Queremos ofrecer una literatura especializada en lo LGTB en cuanto a temas, pero no respecto a lectores”, dice Rodríguez. Pero reconoce que es difícil. Su mayor éxito hasta ahora ha sido una obra sobre Virginia Woolf, A Virginia le gustaba Rita, de Pilar Bellver, una historia de amor lésbico. Otra muestra del poder de las mujeres en este mercado es el boom de Gloria Fuertes de este año, indica Josep Vitas.

El modelo de Dos Bigotes es un intento de modernizar el sector. Pero no es el único camino. Hernández afirma que siempre habrá “lesbianas o gais que querrán que le hablen de su mundo, que un día compren un superventas, y otro un libro de temática LGTB”.

Emilio de Benito es autor de ‘Diario de Juan’, recientemente publicado por Egales.