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Encerrados con un solo tedio

En el muy kafkiano 'procesismo' de Cataluña, dos veteranos partidos han encontrado en la insistencia en un tema único un método para no perder nunca las elecciones

El presidente catalan, Carles Puigdemont (c), mira a la gente durante la lectura de un manifiesto independentista leído por Josep Guardiola (al fondo). Ampliar foto
El presidente catalan, Carles Puigdemont (c), mira a la gente durante la lectura de un manifiesto independentista leído por Josep Guardiola (al fondo).

Como si quisiera remarcarme que regimiento y aburrimiento eran lo mismo, un compañero de fatigas en Melilla solía decirme: “Todo el rato pienso que el tiempo pasa”. Tenía aquel soldado el síndrome de Drogo, pero entonces el síntoma aún no tenía nombre. Esta mañana, en Tiempo, un libro de Rüdiger Safranski, he encontrado un caso parecido al de mi amigo: un tipo que piensa incesantemente en el paso de los segundos y al que las gotas de agua le crean una encerrona mental: “Ahora ha caído una gota y ha pasado un segundo de nuevo, y ahora ha caído otra y de nuevo ha pasado un segundo…”

Para entender qué es el tiempo, Safranski recomienda que acudamos, antes de todo, a la experiencia del aburrimiento. A fin de cuentas, nos dice, la cultura brotó de la lucha contra el tedio. Y aunque esto sea tan cierto como que hay obras de arte que pulverizan nuestro hastío, haremos bien –quienes tenemos el síndrome de Drogo los percibimos a la legua– en no olvidarnos de que el mundo está lleno de grandes especialistas en hacernos perder el tiempo.

Recuerden: el síndrome toma el nombre de Giovanni Drogo, el joven militar que en el relato de Buzzati El desierto de los tártaros es destinado a una fortaleza al borde del desierto, a un lugar al que llega con ideas de futuro, pero en el que irá contagiándose de la experiencia de tedio y anacronismo general, pues en la fortaleza todos esperan el ataque de unos improbables tártaros. De modo que Drogo va a acabar convirtiéndose en un tipo encerrado con un solo tedio y en un testigo apático de su propia vida, de una vida dedicada a pensar todo el tiempo en cómo le roban el tiempo.

En una atmósfera parecida se asienta, cada día más, el muy kafkiano procesismo de Cataluña. Allí, dos veteranos partidos, enrocados en una tenaz repetición de un mismo estado de tedio –ahora cae una gota y pasa un segundo de nuevo, y ahora cae otra y de nuevo un referéndum–, han encontrado en la insistencia en un tema único un método para no perder nunca las elecciones.

Pero quizá la versión más perversa de encierro y síndrome de Drogo se halle en Ni le ciel ni la terre, un film de Clément Cogitore que no consigo olvidar. Situado frente a un poblado árabe al borde del desierto, un regimiento francés en misión de vigilancia en Afganistán controla de día el ambiguo tedio que tiene enfrente, y de noche, somete al poblado a inspecciones con equipos de visión de rayos infrarrojos. Pronto, sin embargo, la presencia de lo natural y lo primitivo lo altera todo. El poblado no puede ser descifrado por el ojo tecnológico y occidental. Y todas las noches desaparecen franceses. Como una gota de tedio a la que siguiera otra y luego otra, los soldados que duermen se evaporan, y para resolver el enigma no hay indicio alguno, salvo la constatación de que las cabras del poblado duermen de pie, más cerca del cielo que los perros del regimiento, que duermen pegados a la tierra. En medio de semejante desconcierto, Cogitore va dibujando una parábola aterradora sobre la soledad en el universo.