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Vuelven los monstruos como gran negocio

No pudiendo escribir sobre el presunto acontecimiento 'momístico', intento recordar mis antiguas sensaciones ante el cine de criaturas terroríficas

Un fotograma de 'Nosferatu el vampiro', de 1922.

Admitiendo que si alguna vez esta profesión tan rara de la crítica de cine vivió su esplendor en la hierba, tuvo influencia sobre el espectador, sirvió para descubrir y reivindicar películas y autores que no estaban en la nómina de las grandes productoras, sospecho que ese oficio tan lúdico que te permitía ganarte la vida (mejor o peor) hablando de tu mayor pasión se mueve entre la decadencia y la agonía. ¿O no? Surge mi esperanzadora duda al constatar algo tan insólito como que Universal, una de las invulnerables majors, no hace pases para la crítica antes del estreno de La momia, que confía al progresivamente tibio estrellato de Tom Cruise e inaugura una serie de remakes protagonizados por las memorables criaturas del horror que crearon en el curso del tiempo estos legendarios estudios. Y veremos si da para mucho o para poco artísticamente tan idealista y entrañable actualización. Pero imaginas que los notables cálculos taquilleros estarán ajustados a la realidad. Por ello, no entiendes qué temor pueden suscitar las críticas negativas en el opulento reino si La momia guarda parecidos con un engendro. O tal vez la actitud de Universal solo esté relacionada con el desprecio hacia los opinadores. Y no hay que despreciar a nadie, como me exigían mi piadosa y santa madre y también San Francisco de Asís. No les hice caso, sobre todo en lo que se refiere a los poderosos. Y así me va.

No pudiendo escribir sobre el presunto acontecimiento momístico, intento recordar mis antiguas sensaciones ante el cine de monstruos. Conozco a gente que lo idolatra, que encontró en él tanta poesía como estremecimiento, tanta fascinación como inquietud. No es mi caso. Me consuelo una vez más con aquella certidumbre de Léo Ferré: “Soy de otro país que el vuestro, de otro barrio, de otra soledad”. Los personajes surgidos del espanto, que lo crean voluntaria o involuntariamente, que deben convivir con él, acorralados, furiosos, compadecibles, sin futuro, con ansia de amor, trágicos, me atraen mucho más en su versión literaria que en la cinematográfica. O cuando Fernando Savater escribe libros imprescindibles como La infancia recuperada, Criaturas del aire y Malos y malditos.

La película sobre monstruos clásicos que más y perdurablemente me ha impresionado es muda y la rodó uno de los grandes juglares de la historia del cine, el autor de Amanecer, un director llamado Murnau. Se titula Nosferatu el vampiro y me sigue provocando miedo e inquietud cada gozosa vez que la revisito. Y es imposible no recordar con admiración, ternura y pena el drama en blanco y negro del primer Rey Kong. Y he seguido con cierto respeto, pasmo inicial o progresiva fatiga las sanguinolentas andanzas del conde Drácula (y confieso que me acojonaba más con el que se inventó la modesta productora Hammer que con las distintas y lujosas versiones que hizo Hollywood de él), el patetismo de ese ser terrorífico y desamparado que creó el doctor Frankenstein, las transformaciones del hombre lobo, la maldad, el vicio y la transgresión del gran destroyer Mr Hyde, la enigmática criatura de la Laguna Negra, la desesperación final del hombre invisible, y otros habitantes de las tinieblas que imperdonablemente olvido. No es mi género favorito, aunque lo prefiero al musical.

Sin embargo, he disfrutado enormemente con películas cuyos protagonistas son las personas que encarnaron o crearon a esos monstruos. Jamás me canso de ver, sonrío, río, me emociono con esa tragicómica obra maestra que dirigió Tim Burton titulada Ed Wood. La relación entre Wood, coronado como el peor director de la historia del cine, y el anciano, yonqui, solo, arruinado y mortalmente deprimido Béla Lugosi, el actor que se metió en la piel y en el corazón del conde Drácula. Es precioso observar el recital que ofrece Johnny Depp, interpretando al travestido, friqui, imaginativo hasta el surrealismo, posibilista inmune al desaliento y generoso Ed Wood, y la angustia, grandeza y patetismo que imprime Martin Landau a ese pobre Béla Lugosi que sobrevive a base de morfina y recuerdos de una época en la fue el distinguido rey del terror. Y también resultaba conmovedora Dioses y monstruos, centrada en los últimos años del olvidado director James Whale, autor de El doctor Frankenstein, La novia de Frankenstein y El hombre invisible. Y ya les hablaré con involuntario retraso de esta nueva y misteriosa Momia

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