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Estimada señora Pizarnik

La correspondencia de la poeta suicida completa el perfil de una autora tan leída e imitada como mitificada

Alejandra Pizarnik en torno a 1962.
Alejandra Pizarnik en torno a 1962.

Cuarenta y cinco años después de su muerte, la presencia de Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936-1972) sigue creciendo. En 2013, Lumen publicó la segunda edición de sus Diarios, que duplica en número de páginas (más de 1.000) a la primera. La responsable de ambas ediciones, Ana Becciu, anota en el prólogo: “He tenido en cuenta el respeto a la intimidad de terceras personas…”: aún quedan cosas silenciadas y se impondrá una tercera versión, completa. Además, el sello porteño Mardulce acaba de reeditar La vida tranquila de Marguerite Duras, en la traducción de Pizarnik de 1972. Esta Nueva correspondencia (1955-1972) complementa la edición de la Correspondencia que Ivonne Bordelois (poeta y corresponsal de Pizarnik) había publicado en Buenos Aires en 1998. A lo que habría que agregar las cartas a León Ostrov, editadas en 2012: fue su primer psicoanalista, a quien dedicó su segundo libro (La última inocencia, 1956) y acerca del cual escribiría en su diario, en mayo de 1967: “¿Creo en el psicoanálisis? No. Ostrov me hizo bien en el sentido de que no me hizo demasiado mal”. Pero debe tenerse en cuenta que, para entonces, Pizarnik estaba luchando contra (por así decir) su segundo psicoanalista, Enrique Pichon-Rivière, obsesionado, como ella, por Lautréamont.

La Nueva correspondencia está editada por Bordelois y Cristina Piña; a esta se debe la única biografía de Pizarnik, que conocerá pronto, también, una segunda versión aumentada. Todo ello significa que, alrededor de una obra breve, se despliega una constelación que va conformando la imagen de una de las poetas más leídas, comentadas y hasta mitificadas de la segunda mitad del siglo XX. La brevedad de su poesía (reeditada por Lumen el año pasado) no se debe solo al suicidio a la edad de 36 años: una de las características de su poética fue la contención, el dejar el poema más próximo al silencio que a la expansión. Para decirlo con palabras de César Aira (en su ensayo Alejandra Pizarnik): “En ella faltó siempre el impulso narrativo que caracterizó a otros surrealistas argentinos, como Olga Orozco o Enrique Molina”.

Estimada señora Pizarnik

Las cartas de Pizarnik complementan la figura que dibujan sus interesantísimos Diarios: se diría que si estos representan el taller, la correspondencia exhibe su salón de recibir. Los Diarios revelan el trabajo atormentado, angustioso por poseer la lengua y la tradición: hija de inmigrantes rusos llegados a Argentina dos años antes de su nacimiento, Pizarnik se muestra en ellos siempre dudosa de su conocimiento del idioma y de la literatura. Sin duda era consciente de que en esa presunta debilidad radicaba la fuerza de sus poemas germinales y oscuros. No debe olvidarse, por otra parte, que consideraba esos diarios como parte de su obra. En las cartas, en cambio, predomina el rechazo de la solemnidad, el tono chispeante: a Ana María Barrenechea le pide disculpas por escribirle “sin mi estilo genial, pues está por comenzar la función cinematográfica” y le pide opinión sobre “Juan Ramoncete Jiménez”. En sus años parisienses, entre 1960 y 1964 (“el único periodo de mi vida en que conocí la dicha y la plenitud”), levanta acta de la actividad para promocionar su propia obra: “He andado publicando algunas cosas en revistas de por aquí: en la Nouvelle Revue Française y en Les Lettres Nouvelles…”, mientras “trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche”. A Silvina Ocampo le dice que, más que “proyectos”, tiene “algo así como ‘gestos del hado’ o cualquier cosa que suene a tragedia griega o a alma rusa o rosa”. Los juegos de palabras son permanentes: a Bordelois, en referencia a su perpetua preocupación por la gramática, le habla del “Aoristo furioso”; y a Osías Stutman le menciona, en lugar de a Amado Nervo, a Anado Verbo. Arropado en ese tono mordaz se encuentran opiniones contundentes; acerca de Severo Sarduy, el ideólogo del neobarroco latinoamericano, dice: “A diferencia de mí, tiene definiciones sobre literatura y la delimita y la mide y la calcula”. O bien, a Arnaldo Calveyra: “¿Qué leíste en estos meses? Yo leí el Talmud. Es terrible y bellísimo”. A Sylvia Molloy, desde la costa atlántica: “Fui a la playa. Pero no estoy tranquila, no estaré tranquila hasta que no escriba como yo deseo sobre lo que deseo…”. Para la numerosa legión de los pizarnikianos, estas cartas serán una lectura golosa, incluso en los pasajes que parecen anecdóticos y banales, pues su voz está siempre bajo el control de una lucidez extraordinaria y de un deseo inquebrantable de poesía.

Nueva correspondencia (1952-1977). Alejandra Pizarnik. Lumen, 2017. 395 páginas. 23,90 euros