Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

Airado, polifónico, histórico y ambicioso

La ambición de Goytisolo de representar y problematizar la historia no contradecía en modo alguno su deseo de jugar con el lenguaje

Juan Goytisolo (d) y Orhan Pamuk (i), en 2005. Ampliar foto
Juan Goytisolo (d) y Orhan Pamuk (i), en 2005.

Descubrí la obra de Juan Goytisolo en 1985 cuando fui a Nueva York por primera vez. En un cuarto muy pequeño pegado a una gran biblioteca estaba intentando escribir mi propia y ambiciosa novela, esa en la que encontraría mi propia voz. También pasaba mucho tiempo visitando y explorando la multitud de pequeñas librerías que había en Nueva York. Un día me topé con un ejemplar de tapas blandas, ya ajado, de la traducción inglesa de Don Julián, una novela con una portada atractiva y un prólogo potente escrito por una de las estrellas del boom, Carlos Fuentes. Compré el libro y lo leí con curiosidad, y me sentí muy emocionado por la combinación de experimentación con el deseo de ver tanto la historia como el presente unidos siempre a través de la mente de su personaje principal.

La voz de Goytisolo era airada, polifónica, histórica y ambiciosa. Y sin embargo era tierno y conmovedor. Su ambición de representar y problematizar la historia no contradecía en modo alguno su deseo de jugar con el lenguaje, experimentar con las voces, inventar nuevas maneras de escribir sobre el ser. La influencia de Joyce y de Faulkner (especialmente de El ruido y la furia) era evidente, pero sus temas y su tono lo hacían único. Seguí leyéndole aunque algunos de sus libros, como Makbara, lo convirtieron en un escritor difícil. ¿Se puede escribir desde fuera de los centros del establishment literario, desde un punto de vista marginalizado, y aun así comunicarse con lectores de todo el mundo? Esa era la pregunta que yo me hacía. Y me motivaba el ejemplo de Juan Goytisolo. Seguí escribiendo mi novela con más entusiasmo.

Unos cinco años después el libro que yo había escrito en Nueva York se había publicado ya en Estambul y había sido traducido al francés. Mi editor en Gallimard me pidió nombres de personas a quienes enviar ejemplares del libro. Yo no conocía entonces a ningún escritor ni intelectual francés. Y en ese momento me pareció que la única persona que podría comprender El libro negro, que así lo titulé, sería Goytisolo. Le di su nombre a Gallimard. Más de un año después Goytisolo me llamó por teléfono a Estambul. Tuvimos una conversación muy animada.

En ese momento iba y venía de Turquía, escribiendo sobre el país y sobre la cultura del islam en un lenguaje muy personal que quedaba fuera del discurso habitual de los viajeros, y eso era algo que a mí me importaba mucho, y que admiraba. Su ensayo comparando Nueva York y Estambul me resultó liberador, y me enseñó cosas sobre mi ciudad en las que antes no me había fijado. Más adelante, cuando vino a Estambul, nos reunimos, y seguimos viéndonos en España y en Europa (y una vez en Bosnia) en varias reuniones literarias y en festivales. Los organizadores nos invitaban juntos. A veces venía con nosotros su novio turco luchador.

En estas reuniones conocí a un hombre solitario, pensativo y muy tierno. Había algo en él que me hacía sentir culpable, tal vez porque aunque era experimental, juguetón y a veces hasta travieso en su escritura, en la vida diaria se asemejaba a un sacerdote devoto, siempre serio y digno, y parecía esperar que el sarao literario en el que participábamos terminase lo antes posible para irnos todos a casa… En los años difíciles, en torno a 2005, cuando me llevaron a juicio por mis ideas en Turquía, Goytisolo impulsó una carta de protesta y sumó a mi causa a todos los escritores importantes del mundo. Hizo todo esto de forma callada, sin mucho alboroto… Soy afortunado por haberle leído y por haberlo conocido.