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Un ensayista ante los clásicos

El perfil literario de Juan Goytisolo es el de un escritor insólito

Juan Goytisolo, a la izquierda, con Jean Genet en Ámsterdam, en 1958.
Juan Goytisolo, a la izquierda, con Jean Genet en Ámsterdam, en 1958.

El perfil literario de Juan Goytisolo es, desde todos los puntos de vista, el de un escritor insólito. Como narrador, supo apartarse tempranamente de los cauces dominantes en la literatura española de la época, y siguió desde entonces su propio, solitario, independiente camino. Señas de identidadsupuso no sólo una ruptura con esos cauces sino también con el comportamiento intelectual del escritor que acepta resignadamente los tópicos heredados, “esa trama —escribió— de escamoteos, patrañas y mitos”. Su actitud no fue el resultado de un caprichoso designio de originalidad a toda costa, sino el fruto de un compromiso con lo que consideraba más vivo de la tradición literaria recibida.

Fue un compromiso crítico. Conviene subrayar que pocos escritores de nuestro tiempo han sido más sensibles a lo que el propio Goytisolo llamaba “el bosque de la literatura”, en términos universales, desde Boccaccio hasta Andrei Biely. Ciñámonos ahora, sin embargo, a la literatura de lengua española. Ya en El furgón de cola (1967) había examinado los casos de Larra o de Cernuda, pero es probablemente a partir de la Obra inglesa de Blanco White (1972) cuando Juan Goytisolo emprende una cuidadosa, difícil revisión de los conceptos heredados en materia de valores literarios y de su historia crítica. Me atrevo a decir que no existe un novelista español en los últimos decenios que haya emprendido una revisión tan sistemática de los clásicos de su propia lengua, deshaciendo preconceptos de todo tipo y revalorizando lo que, interesadamente, había sido ocultado de manera cuidadosa por no pocos historiadores y críticos. De ahí su interés por figuras como el Arcipreste de Hita, Francisco Delicado, María de Zayas, o su oportuna reivindicación de La Regenta cuando estábamos aún lejos de conocer la relevancia histórica y literaria de la novela de Clarín.

Solía Goytisolo afirmar con ironía que, en esa revisión, su referencia fundamental era la Historia de los heterodoxos españoles, de Menéndez Pelayo: los heterodoxos condenados eran precisamente los autores que hacía falta leer y releer. Es admirable, de este modo, su reivindicación de un libro como La lozana andaluza o el Cancionero de obras de burla provocantes a risa. No puede negarse, en este punto, el ejemplo que para Goytisolo representaron historiadores como Américo Castro o Francisco Márquez Villanueva. Ellos le enseñaron el camino, la necesidad de otra forma de leer, incluyendo en esas lecturas y relecturas, claro está, el mismo Quijote, casi sepultado bajo una bibliografía que había renunciado a ver la fascinante modernidad de su texto inagotable. Incluso en un ensayo como Medievalismo y modernidad: el Arcipreste de Hita y nosotros no dejó de insistir en la obligación ética (y estética) que todo buen lector tiene con respecto a los clásicos de su lengua, esos clásicos vivos, más vivos de lo que pensamos cuando conseguimos comprobar que, como decía Focillon, con ellos “vuelve a empezar, perpetuamente, un formidable antaño”. Debemos a Juan Goytisolo tanto una singular obra narrativa como el testimonio inequívoco de un compromiso moral.

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