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TRIBUNA LIBRE

La resucitada

Que el fenómeno ‘best seller’ llegue a la poesía no significa que haya que rasgarse las vestiduras. Hace décadas que pasa con la prosa

Bob Dylan durante un concierto en julio de 2012 en Francia.
Bob Dylan durante un concierto en julio de 2012 en Francia. AP

¿Por qué la poesía ha acabado en la irrelevancia social? El género mayor de la literatura lleva tres o cuatro décadas contemplando la espalda de los lectores, de los libreros y de los medios de comunicación. Una espalda infinita. Bien, pues parecía que la poesía se había muerto y de repente ha resucitado. Ha resucitado en los libros de más de una docena de poetas jóvenes, que han logrado el milagro de que sus libros ocupen los lugares que las librerías reservan para los best sellers. Es lo que se conoce, en su definición más acertada, como poesía juvenil, poesía destinada a adolescentes, hija de las redes y de ­Twitter. Es tan grande el milagro que me niego a entrar en la discusión de si esa poesía tiene o no tiene calidad literaria. Sería tanto como si ante Lázaro resucitado uno se dedicara a hacerle un análisis de sangre, de orina o a medirle la tensión arterial para saber si estaba vivo de verdad. Bastó con ver a Lázaro andar de nuevo. Basta, entonces, con ver a la poesía darse un estupendo garbeo por el mundo. Ver a esos poetas firmando en las ferias del libro, ver a las grandes editoriales fichando a poetas es un espectáculo nuevo. La poesía estaba muerta y ha resucitado. Puede que no haya resucitado la versión culta de la poesía. Puede que cuando Lázaro resucitó se le viera paliducho, demacrado y poco atlético.

Desde la muerte de poetas como Rafael Alberti, Jaime Gil de Biedma o Ángel González, la poesía no tiene protagonismo mediático. Los poetas cultos bajaron las persianas de su pequeño negocio y le dijeron adiós a todo. Le echaron la culpa al mundo. ¿Para quién escribir entonces? Imagino que para Dios. Luis García Montero, con razón, lleva años reclamando un espacio civil para la poesía, para sacarla del espacio eclesiástico en donde está recluida. Ahora estos recién aparecidos poetas juveniles tienen agente literario, venden miles de ejemplares, ganan dinero y tienen colas de admiradores. Y son felices, y no desgraciados como suelen serlo los poetas sin lectores. No tienen nada que envidiar a los novelistas. Todo lo contrario, más bien son los novelistas los que se están asustando. Porque venden más los poetas juveniles que los novelistas populares. Que el fenómeno del best seller pase a la poesía no significa que tengamos que rasgarnos las vestiduras, hace décadas que eso ocurre con la prosa. Además, yo creo que la poesía o llega a la gente o es simplemente arqueología. Ese cuento de que la poesía no tiene público sino lectores ya no engaña a nadie. La tradición poética española había sido popular: poetas como Jorge Manrique, Espronceda, Bécquer, Machado, García Lorca o Blas de Otero han tenido siempre el apoyo de los lectores.

Las letras de Dylan distan mucho de ser grandes poemas, pero unidas a una voz imperfecta y distinta consiguen el misterioso logro de conmovernos como lo hace la más alta poesía

Hay que aprovechar, en todo caso, esta resurrección juvenil para que el público regrese a la poesía. La poesía se divorció de la literatura y de la plaza pública y se escondió en los sótanos de los elegidos. Es hora de que la poesía hable de lo que hablan las novelas: de la crisis económica, del desamor, de la corrupción, del metro de Madrid, de los ­aeropuertos, del mundo laboral, del cambio climático, de lo que vale un piso, del capitalismo, de los centros comerciales, de todo cuanto ocurre bajo la luz del sol. El éxito que está viviendo la obra de Gloria Fuertes se explica desde la necesidad que tiene la gente de leer una poesía que hable de la vida con palabras sencillas. Las palabras sencillas son siempre las más difíciles.

Puede que la poesía, después de la II Guerra Mundial, buscase refugio en otras latitudes. La gente necesita poesía, y esa necesidad es histórica y ocurre en todas las épocas. Puede que la poesía reaparezca por donde menos se la espera. A mi juicio, en la polémica que hubo sobre la concesión del Premio Nobel a Bob Dylan no se mencionó un asunto relevante: la posibilidad de que la poesía se encarne en una voz. Los amantes de la música popular saben que las voces son las que nos tocan el corazón. Y eso es lo que hacía la poesía: tocarnos el corazón. Las letras de Dylan distan mucho de ser grandes poemas, pero unidas esas letras a una voz imperfecta y distinta consiguen el misterioso logro de conmovernos como lo hace la más alta poesía. Sin embargo, es difícil que estos miles de lectores que compran los libros de los poetas juveniles y tuiteros lleguen alguna vez a leer a Borges, a T. S. Eliot, a Luis Cernuda o a Baudelaire. Pero los caminos de la poesía son inescrutables. Y al fondo de todo este fenómeno sí se ve un recordatorio, una admonición, aquella que nos recuerda que los poetas deben volver a mirar a la gente y a la historia. La mirada civil y la mirada colectiva, desde Whitman y Neruda, han formado parte de la poesía. Y este mundo en el que vivimos necesita ser explicado y descrito desde la poesía. Los poetas cultos estaban haciendo algo mal. Estaban escribiendo para nadie. Si no hay nadie al otro lado, la poesía no existe.

Claro que si resucitara Cernuda y fuera a firmar a la Feria del Libro de Madrid y le tocara firmar al lado de algún ídolo de Twitter o de la poesía juvenil, y contemplara las colas de adolescentes reclamando la firma de su compañero de caseta, volvería a odiar a España y a la ignorancia devastadora de este país nuestro con renovada y actualizada pasión. Y, por supuesto, tendría toda la razón del mundo.