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El adolescente que fotografió la Guerra Civil

Un libro recoge las imágenes que tomó Francisco Boix con 17 años de las actividades cotidianas de los soldados

Soldados del Ejército Popular de la República bailan con unas muchachas en la localidad ilerdense de Santa Maria de Meià, en junio de 1938. Ver fotogalería
Soldados del Ejército Popular de la República bailan con unas muchachas en la localidad ilerdense de Santa Maria de Meià, en junio de 1938.

En estas fotografías no se cuenta el horror de la Guerra Civil. Son de soldados republicanos que ponen a punto sus armas, mientras otros preparan el rancho para la tropa; los hay que leen las cartas de sus familias, o de ocio en bailes o bañándose desnudos; ayudando en la siega a los campesinos… son las imágenes incruentas que tomó el soldado Francisco Boix, con 17 años, en el frente del Ebro y el del Segre entre finales de 1937 y comienzos de 1938. Esas instantáneas permanecieron décadas en paradero desconocido. Se sabe que un coleccionista francés de Perpiñán las compró en un mercado callejero… y no hubo más noticias hasta que salieron a la venta en una casa de subastas de Barcelona por 25.000 euros en 2010. “Nadie se atrevió a pagarlos, quizás porque no se sabía su autor o por el precio”, declara a EL PAÍS por teléfono Ricard Marco, presidente de la asociación cultural Fotoconnexió.

En febrero de 2013, se repitió la puja, pero a través de la web Todocolección. Marco (Barcelona, 1959) vio parte del material y avisó a una entidad cultural conocida por su pelea por los llamados papeles de Salamanca, la Comisión de la Dignidad, que junto a medio centenar de particulares adquirieron las tres cajas con 1.386 negativos por 7.500 euros. Entonces comenzó el proceso de investigación y digitalización. “Supimos que eran de él porque, cuando dimos a conocer algunas fotos, hubo una persona que reconoció a su abuelo, un soldado que había tenido un diario en el que hacía mención a Boix”, dice Marco, que representa a una agrupación de fotógrafos, archiveros y coleccionistas que pronuncian conferencias e imparten talleres para difundir la fotografía.

De los negativos, unos 700 eran de la guerra y el resto de la II República. Estos últimos se atribuyen al padre de Boix, un sastre aficionado a la fotografía. Todos fueron donados al Archivo Nacional de Cataluña, dependiente de la Generalitat, en septiembre de 2016. Con ellos se han organizado exposiciones desde el pasado diciembre, en un itinerario que tiene paradas previstas hasta mayo de 2018, y ahora más de cien fotos han sido recopiladas en el libro Los primeros disparos de Francesc Boix (editorial Ara Llibres).

¿Por qué este joven cogió su cámara y se fue a la guerra con 17 años? “Boix llevaba en la sangre el reportaje gráfico, que había empezaba poco antes gracias a la cámara Leica”, presentada en sociedad en 1925. Nacido en 1920, en Barcelona, “empezó como ayudante en un laboratorio con 14 años; con 16 empezó a publicar en revistas y a los 17 pidió ir al frente como reportero”, explica Marco. En la 30ª División del Ejército Popular de la República hizo “seguimiento de los comisarios políticos, convivió con la tropa, captó el día a día de los soldados”.De ahí las instantáneas de festejos, retratos o de un improvisado partido de fútbol.

Ese muchacho que sonríe en varias imágenes pasó a la historia como el fotógrafo del campo de exterminio de Mauthausen, pero no por haber tomado imágenes de aquel espanto, como suele afirmarse. “Solo hizo algunas cuando entraron los aliados y pudo hacerse con una cámara”.

¿Cómo llegó hasta allí? Boix era un derrotado de la Guerra Civil que se exilió y se alistó en la legión extranjera francesa. Volver a vestirse de soldado suponía un sueldo. Su nueva aventura duró muy poco. “En enero de 1940 fue capturado” por los alemanes y enviado a Mauthausen. “A mediados de ese año ya era trabajador del laboratorio fotográfico y desde ese puesto organizó, junto a otros prisioneros, la salida clandestina de los negativos de las imágenes tomadas por los propios fotógrafos de las SS. Unas instantáneas que sirvieron de prueba en los juicios de Núremberg contra la jerarquía del III Reich. “Boix fue el único español que declaró, en enero del 46, aunque lo hizo por la ciudadanía francesa que ya tenía”.

Cuando Boix regresó del infierno, trabajó en París para varios medios, pero los sufrimientos de Mauthausen habían roto su salud. Murió con 30 años, el 4 de julio de 1951, “no el 7, como dice su tumba, ese fue el día de su entierro”, advierte Marco que, añade, “el fallecimiento parece que fue por alguna dolencia renal, no por tuberculosis, como también erróneamente se ha dicho”.

Lo que no está en duda es su ayuda a condenar al nazismo, a pesar de que su obra fotográfica, por una vida breve, fue pequeña.