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Reveladas las cartas escondidas de Juan Ramón y Zenobia

Un epistolario reúne la correspondencia completa entre el premio Nobel español y su esposa

El poeta Juan Ramón Jiménez junto a su esposa, Zenobia Camprubí, en su casa de Washington, en 1943.
El poeta Juan Ramón Jiménez junto a su esposa, Zenobia Camprubí, en su casa de Washington, en 1943.

Él podía parecer un triste empecinado con una única dote: su genialidad poética. Esa habilidad, sublime y cartuja, para Juan Ramón Jiménez iba más allá de la falta de empleo fijo y la pobreza. Ella, en cambio, se revelaba como una mujer adelantada a su tiempo: alegre, coqueta, políglota, amante de los coches, con chispa para los negocios y atraída por el empeño de un hombre a quien toda su familia (de ella) despreciaba. Daba lo mismo qué pensaran. Junto a Juan Ramón, Zenobia Camprubí adivinó un destino insólito.

Se conocieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid en 1913 y acabaron juntos para siempre. Esta institución publica ahora las más de 700 cartas que se intercambió la pareja junto a 55 poemas inspirados por ella. Componen un relato en el que va reflejándose la forja de una obra. Caben en ellas un cortejo contra todos los elementos, la felicidad de los recién casados y el barranco nómada del exilio con sus depresiones. Monumento de amor, se llama. No se trata tan solo de un libro. Es más bien un acontecimiento. Ni más ni menos que 10 años de trabajo para desentrañar un contenido a veces indescifrable. De las 727 cartas, notas y postales, más de 600 son inéditas. “Estaban en la Universidad de Puerto Rico. Escondidas”, asegura Carmen Hernández-Pinzón, sobrina nieta del poeta.

Un largo litigio enfrentó a la familia con la institución donde se depositó el legado del Nobel en la isla, hacia 1958. “Finalmente, llegamos a un acuerdo para el reparto y nos devolvieron los documentos personales, entre ellos las cartas”, comenta la sobrina. Hasta la fecha existían las que en su día publicó el crítico Ricardo Gullón. “A mí siempre me extrañó que hubiera tan pocas. Se lo comenté a mi padre, Francisco Hernández-Pinzón, que fue uno de sus sobrinos preferidos. En una de mis visitas a la Universidad, con el cambio de la responsable de la sala que allí llaman de Juan Ramón y Zenobia, me dijo que había muchísimas y me las enseñó. Las habían ocultado”.

Desde el exilio

Carta del poeta a su esposa escrita por las dos caras.
Carta del poeta a su esposa escrita por las dos caras.

Así comenzó un trabajo de jeroglífico: “Cuando estaban en el exilio, ella aprovechaba todos los márgenes con letra muy apretada y en papel finísimo. Tenía calculado el coste del correo por peso y no se podía pasar”, comenta Hernández-Pinzón. Zenobia siempre se ocupó de la hacienda y las tareas cotidianas. Juan Ramón, se limitaba a soñar su obra, en una senda que le llevó hasta el Nobel.

Francisco Giner de los Ríos inculcó en el poeta (Moguer, 1881), junto al doctor Luis Simarro, “una ética y esa espiritualidad humanista, mezcla de la filosofía alemana y la mística española, tan importante para la Institución Libre de Enseñanza”, agrega María Jesús Domínguez Sío. Es experta en el poeta y autora de la introducción y el estudio riguroso del epistolario. “Se trata de un libro muy importante, supone la biografía sentimental de los dos, pero también el retrato fiel de toda una época”.

No fue fácil convencer a la familia de aquella chica bien, que había repartido su vida entre España y Estados Unidos, de la conveniencia de un partido así: un poeta pobre, y manirroto: “Está usted muy rumboso con los regalos”, le reprocha Zenobia en una ocasión, al principio de su cortejo. Además, daba muestras de tendencia a la reclusión y de ser bastante neurasténico. Tenía que vivir siempre en casas alquiladas cerca de un hospital por miedo a la muerte súbita que se llevó a su padre, un industrial acaudalado de Huelva, cuando tenía 19 años. “Aunque ustedes me consideren un triste, no puede imaginarse la profunda alegría que el conocimiento de ustedes ha traído a mi vida”, le escribe a la madre de Zenobia, Isabel Aymar, que jamás aprobó esta unión.

Antes de la boda, su suegra le escribía a su amiga María Cordech: “Un hombre que ha pasado 16 años de su vida escribiendo 33 tomos de poesías que en general sólo describen sensaciones sin aspiraciones ni ideas, ¿le parece a usted bien calculado para ser esposo y padre?”.

Finalmente hubo matrimonio. Aunque sin hijos. En Nueva York, en junio de 1916, con la ausencia del padre de la novia. Ambos quedaron comprometidos en un ensueño de eternidad que ya venían pronosticando desde novios, en una carta de 1913: “Yo le enseñaré una cosa muy preciosa que tengo gran entusiasmo por que usted me traduzca. Es de Rabindranath Tagore”. El poeta acepta encantado, y en diciembre de 1913, rechazado como pretendiente pero no rendido, escribe: “No abandono mi idea de traducir ciertas cosas con usted, para que, ya que se ha hecho completamente imposible otra clase de unión entre nosotros, vivamos juntos, después de nuestra muerte, en esa eternidad relativa de los libros”. No bajó la guardia y sellaron más de 40 años juntos. Formaron una de las uniones más sólidas de la literatura en español.

Cuando el poeta se negó a aprender inglés

Hubo dos promesas que Juan Ramón Jiménez se hizo al salir de España hacia Estados Unidos por causa de la Guerra Civil. No volver mientras el poder estuviera en manos de Franco y no aprender inglés. La primera fue cumplida. Dejó este mundo en Puerto Rico, en 1958, pocos meses después de que a su esposa, Zenobia Camprubí, la abatiera el cáncer y a él le concedieran el Premio Nobel de Literatura. “Murió de pena, una pena que le había afectado tras el destierro, pero que fue imposible de superar sin Zenobia”, asegura su sobrina, Carmen Hernández-Pinzón.

En la segunda promesa transigió algo más, un tanto presionado por la preocupación de su esposa de que no se adaptara en su estancia en Estados Unidos. Aunque la cerrazón del poeta en un principio se debía a razones prácticas: “La herramienta de un poeta es el lenguaje y temía que al adentrarse en otra lengua, eso pudiera contaminarse”, comenta María Jesús Domínguez Sío, especialista en el poeta onubense.

En Puerto Rico, Juan Ramón se sintió ya más en casa. “Paseaba por el viejo San Juan como si hubiera vuelto a Cádiz”, comenta Hernández-Pinzón. “Iba a recibir a los españoles que llegaban allá donde estuviera para poder hablar con ellos” en su lengua materna, añade Domínguez Sío. La pureza del lenguaje no admitía contrapartidas. Ni para sobrevivir mejor.