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La despedida imposible

Nathalie Poza protagoniza ‘No sé decir adiós’, drama desgarrador sobre la muerte, que conmovió al festival de Málaga

Nathalie Poza, junto con Juan Diego, en un fotograma de 'No sé decir adiós'.
Nathalie Poza, junto con Juan Diego, en un fotograma de 'No sé decir adiós'.

Carla no sabe. Su hermana, tampoco. Como todos, al fin y al cabo. Nadie podría sugerirles siquiera una solución. Básicamente, porque no existe. No hay una manera, ningún manual de instrucciones. Solo el tiempo que avanza. Más bien, corre. ¿Cómo pararlo? ¿Cómo llevarlo? Al final de la carrera, ya aguarda el epílogo: su padre se va a morir. Así lo ha decidido un cáncer, que ha tumbado hasta las esperanzas de los médicos. De acuerdo, tarde o temprano ha de ocurrir. Pero, ¿por qué ahora? ¿Por qué él? La ausencia de respuestas y la impotencia que cualquiera habrá sentido en el camino hacia un duelo inevitable protagonizan No sé decir adiós, debut en el largometraje del cineasta Lino Escalera, que llega hoy a las salas. Antes, el filme conmovió al Festival de Málaga, donde se llevó la Biznaga de Plata a la mejor actriz para Nathalie Poza, entre otros galardones.

Hay mucho más, en realidad, que Carla no sabe. Relacionarse con los demás, por ejemplo. Tratar de ser feliz. Disfrutar. Hace años que dejó atrás el nido familiar de Almería, se marchó a Barcelona y allí se aisló. Así que, a falta de alternativas y afectos, busca las respuestas que el día a día no le da en la cocaína y el alcohol. “Vive en la negación, tiene una herida profunda, ha crecido con una falta de acogimiento muy presente. Conozco todo eso, gente que tiene miedo a sufrir y se anestesia: con el trabajo, con relaciones tóxicas, con la droga. Y se va ahogando”, relata Poza (Madrid, 1972).

Entre un personaje así, y la propia trama, el proyecto le golpeó duro desde el principio. “Cuando leí el guion, me produjo vértigo. Había cosas que me resonaban, conocía esa pérdida y esa despedida”, relata. Porque la actriz se enfrentó al no saber decir adiós hace ocho años, cuando su padre falleció de forma repentina. “Constantemente pasan cambios inesperados en la vida. Te enseña a no dejarlo todo para la semana que viene, a decir las cosas. Es algo común en nuestra generación. Nos queremos mucho con nuestros padres, pero nos cuesta expresar cómo nos sentimos o preguntárselo”, agrega. Ahora, de golpe, el cine le pedía revivir aquello. Además, debido al presupuesto reducido, rodaron en hospitales reales, rodeados de enfermos y doctores: “Y todos los hospitales huelen igual”.

El riesgo de que el dolor de personaje y actriz se mezclaran, por tanto, se encontraba en alerta roja. “Es peligroso pero inevitable acudir también a experiencias personales”, reconoce la intérprete. Sin embargo, al menos para ello, sí tenía un método fiable y eficaz. “Es importante establecer las diferencias entre ella y tú, la distancia que te permite jugar a ser lo que no eres en la vida. Era fundamental quitarse esa piel cada vez que salía del rodaje”, explica Poza. Lo cual no significa, por otro lado, que dejara atrás todos los recuerdos en cuanto se encendiera la cámara: “La película entera se la he dedicado a mi padre. Había días en que era como si le diera la mano y le dijera: ‘Acompáñame, que hoy estoy un poco más floja’. Nunca te despides del todo. Hay maneras de reencontrarse incluso una vez fallecida la persona que queremos”.

“Me atrae encontrar en el guion algo que no haya podido solucionar en mi vida, a veces me arroja luz. Me gusta que una película no solo transforme la visión de quienes vayan al cine, sino también la mía”, continúa Poza. En este caso, contaba con un aliado clave: el texto escrito por Escalera. “No he cambiado ni una coma”, asegura. En el fondo, el cineasta llevaba siete años trabajando en No sé decir adiós, su primer salto al largo tras varios cortos. Pese a debutar, y ante un reparto con la propia Poza, Juan Diego y Lola Dueñas, dirigió el barco con una firmeza abierta. “Era tremendamente exigente, no tenía ningún reparo en pedir más y más. Pero al mismo tiempo escuchaba”, recuerda la actriz. Sobre todo durante lo que ella bautiza como “fricciones”. “Eso que dicen de ‘fue un camino de rosas’ es raro cuando el proceso creativo es potente”, asegura Poza. Porque el filme tocó a todos sus protagonistas y cada uno tenía algo que aportar.

Tras esta película, Poza no quiere alejarse del cine. Nominada tres veces al Goya —¿será esta la cuarta?— la actriz ha encontrado solo recientemente cierta constancia en la gran pantalla, de Truman a Julieta. “Me gustaría rodar mucho más, lo echo de menos. Aunque vivo sin expectativas y sin temor, como me recomendó un maestro del teatro con el que trabajo”, defiende. Lo aplica al séptimo arte, cuando pisa las tablas o para sus apariciones televisivas. Aunque en sus actuaciones hay otra constante: “Lo más maravilloso y contradictorio de esta profesión es que trabajas para un desconocido. Sin él no tiene sentido, pero nunca sabes si está ahí o no”. El encuentro siempre es incierto. Como las despedidas. Nadie, al fin y al cabo, sabe decir adiós.

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