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La ética del tiburón

La fragilidad enfermiza y la mirada insomne de Jessica Chastain se ponen al servicio del complejo retrato de una lobista

La actriz Jessica Chastain, en 'El caso Sloane'.

EL CASO SLOANE

Dirección: John Madden.

Intérpretes: Jessica Chastain, John Lithgox, Sam Waterston, Mark Strong.

Género: thriller.

Estados Unidos, 2016

Duración: 132 minutos.

Cuando Arthur Edens, el personaje que encarnaba Tom Wilkinson en Michael Clayton (2007), olvidaba tomarse su medicación, sufría, como efecto secundario, la emergencia de una conciencia ética. Hasta ese momento había funcionado como pieza irreprochable de un sistema corrupto con los mecanismos muy bien engrasados. En El caso Sloane, la pálida piel, la fragilidad enfermiza y la mirada insomne de Jessica Chastain se ponen al servicio del complejo retrato de una lobista, estratega de acuerdos entre los bastidores de la vida política que se mueve en su territorio con la depredadora seguridad del tiburón consciente de que jamás se le escapa una presa. Elizabeth Sloane también necesita medicarse para funcionar –esos estimulantes que la mantienen despierta a espaldas de su médico-, aunque no media ningún descuido en esa auto-regulación química para que la ética (o algo parecido) acuda a desestabilizar su posición. El guión del debutante Jonathan Perera —una carta de presentación de filiación sorkiniana y autoconsciente rotundidad— es muy hábil al dejar en un estimulante punto de indefinición lo que lleva al personaje a no efectuar el siguiente movimiento que se espera de él. Sloane decide redirigir su ferocidad en favor de la aprobación de una ley que impondrá limitaciones a la posesión de armas entre los ciudadanos norteamericanos. ¿Es la ética, un orgullo contrariado o la mera ambición profesional lo que ha entrado en juego?

Aunque John Madden no aplique a esta historia más que un funcional dinamismo al servicio de las veloces ráfagas verbales de sus personajes, El caso Sloane es una película fascinante por su paradójica tensión, generada al sostener un discurso ético liberal sobre la dudosa operativa de un personaje conflictivo y reprobable. Una tensión que convierte en incómoda la integración de este discurso en el seno de la reivindicación feminista de la visibilidad y el empoderamiento femeninos: en buena medida, el personaje de Jessica Chastain encarna la asimilación de los aspectos más agresivos de los tradicionales roles masculinos. Pero El caso Sloane, pese a un giro final que se acerca a los excesos imaginativos de Misión: Imposible, la serie televisiva, es también una película sintomática: en cierto sentido, su discurso de fondo podría estar negociando con la aguda antipatía que generó Hillary Clinton durante el periodo electoral. Un aparatoso lavado de cara que hoy parece estar echando la bronca a unos votantes que no vieron al alma íntegra –y dolida- tras la superficie áspera.

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