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La soledad era ella

La historia de una mujer, entre la seguridad y el desamparo, con un montaje afilado y con cortes a negro

No se decir adios Ampliar foto
Juan Diego, Nathalie Poza y Lola Dueñas, en 'No sé decir adiós'.

NO SÉ DECIR ADIÓS

Dirección: Lino Escalera.

Intérpretes: Nathalie Poza, Lola Dueñas, Juan Diego, Miki Esparbé, Pau Durà.

Género: drama. España, 2017.

Duración: 96 minutos.

Una película sobre lo verdaderamente esencial, sobre lo que te toca el estómago y el cerebro, sobre el día a día que se viene abajo, por ti y por los que te rodean, la familia, siempre la familia, los seres queridos y quizá olvidados, hasta que se van, o amenazan con irse, para siempre. Y es entonces cuando no se sabe asumir lo irremediable. Lino Escalera, hasta ahora cortometrajista y realizador de publicidad, desde el argumento y la dirección, y Pablo Remón, insólito cortometrajista, guionista de productos de cine social que se salían de lo convencional (Casual day, 5 metros cuadrados), también de cine experimental (El perdido), reputado dramaturgo (40 años de paz), cada vez en un tono más maduro e inteligente en sus libretos, han compuesto la que será una de las grandes películas del año en el cine español: No sé decir adiós, una historia como nosotros.

La ganadora de cuatro galardones en el Festival de Málaga (Premio Especial del Jurado, guión, actriz y actor de reparto) no es una película sobre la muerte ni sobre el cáncer, aunque lo parezca en su superficie, sino sobre las otras existencias que se suceden día tras día cuando hace tiempo que seguramente se está muerto. O solo, que igual es lo mismo. La historia de una mujer, entre la seguridad y el desamparo, a la que da vida, o muerte, con una crudeza especial la soberbia Nathalie Poza, y a la que acompañan los también magníficos Juan Diego y Lola Dueñas. Escalera, encuadres con estilo, pero sin perder de vista lo que toca, las miradas entre las criaturas, siempre coloca su objetivo en el mejor lugar, para sus personajes y para sus intérpretes (cómo mira ese prodigio de niña llamada Noa Fontanals). Y utiliza un montaje afilado, con cortes a negro molestos, terribles, como el que cierra la película, fantástico.

Y Remón escribe como suele, añadiendo algo a lo que pocos se atreven, y que aún menos saben utilizar: la capacidad para el humor soterrado en situaciones amargas y dolorosas, el que sale de lo cotidiano, de la incomunicación, de la tontería contemporánea, de las frases de toda la vida que, manejadas con torpeza, producen risa. Risa dolorosa, negra, tremenda, o sonrisa tenue, desgarradora, que te resquebraja, porque tú también podrías llegar a decir en cualquier momento semejante dislate. El disparate en el que a veces se convierte la vida.

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