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La Bienal En Marche (LBM)

La gran cita veneciana de arte contemporáneo parece una alegoría de la nueva política francesa y reúne, en un único ovillo, todos los hilos de los que tira el artista hoy

Obra de Anne Imhof en el pabellón alemán de la Bienal de Venecia.
Obra de Anne Imhof en el pabellón alemán de la Bienal de Venecia.

Desde esta misma semana se hablará abundantemente en los distritos del arte de la alineación de los cuatro acontecimientos planetarios más importantes que han tenido, tienen o tendrán lugar en Venecia, Atenas/Kassel, Basel y Münster. Pero ocurre que la coincidencia verdaderamente admirable está pasando en otro eje, concretamente entre el palacio del Elíseo de París e I Giardini de Venecia. No habían pasado ni 48 horas desde la proclamación del triunfo de Emmanuel Macron cuando la parisiense Christine Macel (1969) presentaba su proyecto para la 57ª edición de la Bienal bajo el lema Viva Arte Viva, un título de saldo que auguraba la derrota de un tipo de arte que estaba más muerto que gagá. Los burlones senderos del recinto de la bienal son tan inescrutables como la carrera presidencial francesa, ganada por el joven y poco fiable candidato del movimiento En Marche! (a partir de ahora La République en Marche, LRM), quien supo abrirse paso como un bulldozer entre el desordenado mapa ideológico francés.

Se trata de una sincronía técnica, pero resulta curioso comprobar cómo el mismo propósito de transmitir entusiasmo se puede dar por vías tan diferentes. ¿Se conocían Christine Macel y Emmanuel Macron? ¿En qué momento intercambiaron sus direcciones de correo electrónico? Los dos han contado con apenas un año para organizar un plan que debía huir de la archidemagogia ultraizquierdista y del aborrecible nacionalismo fascista. Al igual que el candidato francés hizo con los segmentos más creativos de la sociedad civil, Macel ha dado voz a los artistas jóvenes, pero también se ha apoyado en las voces experimentadas. Su propósito ha sido comunicar que el valor de la cultura reside en la capacidad del artista para enaltecer la propia conciencia de estar en el mundo incrementando su experiencia como creador, y eso implicaba dejar atrás el melenchonisme de su predecesor en la bienal, el nigeriano Okwui Enwezor, pero sin perder los valores de los movimientos sociales ni, aún menos, la conexión con el capital. Su bienal habla de utopías, de relaciones humanas, pero lo hace sin apelar a la nostalgia ni a la indignación. Conmover en lugar de conspirar.

'A Stitch in Time' (1968-2017), instalación de David Medalla.
'A Stitch in Time' (1968-2017), instalación de David Medalla.

De manera pasmosamente natural, la comisaria ha elaborado su lista de 120 artistas con una mayoría de mujeres de los cinco continentes, cruzando generaciones y razas, una emanación del zeitgeist global. A Macel le preocupa el calentamiento del planeta, busca dar respuestas a la crisis de los refugiados y critica el nacionalismo y la virtud del primer mundo opuesto al peligro zombi de la subalternidad. ¿En qué momento Macron y Macel se unieron en mutua gravitación para tricotar los hilos del idealismo, el pragmatismo y la chispa del mercado?

La fachada del pabellón central saluda al público semicubierta con una tela astutamente colocada como si fuera una bandera a punto de caer —obra del norteamericano Sam Gilliam (1933)— y en la que prevalecen los colores azul y rojo y blanco… Tal vez sea una coincidencia y no está incluido en el espíritu festivo del evento exhibir de manera casual el emblema de Lafayette para celebrar la victoria del justamente famoso Macron, y sea simplemente el “homenaje a la libertad y al nuevo salto al vacío” en la bienal. Una vez dentro, la propuesta visual está tan dulcemente formulada que obligará a la aceptación del público en general. Escrupulosamente tiernas, liberadas de andamiajes ideológicos, las obras desfilan por nueve transpabellones o “episodios”, una manera algo cursi de “racionalizar” el recorrido cuando prácticamente todas ellas podrían encajar en los diferentes apartados: el pabellón de los artistas y los libros, de la alegría y los miedos, de lo común, de la Tierra, de las tradiciones… La mayoría de las intervenciones en I Giardini y Arsenale tienen una alta dosis de sensualidad, otras están tratadas como un asunto estrictamente formal, dándose un equilibro entre pintura, escultura, vídeo, acciones, instalación, sonido y… una jaima. Siempre hay una tienda nómada en la bienal y la de este año la firma el brasileño Ernesto Neto. Como en las gasolineras, funciona para hacer un alto en el camino, besar mejillas aquí y allá y asistir a una performance con indígenas por control remoto.

Obra de María Lai en Viva Arte Viva.
Obra de María Lai en Viva Arte Viva.

Hay una voluntad de elevar el arte a un nivel de prestigio y no es porque muchas de las obras exhibidas leviten stricto sensu (Soren Engsted, Philippe Parreno, Thaus Makhacheva, Sebastián Díaz Morales) o sean fruto de sueños en camas y sofás (Mladen Stilinovic, Franz West, Yelena y Viktor Vorobyev, Frances Stark), sino porque tocan los temas y preocupaciones populares, sesgo propio —de nuevo— de un país tan concernido por su futuro como Francia. Pero estamos en Venecia y es obligado hacer un mínimo inventario de los artistas más extraordinarios, que curiosamente coinciden en género y generación: la norteamericana Senga Nengudi (1943), con sus metáforas eróticas que son mastectomías y placer orgásmico; Maria Lai (Cerdeña, 1919-2013), que “cose” y “cuece” enciclopedias y cuentos de hadas demostrando que se puede hacer arte radical con poesía (en la performance Legarsi alla montagna, 1981, implicó a los habitantes de su pequeño pueblo natal, Ulassai); Heidi Bucher (Suiza, 1926-1993) desmenuza los patrones de la vestimenta femenina (bodyshells) hasta convertirlos en relicarios barnizados con madreperlas; la cubana Zilia Sánchez (1926) traslada al lienzo la fuerza de las amazonas en sinécdoques de pechos y vulvas, y la portuguesa Leonor Antúnes (1972) crea esculturas blandas que remiten a arquitecturas antiheroicas, una forma de representar la feminidad desde dentro.

Como en cada edición, los pabellones nacionales exhiben sus más variados y excéntricos formatos, imaginerías de naciones nutricias para un mundo dislocado. Dos destacan sobre el resto: el francés de Xavier Veilhan, quien crea una microópera de formas schwitterianas para músicos experimentales, y el alemán de Anne Imhof, un pandemónium de una intensidad sobrecogedora poblado con personajes que se mueven en un mundo preconsciente, de naturaleza humana en marcha, sin tregua. Las videoinstalaciones de Jordi Colomer, en el español, son arte, sí, pero básicamente otro tipo de moneda. Corriente.

‘Viva Arte Viva’. 57ª Bienal de Venecia. Hasta el 26 de noviembre.