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Me entendiste con solo mirarme a los ojos

‘Vientos de Levante’, comedia vigorosa y cristalina, interpretada por seis actores de vértigo, toca todas las cuerdas del diapasón emocional

Escena de 'Vientos de Levante'.
Escena de 'Vientos de Levante'.

VIENTOS DE LEVANTE

Autora y directora: Carolina África. Intérpretes: J. Kent, P. Ceballos, J. Mayor, C. África y P. Manso. Vestuario: Carmen Mestre. Espacio sonoro: Nacho Bilbao. Luz: Tomás Ezquerra. Escenografía: Almundena Mestre. Compañía: La Belloch. Madrid. Teatro Galileo, hasta el 19 de mayo.

Una verdad cristalina, contada mediante un ensamblaje ejemplar entre texto, interpretación y dirección. Carolina África vuelve a dar donde gusta, y donde duele, a poco que aumente la presión. Vientos de levante, su tercera comedia, habla con lograda sencillez de la fugacidad de la existencia y de la luz que la amistad, el amor y el altruismo ponen mientras transitamos por ella.

Casi todos sus personajes se hallan, como el Dante al inicio de la Divina Comedia, extraviados en medio del camino: la vida ha dado con los huesos de Carmen, Antonio y Maxi en una residencia de enfermos mentales y con los de Sebas, en la unidad de cuidados paliativos del gaditano Hospital Puerta del Mar. Tampoco Ainhoa, periodista amiga de Pepa (psicóloga de ambos centros), se encuentra en su mejor momento; ni Ascen, hermana de Sebas, con quien no se habla desde hace dos décadas.

A través de todos ellos, la autora examina las cavidades del alma con la alegría esperanzada del explorador pionero, pero con una mirada penetrante como el haz de un faro. Sus criaturas, las situaciones que atraviesan y las relaciones que mantienen, despiertan ternura sin rozar el ternurismo, hilaridad sin asomo de burla, buen ánimo sin cerrar los ojos al dolor, y lágrimas, sin sensiblerías.

Vientos de levante pulsa todas las cuerdas del diapasón emocional, sin alardes de virtuosismo: va calando de a poco, como el orballo. Carolina África toma sus personajes del natural, pero sin ofrecernos apenas antecedentes de lo que les acontece, para no ponerlo todo perdido de psicologismo: resultan hondamente verosímiles porque están certeramente observados, y encarnados con un compromiso formidable por seis actores de vértigo. Todos ellos irradian una verdad cristalina.

La pieza está dialogada vigorosamente; la acción, bien hilvanada, y lo grave, entreverado con lo humorístico, como las dos mitades del taijitu taoísta. Es curioso: el dibujo de algunas acciones relevantes no está del todo acabado, pero quizá esa levedad sea parte del secreto de que Vientos de levante adquiera luego un coloreado intenso y amplio.

Esta función no es lo de todos los días, aunque hable del día a día: no destila ambición formal ni temática, pero prende y conmueve. ¿Cabe logro mayor? Las proporciones del Teatro Galileo, su proximidad entre escena y público, son ideales para disfrutarla. No gastaré tinta en reparos minúsculos. Jorge Kent acorda admirablemente las esterotipias y el desparpajo de Antonio, el poeta, y en un pestañeo se desdobla en el caleidoscópico papel de Sebas, enfermo de ELA. Carolina África transmite una incertidumbre exquisita a Ainhoa, su alter ego. Paola Ceballos (una Pepa refulgente), Jorge Mayor y Pilar Manso, empiezan como si estuvieran pasando sus personajes un poco por encima, pero, a media función, nos admiran por la claridad y hondura que les imprimen: guardan, para sorprender. La escenografía de Almundena Mestre, delicada, práctica y elocuente.

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