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centenario de juan rulfo

Ruidosas formas de estar callado

La escritora mexicana Cristina Rivera Garza propone en su nuevo ensayo narrativo una lectura del creador de Pedro Páramo alejada de la ortodoxia

Juan Rulfo. Ampliar foto
Juan Rulfo.

Nacida en 1964 en Taumalipas, en la frontera de México con Estados Unidos, Cristina Rivera Garza dice que el norte no es un lugar sino una relación. También hay autores que son una relación, por ejemplo, Juan Rulfo, al que ha consagrado Había mucha neblina o humo o no sé qué (Literatura Random House), una mezcla de ensayo, narración y libro de viajes. La escritora pasó por Madrid para hablar de su particular lectura del autor de Pedro Páramo, uno de esos autores cuya obra, afirma, “no solo cruzan los géneros literarios sino que busca permanecer en el cruce”.

En silencio

“En Oaxaca me encontré con un alemán que conocía a Rulfo solo como fotógrafo. En la plática, de repente, se dio cuenta de que también escribió libros. Eso me dio que pensar. Si lo ves desde otra perspectiva, sus libros podrían ser el apéndice de sus fotografías y no al contrario. De la misma manera, podemos ver su trabajo como editor, sus incursiones en el cine, su trabajo como lector de obra antropológica como la continuación de una obra. Es decir, si nos movemos un poco de la idea de que lo literario es un mundo amurallado que se legitima y alimenta a sí mismo y vemos a Rulfo como un artista que utiliza distintos soportes, esa idea del escritor del no, del escritor que renuncia parece menos firme”.

En carretera

“No creo que haya una relación directa del tipo: tal persona vive tales cosas y escribe tales otras. Los pasadizos son más complejos. Por eso insisto en que este es mi Rulfo, no el Rulfo que tiene que ser. Hay, sin embargo, una materialidad que me parece inexcusable: hablamos de cuerpos específicos en contextos específicos. Cuando uno no viene de una familia digamos relajada económicamente o no forma parte de las clases culturales dirigentes, como era el caso de Rulfo, tiene que ganarse la vida. Era huérfano, trabajó en una fábrica de llantas —la Goodrich-Euzkadi—, luego fue vendedor de la misma firma en el momento en que se estaban desarrollando las carreteras y la industria turística mexicana, más tarde hizo informes —con fotos— para la Comisión del Papaloapan, que construyó embalses pero desplazó poblaciones enteras, finalmente ingresó en el Instituto Nacional Indigenista… Cada uno de sus empleos trajo consigo dilemas bien importantes. Si vas por el país manejando —no como el dandi que va de vacaciones, sino como alguien que tiene que poner atención y entregar un reporte—, surgen dilemas personales que al final son los dilemas de una nación: lo que el progreso tiene de construcción pero también de destrucción”.

En femenino

“En México te hacen leer a Rulfo en la Secundaria, y esa lectura te golpea. Te dicen que Pedro Páramo habla de las relaciones machistas, del jerarca, del patriarca… Esa lectura es válida, pero también hay en la obra una presencia carnal muy fuerte de las mujeres, un deseo explícitamente enunciado: hay cuerpos menstruando, machos emasculados y relaciones de eso que ahora llamaríamos sexualidad alternativa, presencias que, de repente, dicen ‘llámame Dorotea o Dorotea’… Es un mundo complejo. Las lecturas con las que yo crecí son válidas, pero parciales. Rulfo sigue vivo y transformándose”.

La escritor mexicana Cristina Rivera Garza, en Madrid. ampliar foto
La escritor mexicana Cristina Rivera Garza, en Madrid.

En Macondo

“El padre Rentería se acordaría muchos años después de la noche en que la dureza de la cama lo tuvo despierto y después lo obligó a salir. Fue la noche en que murió Miguel Páramo” (Juan Rulfo, Pedro Páramo. Fragmento 39). “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”. (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad. Página 1). “Generalmente pensamos que la influencia entre escritores siempre es abstracta o se basa en que un personaje nos recuerda a otro. Reparamos menos en la cocina de la escritura, en algo bien pequeñito pero fundamental como un tiempo verbal. ¿En este caso es consciente? García Márquez dijo en muchas entrevistas que después de leer Pedro Páramo encontró nuevas maneras de enfrentar sus propios proyectos. Cuando escribimos hay muchas cosas que hacemos sin saber, pero un escritor debe tener un control sobre sus instrumentos. Y los tiempos verbales están entre esas cosas sobre las que uno no puede darse el lujo de decir: ‘Ah, salió así’. ¿Por qué? Porque si no funciona en la página 3, en la 50 vas a tener un lío insalvable”.

En México

“Al contrario de lo que pasa con otros autores igualmente relevantes, en México la opinión sobre Rulfo es casi unánime. No solo se trata de un autor muy leído sino también muy querido. Claro que hay dilemas y discusiones, pero hay una unanimidad acerca de su importancia, luego vendrán los énfasis en por qué es importante. Sus libros te permiten una relación más horizontal, más activa. Su alejamiento de la anécdota —o su uso apenas estratégico de la anécdota— incentiva una participación mucho más metiche de los lectores. Rulfo es nuestro gran experimentalista. Esa libertad hace que sea universal, no solo de México ni de una parte de México. Élmer Mendoza me decía hace poco que quien ha leído con más interés a Rulfo es cierta generación de autores norteños: por las características del lenguaje y del paisaje en el norte. Tal vez sea cierto. Y eso que en la lectura ortodoxa continuamente se está tratando de regresar a Rulfo a Jalisco. Sin quitar la relevancia que tiene Jalisco, Rulfo es más andariego, más migrante, más nómada. Conforme pasan los años entendemos más y más los caminos que abrió. Por supuesto es el gran escritor, la gran voz, pero, por serlo, nos permite abordarlo menos desde el altar y más como un escritor con el que seguir dialogando. En un curso en la Universidad de California, lo asigné como lectura para estudiantes que solo hablaban inglés. Una alumna dijo: ‘O sea, que este es el gótico mexicano’. Pensé: ‘Qué bien que lean a Rulfo desde otros lados’. Y sí, claro, Pedro Páramo también es una historia de exmuertos o de zombis o de no muertos. Estas lecturas que vienen de fuera, sin el peso de la doxa, nos enseñan a abrir ventanas nuevas de esta casa generosa que es Juan Rulfo”.

En llamas

Semanas después de su estancia en España, Cristina Rivera Garza vio cómo desde la Fundación Juan Rulfo se tachaba su libro de “difamatorio”. La escritora sostiene que su obra —“basada en archivos públicos a los que los lectores tienen acceso abierto”— es un trabajo “señalado por el afecto —lo que nos conmueve y lo que nos conmina y, sobre todo, lo que nos compete— de una lectora por la escritura de un autor de cabecera”.