Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

El jurado en su laberinto

He sido miembro en medio centenar de jurados y he sido juzgado como concursante en una docena de ocasiones. Para bien y para mal. Del jurado se es un miembro (entero) pero el concursante, al no ser premiado, es una carne a desmembrar. A un jurado se le pide rigor y con ello puede llegar a ser malvado. Porque, a la fuerza, el ensalzamiento del elegido coincide con una metralla impía que hiere en múltiples direcciones nominales. El elegido gana nombre, mientras los desfavorecidos son circunstancialmente laminados y en la comunicación del fallo, donde no aparecen, se transforman en vapor.

No es poca cosa lo que un jurado tiene entre manos. Su incidencia cabría considerarse más o menos leve en el ámbito civil pero profesionalmente afecta como una espada. Es tentador presentarse a un concurso pero, a la vez, se necesita temple para sostener el peligro de ser degollado. Yo, que en diversas ocasiones quedé finalista en premios de poesía, nunca obtuve la dicha de que se me reconociera como el mejor. Solo en un caso quedé en paz con el fallo adverso y me di cuenta de su tino. Premiaron en Barcelona un libro resplandeciente, La hora oval, de Ferrer Lerín, un poeta que me sacaba ya entonces palmo y medio. Y fue tan clara su superioridad que necesitaba decírselo y de ahí nació una comunicación que no han borrado los años.

El jurado es una institución anciana, y los jurados, personajes que desde la sombra remedan a las oscuras figuras de Dreyer o Bergman. Pero, efectivamente, no son dioses esos tipos, sino individuos con tos, familia y problemas por resolver. Gentes como los demás y solo accidentalmente provistos de una espada luminosa que tratando de cortar por lo sano no siempre acierta y, en consecuencia, es propicio a ser, él mismo, carne tumefacta.

Hay que haber sido rechazado en un concurso para entender el incomparable valor que recibe el ganador. Pero igualmente es importante haber sido un jurado para comprender sus temores y hasta su temblor. No sufren pues tan solo los descartados sino que el jurado en sí asume la responsabilidad de haber certificado el mal para numerosos marginados ardiendo. Porque todos los perdedores, que ya estaban en ascuas, se convierten de inmediato en una incendiaria muchedumbre donde el odio, el resentimiento o la protesta componen el coro que cunde entre lo profesional.

¿Justo? ¿Injusto? El jurado aspira a ser justo pero de antemano acepta la temeridad de no serlo. ¡Cuántos artistas y escritores fueron ignorados antes y cuántos mediocres obtuvieron reconocimiento para dejar tras de sí una estela mefítica! En otro universo sin cultura no se sufriría esta tortura. Pero así son los costes de este mundo del narcisismo creador.