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En la máquina del tiempo

Un momento de 'El Cascanueces'. Ampliar foto
Un momento de 'El Cascanueces'.

CASCANUECES

Coreografía: Alicia Alonso (sobre Lev Ivanov); música: P. I. Chaicovski; diseños: Guido Fiorato. Ballet Nacional de Cuba. Orquesta Sinfónica Verum. Director musical: Giovanni Duarte. Teatros del Canal. Hasta el 7 de mayo.

Ha sido un error monumental y en varios sentidos inexplicable que el Ballet Nacional de Cuba [BNC] empiece su temporada española en los Teatros del Canal de Madrid con una deficiente, pobre y anticuada producción del clásico Cascanueces. Esto no sería tan grave si se tratara de otro conjunto menos prestigioso, otrora potente y exitoso, pero evidentemente hoy día en una etapa bastante gris. La fuga de artistas hacia Norteamérica y otros puntos del globo sigue produciéndose, un goteo que no cesa desde hace medio siglo, exactamente 1966. Todas las zarandajas de mejoras no han valido de nada.

Cascanueces ha sido el último título del gran repertorio académico coreografiado por Alicia Alonso (La Habana, 1920) y se estrenó en 1998 en coproducción algunos teatros italianos. Los diseños del genovés Guido Fiorato fueron en su día tan correctos como convencionales y menores, hoy son unos trapos viejos y pobres. Fiorato es un hombre básicamente del teatro y de la ópera y pocas veces se ha acercado al ballet (hizo una versión del Excelsior en los mismos tiempos que el Cascanueces). Antes de esa fecha, en el repertorio cubano solamente estaba una cuidada y canónica versión del pas de deux principal de la obra, del segundo acto, heredado de la mejor tradición ruso-norteamericana, y una suite que contenía el Vals de las Flores y algunos fragmentos más. Debe apuntarse que durante unos años ya en la férrea dictadura castrista, la navidad estuvo prohibida. Los niños recibían los juguetes repartidos por la cartilla de racionamiento el 26 de julio (fecha conmemorativa del alzamiento) y entre otros dislates, la cena de Nochebuena era en pleno verano. Obviamente, nada de árboles de navidad (motivo escenográfico principal de Cascanueces) ni de nacimientos (belenes). Puertas adentro, casi clandestinamente, los cubanos seguían (cuando podían) matando el cochino (o puerco, que así cariñosamente se llama al cerdo). Este fallido intento de lavado de cerebro a las tradiciones impidió que “Cascanueces” figurara en la programación criolla hasta 1998. La versión de Alonso, en sí misma, tiene valores coréuticos innegables y que podrían ser una fuente de inspiración para renovar el montaje, pero lo que se ha traído a Madrid es desilusionante en lo material y hasta en el concepto. “Cascanueces” necesita de tres primeras figuras femeninas (Clara, Reina de las Nieves, Hada Garapiñada) y tres partenaires solventes (El Cascanueces, Príncipe de las Nieves y El caballero). Sadaise Arencibia mostró su buen gusto al bailar en la Reina y Viengsay Valdés como el Hada exhibió su inveterada seguridad técnica. Poco más se puede decir. Ya John Neumeier introdujo en su Cascanueces estrenado en Frankfurt en 1971 y después en Hamburgo en 1977 (también en los años ochenta pasó al repertorio de la Ópera de París) el teatrito dentro del teatro; Alonso lo hace en el primer acto, del que surgen personajes ficticios y característicos. La plantilla del BNC está muy renovada, es muy joven y hay talento, pero a la vez, se nota mucha inexperiencia, afinación de los personajes y poca caracterización plástica.

El experimentado director de orquesta de la compañía, Giovanni Duarte, pastoreó como pudo a la modestísima orquesta. Menos mal que estaba su batuta intentando regular acentos y finales, pues las deficiencias del conjunto orquestal abarcan desde las cuerdas y los metales, hasta las percusiones especiales que marca la partitura.

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