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Una nueva narrativa para Europa

Para hacer frente a los poderosos mensajes del populismo, la UE necesita un nuevo relato que preste más atención a los retrocesos e incluso al concepto de desintegración

BREXIT
Grafiti con la imagen desnuda de la reina Isabel de Inglaterra tapándose con una bandera de la UE. (REUTERS)

Todos recordamos la típica escena de cine en la que alguien, descubierto haciendo algo que probablemente no debía, para ganar tiempo e idear una defensa, asegura: no es lo que parece, puedo explicarlo. Si vale la analogía, es probable que la UE esté haciendo cosas que no debía, o no haciendo lo que debe, o todo lo que debe. Siendo esto grave, lo más inquietante es que tal vez no esté en condiciones de explicarlo.

Entre los muchos déficits que se achacan a la UE, uno de los menos denunciados y no por ello menos importante es el déficit de inteligibilidad. Hay grandes controversias acerca de si Europa es democrática o justa, representativa o eficaz, pero de lo que no cabe ninguna duda es que resulta actualmente ininteligible, que no hay quien la entienda. Europa ha perdido a sus soberanos y no ha recuperado uno a nivel europeo, sustituido por una máquina, consensual o asimétrica según los casos, que consagra la irresponsabilidad. Europa no tendrá sentido mientras no haya una narrativa que pueda ser entendida y aceptada por sus ciudadanos. Pues bien, sostengo que la UE debe ser entendida como una democracia compleja, no a partir de los modelos de democracia vinculados a la forma del Estado nacional y, por eso mismo, con unas grandes potencialidades a la hora de pensar cómo organizar políticamente espacios más densos, abiertos e interdependientes.

Entender la UE no es un ejercicio meramente descriptivo, sino una reflexión de la que se siguen consecuencias normativas, es decir, que determina cuáles son las expectativas razonables qué podemos plantear en relación con su modo de gobierno, legitimidad y democraticidad. No da igual que la entendamos como una negociación intergubernamental o como un experimento transnacional; no plantearemos las mismas soluciones si la concebimos como una agregación de intereses o como una puesta en común exigida por las transformaciones políticas de las sociedades contemporáneas, sus posibilidades y sus riesgos específicos.

En este contexto es en el que se plantea con especial agudeza el problema de formular una nueva narrativa para la UE, una vez agotados ciertos grandes relatos que la hicieron inteligible en sus inicios y le confirieron legitimidad social. Si es verdad aquella afirmación de Tocqueville de que los seres humanos inventan con más facilidad cosas que las palabras para describirlas, podría afirmarse que tras la acción y la descripción todavía tenemos una dificultad añadida: la de hacerlo comprensible. A esta tercera tarea es a la que hacemos referencia cuando hablamos de una narrativa para Europa.

Nuestras controversias no se refieren exclusivamente al nivel competencial, sino al contenido de las políticas

Debilitadas las diversas legitimaciones de la integración, los únicos relatos poderosos que quedan en pie son las impugnaciones populistas, alimentados por ese juego perverso del “echar la culpa a Bruselas” y, sobre todo, por la evidencia de que no estamos a la altura de los problemas que tenemos que gestionar. En unos momentos en los que la carencia de épica no se ve compensada por una legitimidad funcional, en los que el proyecto europeo no puede contar ni con el recurso a gestas enfáticas, ni con el discreto favor de la efectividad, el paisaje se ha llenado de referencias negativas. Frente a estas impugnaciones altisonantes la apelación a “más Europa” resulta, en el mejor de los casos, un discurso débil, entre otras cosas porque estamos en un momento de evolución de las sociedades democráticas en el cual, aunque no hay legitimación que valga sin efectividad (económica, de resolución de conflictos o de orden social), la ciudadanía tiene derecho a vincular el valor del proyecto europeo a ciertas aspiraciones normativas y propiamente políticas.

Pero en el peor de los casos la retórica del progreso en la integración puede sugerir implícitamente una linealidad histórica determinista. La narrativa del método Monnet —“dinámica en pequeños pasos con un significado sostenible” — da demasiadas cosas por sobre-entendidas y, al mismo tiempo, tiene una resonancia coactiva, invitando a que nos rindamos a lo que terminará por imponerse. No tiene mucho futuro en una sociedad democrática cualquier narrativa que sugiera que lo que debemos hacer no tiene que ver con la libertad, con una configuración contingente, sino con el sometimiento a una dinámica coactiva. Una narrativa no es una simple enumeración de acontecimientos históricos, ni una fuerza ineluctable, ni un listado de nuestros deberes futuros, sino un relato que confiere ciertos significados a nuestras acciones pasadas y futuras, significados a los que damos nuestra aprobación. Y la mejor manera de conseguir que una narrativa no sea aceptada es que describe las cosas como si estuviéramos ante una realidad que no puede ser rechazada.

En este sentido las teorías de la integración han enfatizado excesivamente la inevitabilidad. Explicar nuestras crisis como meros retrocesos o estancamientos del proceso de integración es desacertado y, sobre todo, democráticamente inaceptable en la medida en que da a entender que nuestra libertad no está convocada de ninguna manera. De ahí que cualquier narrativa europea debe dejar de pensar la integración como un proceso lineal y las crisis como catalizadores de ese desarrollo, para ir prestando más atención a los retrocesos e incluso al concepto de desintegración europea. Quiero decir con esto que no habrá un relato europeo mientras lo mantengamos en un corsé determinista que desacredita por principio a las otras posibilidades. Nos lo hemos puesto demasiado fácil al establecer un antagonismo para ordenar las controversias entre los “pro-europeos” y los “euro-escépticos”.

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Mientras las discusiones giren en torno a si ciertas decisiones políticas deben ser comunitarizadas o seguir en el ámbito de los Estados, dicha distinción es un marco suficiente para el análisis. Pero con la creciente complejidad y multidimensionalidad de la política europea dicha distinción choca con sus límites porque muchos de nuestros problemas no se pueden reducir a la cuestión de más o menos Europa. Entre otras cosas porque nuestras controversias no se refieren exclusivamente en torno al nivel competencial sino al contenido de las políticas. Hoy discutimos acerca de qué medidas políticas pueden o deben adoptarse para alcanzar los fines establecidos en los ámbitos políticos ya integrados, de tal manera que tales argumentos no pueden categorizarse en las perspectivas neutrales pro-europeas o euro-escépticas.

La idea de proporcionar un relato para la UE sugiere que vamos a explicar lo que es inevitablemente complejo de un modo arbitrariamente simple. Si así fuera, lo que obtuviéramos en términos de popularización lo perderíamos en exactitud. No habríamos ganado nada si lo comprendido y aceptado fuera algo sustancialmente diferente de lo que tenemos que relatar. Este es el nudo de nuestro problema y cuanto antes lo reconozcamos, menos expuestos estaremos a las simplificaciones populistas o tecnocráticas.

Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía e investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco. Este es un adelanto del libro ‘La democracia en Europa’ (Galaxia Gutenberg), que se publicará la primera semana de mayo.

 

 

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