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Espionaje 2.0, de los agentes dobles a los hackers informáticos

Las formas de robar información al enemigo han cambiado mucho desde la Guerra Fría, pero los espías, analógicos o digitales, son tan importantes como entonces o incluso más

Espionaje
El espía británico Kim Philby, en 1955, en una rueda de prensa para explicar su relación con los agentes dobles Burgess y MacLean. Getty

En el otoño de 1960, en uno de los periodos álgidos de la Guerra Fría, un joven periodista de Radio Moscú destinado en Nueva York, llamado Oleg Kalugin, se presentó en una de las aulas de la Universidad de Columbia, donde había cursado pocos años antes estudios de periodismo gracias a una beca Fulbright, para asistir a una conferencia. El ponente se llamaba Zbigniew Brzezinski, el hijo de un diplomático polaco exiliado en EE UU durante la Segunda Guerra Mundial, que se había doctorado en Harvard con una tesis sobre Lenin y la Revolución de Octubre y de quien se decía que, a sus 32 años, era uno de los principales asesores en política exterior del recién elegido presidente John Fitzgerald Kennedy, especialmente para todo lo relacionado con la Unión Soviética. Sin embargo, la conferencia no estuvo dedicada al Estado fundado por Lenin, sino a un país del suroeste asiático del que hasta ese momento casi nadie había oído hablar. Ese país era Vietnam. Brzezinski sostuvo durante su conferencia que la intervención militar de EE UU no haría más que crecer en intensidad y violencia a lo largo de la década, convirtiendo a Vietnam en el principal punto de fricción entre ambas superpotencias. Nada más acabar la conferencia, el periodista ruso Oleg Kalugin se dirigió a la sede de la misión de la Unión Soviética ante Naciones Unidas, un edificio de cuatro plantas en el número 67 de Park Avenue, y preparó un informe explicando el contenido de la conferencia. Pero este reporte no iba dirigido a Radio Moscú sino directamente a la sede del KGB en la Lubyanka. A sus 26 años, Kalugin no era reportero sino un agente del Primer Directorio del KGB, dedicado al espionaje exterior, cuyo nombre en clave era Felix, y se había formado en las dos exigentes escuelas que el servicio secreto poseía tanto en Leningrado, donde había nacido, como en Moscú. Pocas semanas después, Kalugin se enteró, a través de su jefe, que su informe había llegado hasta el Politburó, el centro de poder soviético, y había sido objeto de debate. Cuenta la leyenda que aquel reporte llegó a guiar la política de la Unión Soviética con relación a Vietnam durante la siguiente década. Como le explicó al entonces joven uno de sus jefes, la información más relevante no es necesariamente secreta y clasificada, sino que está al alcance de todo el mundo cuando se tiene la oportunidad de estar en el lugar y el momento adecuados.

Lo que Kalugin aprendió aquel día es la diferencia entre espionaje e inteligencia. El espionaje es aquella técnica que nos permite conseguir información de forma encubierta de nuestros rivales, sean estos económicos, políticos o militares. La inteligencia es lo que nos permite darle valor a esa información. A lo largo de la historia se han producido grandes operaciones de espionaje que resultaron infructuosas debido a que no hubo una buena inteligencia. Por ejemplo, Richard Sorge, el espía alemán que trabajaba para los soviéticos en Japón, proporcionó los planes para la Operación Barbarroja, la invasión de la URSS en junio de 1941 por la Alemania nazi. Sin embargo, esta información no fue de utilidad a los soviéticos porque en Moscú nadie supo ponerla en valor. El espionaje no vale nada sin la inteligencia, pero mediante una buena inteligencia es posible conseguir información sin recurrir al espionaje.

Durante los últimos 20 años, la revolución digital ha afectado al mundo del espionaje con la misma intensidad que a los demás sectores de la información y el conocimiento. Los pendrive sustituyeron a las cámaras de fotos con las que los espías del Círcu­lo de Cambridge retrataban en los años cuarenta y cincuenta los documentos que sacaban a hurtadillas del Foreign Office o del MI6. La nube reemplazó a los buzones, esos lugares donde dos agentes podían intercambiar información sin necesidad de encontrarse físicamente, generalmente en las cavidades de muros y árboles. Los largos recorridos por las calles de Londres, París o Berlín con el objetivo de despistar a perseguidores ahora son sustituidos por la navegación en el Internet profundo esquivando cortafuegos y otros dispositivos. Evidentemente lo digital multiplicó las posibilidades de transmisión de información. Kim Philby y los espías de Cambridge podían entregar apenas unas docenas de documentos en cada contacto con los soviéticos. En cambio, la capacidad que tienen ahora mismo los espías para transmitir información es ilimitada: cientos, miles, docenas de miles, millones de documentos, fotografías, vídeos, planos, etcétera. Pero precisamente porque la información proporcionada es ingente, ahora es más necesario que nunca el personal de inteligencia capaz de procesarla y ponerla en valor.

Hay sin embargo una operación propia de los espías que no ha cambiado en casi un siglo. Se trata de la operación más difícil y peligrosa, aquella que consiste en reclutar a un agente. Si el candidato rechaza la propuesta, el espía queda a su merced tras haber revelado su trabajo y su personalidad clandestina. En la actualidad esta operación mantiene los mismos protocolos que cuando Philby y el resto de los agentes del Círculo de Cambridge fueron reclutados en los años treinta. El proceso pasa por tres fases: la primera consiste en reconocer al potencial colaborador y contactarle; la segunda, en cultivarle y reclutarle; y la última en entrenarle y ponerle a trabajar con el objetivo de colocarle en una posición que le permita acceder a la información de interés de forma fluida y sin peligro.

En sus memorias Kalugin reconoció haber realizado varios reclutamientos durante los años que estuvo en Nueva York en los sesenta. También confesó que, de los 300 trabajadores de la misión de la Unión Soviética ante Naciones Unidas, más de un tercio eran agentes del KGB. Y llegados a este punto podríamos preguntarnos cuántos espías tiene trabajando ahora mismo en EE UU, en 2017, la Rusia de Putin, heredera de la Unión Soviética que implosionó hace un cuarto de siglo, cuando ya no se conforman con colarse en las clases de los asesores en política exterior, sino que, según todos los indicios, se dedican a influir directamente en los resultados de las elecciones presidenciales hackeando las terminales y los ordenadores de los partidos y candidatos que no les son propicios, valorando esa información y transmitiéndola a quien les resulta favorable. Analógico o digital, el espionaje y la inteligencia ahora mismo son tan activos como en los momentos más duros de la Guerra Fría.

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