Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
Crítica | La vida es sueño

Rosaura sin Clarín

Los Teatros del Canal ofrecen una versión de ‘La vida es sueño’ sinóptica, atractiva visualmente, claramente dicha, pero sin calado ni nervio dramático

LA VIDA ES SUEÑO {vv. 105-106}

Autor: Calderón. Versión: Carles Alfaro y Eva Alarte. Intérpretes: Alejandro Saá, Vicente Fuentes, Enric Benavent, Rebeca Valls. Música: Joan Cerveró. Escenografía: Felype de Lima y C. Alfaro. Luz y dirección: Carles Alfaro. Madrid. Teatros del Canal, hasta el 14 de mayo.

El drama de Calderón, abreviado. Más que la voluntad sinóptica de Carles Alfaro, autor de la versión y de la puesta en escena, aventuro que es la crisis, con su exigencia de repartos cada vez más reducidos, quien se ha llevado por delante a Astolfo y Estrella, al gracioso Clarín y al cortesano que Segismundo arroja por el balcón. Tanta síntesis va contra natura: cuando el príncipe intenta matar a Clotaldo, no hay quien lo defienda, y a la hora de reducirle, tienen que hacerlo entre él y el también anciano rey Basilio, cosa inverosímil de todo punto.

La iluminación tenebrista, el enorme cubo mágico diáfano de la escenografía, la amplificación (por la cual las voces parecen extracorpóreas: ¿vendrán del telar?), la manera clara y pausada de decir el texto y lo solemne de muchos instantes, resultan ingredientes más propios todos de un auto sacramental que de La vida es sueño. Alejandro Saá es un Segismundo embrutecido y doliente cuando toca, pero nunca el príncipe en el que se transmuta.

Más información