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La influencia de Cucufato Pi y Tribulete en el premio Cervantes

Eduardo Mendoza cita el peso de los tebeos españoles, los hermanos Marx y autores como Miguel Mihura o Valle Inclán en su literatura humorística

Eduardo Mendoza deposita su legado en la caja de seguridad número 1484 del Instituto Cervantes, donde permanecerá guardado hasta 2037.

El escritor Eduardo Mendoza ha elogiado este viernes en la Biblioteca Nacional Española (BNE) a algunos de los referentes humorísticos que ayudaron a formar la literatura “llena de sutilezas e ironía” que le ha valido el premio Cervantes 2016. Miguel Mihura —“me parece un escritor injustamente olvidado”—, Valle-Inclán —“tiene un sentido del humor tremendo”—, el cine de Buster Keaton y Chaplin… y los tebeos infantiles con los que se divertía en su juventud.

“La gran generación de la editorial Bruguera, grandes dibujantes y guionistas que tenían algunos personajes realmente extraordinarios que me han influido mucho: Tribulete, las hermanas Gilda, la familia Cebolleta, Cucufato Pi…”, ha dicho el autor de La verdad sobre el caso Savolta, que ha recordado con cariño a ese “señor bajito y feo” que intentaba seducir a las chicas con frases “casi sacadas de la Literatura del Siglo de Oro”. Ellas respondían con un bolsazo y le dejaban en el suelo.

Al escritor catalán (Barcelona, 1943), el serio más divertido de la literatura española, no se le notaba que había dormido “mal” antes de la rueda de prensa en la que le ha acompañado el secretario de Estado de Cultura, Fernando Benzo. “En los últimos días creo que he dormido entre 20 y 25 minutos”, ha contado Mendoza, que siempre prefirió a los hermanos Marx —otra de sus influencias— en versión doblada. “Cuando vi en EE UU a los hermanos en versión original, descubrí que perdían mucho”, ha bromeado sobre las películas de un grupo de humoristas que, gracias a las invenciones de los dobladores españoles, “aquí [en España] eran surrealistas y allí eran simplemente graciosos”.

Los tres obsequios de la BNE a Mendoza

Como despedida, la BNE ha obsequiado al premio Cervantes 2016 con tres regalos: una fotografía del pabellón de la Exposición Universal de Barcelona en 1888, un diario artesanal y la primera crítica literaria de su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, firmada en este diario por Juan Garcia Hortelano el 5 de mayo de 1976, un día después de la salida a la calle de EL PAÍS. "El día que salió el libro se vendieron 9 ejemplares. La mitad los compró mi hermana”, ha bromeado Mendoza.

Antes de la ceremonia de este jueves, cuya solemnidad rebajó con un discurso bienhumorado que despertó las risas del público, Mendoza tenía “un miedo terrible”, ha reconocido. “Estas cosas es fácil que salgan mal. Pensaba: ‘Ahora pasará algo que lo echará todo a rodar, por ejemplo yo mismo bajando la escalera”. También ha elogiado los discursos del Rey y del ministro de Cultura, Iñigo Méndez de Vigo —“fueron confesiones de un buen lector”—, y se ha negado a desvelar qué legado personal ha depositado este viernes en la Caja de las Letras del Instituto Cervantes. “Este acto de poner allí una parte de uno mismo, una especie de entierro parcial anticipado, es inquietante. Pero la venganza mía es que nadie sabrá que hay dentro hasta dentro de 20 años”. Ha deseado su ausencia para entonces, cuando tendría 94 años. “Hay que saber retirarse a tiempo”.

“Se está perdiendo la literatura en favor de la lectura, que es una cosa que solo beneficia a la industria editorial”, ha criticado el autor que acaba de publicar una nueva obra: Las barbas del profeta, que define como “un libro un poco excéntrico” y “unas memorias literarias un poco absurdas” de sus lecturas infantiles de algunos pasajes de la Biblia.

Mendoza ha criticado que siempre haya que justificar la presencia de la Literatura en los planes de estudio, y ha reclamado a los profesores que la traten con la misma seriedad que enseñan Matemáticas o Ciencias. “Hay libros que son horrorosamente aburridos, tremendamente difíciles, pero hay que leerlos porque son muy buenos”. Y ha añadido que no es muy importante que la gente lea, sino “que algunos lean y que lean bien”. “Los demás que hagan lo que les dé la gana. Que prefieren leer un best seller a un libro interesante, comer comida basura o ver Juego de Tronos, es su derecho. El guionista de Juego de Tronos debería haber leído esos libros, cosa que no parece que haya hecho”, ha bromeado.

Mendoza ha reconocido la rareza de su “doble vida literaria”, en la que alterna novelas más serias e históricas como La verdad sobre el caso Savolta o La ciudad de los prodigios con otras humorísticas como su serie superventas sobre un detective anónimo encerrado en un psiquiátrico. “Los libros de humor los escribo muy deprisa, no tengo que consultar nada y se venden como churros, pero si hiciera solo novelas de humor no estaría cómodo conmigo mismo”, ha reflexionado. “Entre una novela seria y otra me gusta divertirme un rato”. Casi todas comparten personajes que son héroes trágicos, extravagantes y ordinarios que quizá procedan, como él de una “casta de funcionarios”. “Le tengo especial cariño a los funcionarios, a las máquinas, a los personajes más o menos anónimos, que son los que hacen que funcionen las cosas”.

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