Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Eduardo Mendoza recibe con humor el Premio Cervantes 2017

El novelista repasa en su discurso sus diferentes lecturas del ‘Quijote’

El autor recuerda a los amigos que le han apoyado en su carrera de escritor

Eduardo Mendoza, hoy en la Universidad de Alcalá de Henares.

Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) es el escritor serio más divertido de la literatura española y un hombre al que nunca se le ha oído decir un tópico. Por eso había tanta expectación en torno al discurso que pronunció este jueves en Alcalá de Henares durante la ceremonia de entrega del Premio Cervantes. Mendoza —que en la entrada de la universidad dijo haber traído a la familia para que le criticasen y a los amigos, para que le hicieran la ola— no defraudó. Tras la informada y bienhumorada presentación del ministro de Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, luciendo la medalla que el Rey le acababa de colgar al cuello y tras un sonoro suspiro, el autor de La ciudad de los prodigios arrancó diciendo que se encontraba en una posición “envidiable para todo el mundo” menos para él mismo. Mientras los presentes en el paraninfo se preguntaban si lo decía por el premio o por el púlpito barroco desde el que hablaba, el escritor se lanzó a recordar las cuatro veces que ha leído el Quijote de cabo a rabo.

La primera, dijo, fue por obligación del hermano Anselmo en el curso de 1959-1960, años de incienso y plomo al decir de Juan Marsé en los que “la pomposa abstracción que hoy llamamos Humanidades se llamaba humildemente curso de Lengua y Literatura”. De esto hace mucho, tanto que su amigo “don Francisco Rico aún no había alcanzado la edad de la razón”, dijo en referencia al famoso cervantista. Pese a los prejuicios que su generación tenía contra un héroe omnipresente en ceniceros y pisapapeles y convertido por el franquismo en arquetipo de la raza, Mendoza terminó rendido al encanto del estilo sencillo y claro de Cervantes. Nada raro en alguien que ya sabía que quería escribir aunque no supiera ni cómo ni sobre qué. “Las vocaciones tempranas”, aclaró, “son árboles con muchas hojas, poco tronco y ninguna raíz”.

La segunda vez que se acercó al Quijote, Mendoza era, apuntó, “lo que en tiempos de Cervantes se llamaba bachiller, quizá un licenciado, lo que hoy se llama un joven cualificado, y lo que en todas las épocas se ha llamado un tonto”. Esta vez no fue el lenguaje sino el personaje lo que le atrajo de la novela. Al instante se identificó con el Caballero de la Triste Figura en cuanto ser de “idealismo desencaminado”. “Un héroe épico”, explicó, “se vuelve un pelma cuando ya ha hecho lo suyo. En cambio, un héroe trágico nunca deja de ser un héroe, porque es un héroe que se equivoca. Y en eso a don Quijote, como a mí, no nos ganaba nadie”.

Cuando se lanzó a la tercera lectura, el autor barcelonés ya era un escritor de cierto éxito y “lo que nuestro código civil llama un buen padre de familia”. Lo primero lo era, dijo, gracias al apoyo de Carmen Balcells, su agente, “cuya ausencia empaña la alegría de este acto”, y de su “editor vitalicio” y “amigo incondicional”, Pere Gimferrer, poeta que ejerce en las oficinas de Seix Barral y que ayer se paseó por los jardines de la universidad alcalaína con gabardina, sombrero y paraguas. El cielo había amanecido londinense pero se volvió barcelonés a la hora del aperitivo. Si en la tercera lectura fue el humor lo que cautivo al autor de Sin noticias de Gurb, en la cuarta, realizada hace solo unos meses con motivo del premio que recibió ayer, la pregunta que le asaltó fue la más sencilla: ¿está loco don Quijote? Su respuesta fue sí. “Mi conclusión”, dijo, “es que don Quijote está realmente loco, pero sabe que lo está, y también sabe que los demás están cuerdos y, en consecuencia, le dejarán hacer cualquier disparate que le pase por la cabeza”. Y añadió con el mismo tono zumbón y melancólico, sin subrayados, que usó durante todo el discurso, bromeando en cada párrafo pero sin anunciar las bromas: “Es justo lo contrario de lo que me ocurre a mí. Yo creo ser un modelo de sensatez y creo que los demás están como una regadera, y por este motivo vivo perplejo, atemorizado y descontento de cómo va el mundo”.

Cerrado el repaso de sus lecturas cervantinas, Eduardo Mendoza acabó refiriéndose, sin alarmismos, al “cambio radical” que afecta a la cultura: “La tecnología ha cambiado el soporte de la famosa página en blanco, pero no ha eliminado el terror que suscita ni el esfuerzo que hace falta para acometerla”. También aludió al papel de la ficción — “no dar noticia de unos hechos, sino dar vida a lo que, de otro modo, acabaría convertido en mero dato”— antes de recordar que actos como el de ayer entrañan para el protagonista, es decir él, un riesgo inverso al que corrió don Quijote: “Creerse protagonista de un relato más bonito que la realidad”. Luego prometió “hacer todo lo posible para que no ocurra tal cosa” y se despidió anunciado que seguirá siendo el que siempre ha sido: “Eduardo Mendoza, de profesión, sus labores”.

El autor de Mauricio o las elecciones primarias —una novela de 2006 cuya lectura recomendó el ministro de Cultura a los presentes, políticos muchos de ellos— achina los ojos cuando sonríe, y ayer se pasó la mañana achinando los ojos, así lo llamase el Rey “artesano del lenguaje”, le preguntasen los periodistas por el porvenir del universo mundo o escuchase una sardana interpretada por la estudiantina. De ingredientes tan dispares sería capaz de sacar provecho narrativo un escritor baciyélmico al que le gusta mezclar a Musil con los tebeos y a Pulgarcito con Gilles Deleuze. Si no lo hace en el futuro será, para disgusto de sus lectores, porque es un caballero. Como dijo él mismo, siempre pensó que su dedicación al género humorístico lo pondría “a salvo de muchas responsabilidades”. Entre otras, codearse con las autoridades civiles y militares y recoger un premio Cervantes. Ayer comprobó que estaba equivocado.

Más información