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La vida de Max Aub pide escena y pantalla

La guerra civil sigue haciendo levantar cejas a muchos productores

Max Aub (izquierda) y André Malraux durante el rodaje de Sierra de Teruel. Ampliar foto
Max Aub (izquierda) y André Malraux durante el rodaje de Sierra de Teruel.

Estos días releía la excelente adaptación de El laberinto mágico, de Max Aub, que José Ramón Fernández hizo el pasado año y que Ernesto Caballero puso en pie, con idéntico acierto, para cerrar la temporada del Valle-Inclán. Recuerdo que en una primera versión les salía un espectáculo de diez horas, que quedaron en dos. Mi crítica acababa con una petición ("¿Dónde hay que firmar para que hagan esa versión en tres sesiones?") de difícil cumplimiento, tanto en teatro como, más posible, en miniserie: nuestra guerra civil sigue haciendo levantar cejas a muchos productores.

Pero no sólo El laberinto mágico es material riquísimo: la propia vida de Aub, pletórica de episodios, está pidiendo escena y pantalla. Habría que decir "las vidas" de Aub: me vienen ahora a la cabeza la aventura teatral de El Búho en Valencia; las gestiones en París para adquirir el Guernica; su colaboración con Malraux para filmar Sierra de Teruel. Y su experiencia en los campos de concentración de Garros y Vernet, y su deportación argelina, antes de escapar a México.

Yo puedo soñar con todo eso para tratar de estar a tono con Aub, que soñó con Jusep Torras Campalans, el apócrifo pintor cubista, y soñó también con una ficticia entrada por todo lo alto en la Real Academia, una Academia en la que se encuentra con Lorca y Miguel Hernández porque ha triunfado la República, del mismo modo que soñó más tarde, desde México, con "la verdadera historia de la muerte de Franco".

Sueño con otra obra u otra serie posible: la triple aventura barcelonesa de Aub. El primer episodio sucedería en los años veinte, cuando frecuentaba las tertulias de Salvat-Papasseit, Gasch y López-Picó. El segundo, obviamente, durante la guerra: Campo cerrado, arranque de El laberinto mágico, transcurre en buena parte al principio de la contienda; Campo de sangre, en el invierno del 38. El tercer y último episodio sucedería en el verano de 1969, cuando Aub vuelve a Barcelona, acompañado de su mujer, Perpetua Barjau, con un visado de un par de meses, para escribir una biografía de Buñuel. Estuvo allí quince días; visitó Valencia y luego Madrid, el 21 de septiembre.

Joan de Sagarra, que me descubrió la obra de Aub, le conoció entonces. Max Aub, quizás muy cercano a su heterónimo Luis Álvarez Petreña, cuenta esa visita en La gallina ciega, el amargo diario que publicará en 1971. "Tenía una dignidad republicana", cuenta Sagarra. Lúcido, sabe desde el principio ("Vengo a ver lo que ya no existe") que lo que busca solo vive en su memoria. Tras un largo paseo por el barrio de Gracia, le propone a Sagarra que se vuelva con él: le ofrece un billete de avión y una beca en la universidad para investigar sobre la etapa mexicana de Antonin Artaud, la aventura de los Tarahumara. “Aquí acabarás pudriéndote, Juanito”, le dice. “¡Ojalá me hubiese ido con él!”, dirá Sagarra, años después. Max Aub, eterno apátrida, nacido en París, hijo de padre judío alemán y madre francesa, español y mexicano, “peregrino en su patria, regresado al destierro y muerto en él, en 1972”, como escribió Muñoz Molina. Muchos, muchos Max Aub.