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Dejad que los chicos se acerquen al rock

Si hay una banda que desmienta la eutanasia cultural que en los 70 se le practicaba al 'rock'n'roll' en nombre de la utopía lisérgica, esa es The Flamin' Groovies

George Alexander (izquierda) y Cyril Jordan de The Flamin' Groovies, en Londres en junio de 2013.
George Alexander (izquierda) y Cyril Jordan de The Flamin' Groovies, en Londres en junio de 2013. WireImage

El rock'n'roll no feneció con Buddy Holly, al contrario de lo que aseguraba Don McLean. Ni la contracultura pudo con él. En plena catálisis psicodélica, Grateful Dead, Quicksilver Messenger Service y Creedence Clearwater Revival insertaban en su repertorio piezas de Chuck Berry, Bo Diddley y Dale Hawkins. La actuación más celebrada de Woodstock resultaba ser la de Sha Na Na, pandilla de bergantes universitarios comprometidos con el pingüe oficio del revivalismo de los cincuenta. Otro festival también de 1969, el Toronto R&R Revival, contaba en su cartel con Gene Vincent y Little Richard. En Inglaterra celebraban el London R&R Festival en 1972, protagonizado por Jerry Lee Lewis, Bill Haley y demás hipotéticos jubilados de una era extinguida.

Operadora de un renacimiento y no de una desmomificación, tonificante y atemporal, si hay una banda que desmienta la eutanasia cultural que en teoría se le practicaba al rock'n'roll en nombre de la utopía lisérgica, esa es The Flamin' Groovies. Nativos de San Francisco pero desalineados de la gleba ácida, su nombre titila irreductible en el paladar de entendidos y estudiosos, usufructuario de un culto en constante renovación. Activos todavía con tres de sus miembros originales, aunque reducidos a pálido escombro de lo que fueron, no precisan de esa desvaída persistencia carnal para arrogarse la gloria. Durante doce rutilantes años, 1967-1979, orzando para escapar de vientos adversos, circunnavegaron los centros de gravedad de rock y pop con exquisitas y fehacientes maneras, a bordo de los seis inspirados álbumes grabados durante su cariacontecida singladura. Que se fueron todos a pique, pecios lastrados de tesoros.

A semejanza de la canción de Albert King, los Groovies nacieron bajo un ominoso signo. Más afín a Lovin´Spoonful y The Charlatans que al discurso alucinógeno, su humorística y desafectada propuesta no atraía ninguna de las pujas licitadas por los subasteros de los grandes sellos, prorrateadores del mercado hippie. Tuvieron que financiar y autodistribuir su primer disco, el mini LP Sneakers (1968). No solo eso. Público y empresarios —Bill Graham no los tragaba y estaban vetados en el Fillmore, capilla sixtina del psicodelismo franciscano— también los ignoraban. Se les abrió el cielo al ficharlos una subsidiaria de la poderosa Columbia.

Supersnazz (1969) costó una fortuna y dispuso de tiempo ilimitado de estudio. Aunque repudiado por los autores a causa de su acolchada producción, proclamaba unas excelencias que en los surcos se resolvían en diáfanos chispazos de rock'n'roll y pop, legitimados con autoridad por el imbatible tándem compositor formado por Cyril Jordan y Roy Loney. Créase o no, un binomio a la altura de Jagger / Richards y Lennon / McCartney. Lester Bangs puso el disco por las nubes, pero, quizá por su eclecticismo, acaso porque escoraba sin tapujos hacia referentes añejos, o en resumidas cuentas por la tibieza promocional, las ventas rozaron mínimos y fueron obsequiados con la carta de libertad. Empezaba el drama. “No nos movíamos en ondas místicas”, recuerda Loney, “no nos identificábamos con lo que sucedía a nuestro alrededor. Solo queríamos divertirnos y estábamos en tierra de nadie. Durante muchos años la gente se negó a aceptar nuestra existencia”.

Si Supersnazz exponía las características primarias de una formación entusiasta y satírica, tan dotada para idealizar la juventud y escrutar sus paranoias como Chuck Berry y The Beach Boys, Flamingo (1970) y Teenage Head (1971), encapsulan la primera age d´or de The Flamin' Groovies, pues habría una segunda. Realizados ambos para el sello Kama Sutra por mediación de otro periodista devoto de la banda, Richard Robinson, que también los produciría, entrañaban formidable poderío, noble talento, vitamínica convicción. Explica ese prodigio Jordan: “Cuando actuamos en Detroit conocimos a bandas como Stooges y MC5, y aquello fue revelador. Tenían una energía muy concentrada, y eso nos transformó, nos endureció”. De nuevo zaheridas por un mísero apoyo mercantil, pese al fervor crítico que emplazaba Teenage Head a la misma altura que Sitcky Fingers, ninguno de esos dos voltaicos elepés pasaba a la historia oficial.

Una nueva etapa se abría con la sustitución de Loney por Chris Wilson y la oferta de United Artists para grabar en Londres un tercer álbum. Este no se materializaba, pero el viaje les reportaba una gira británica y otra francesa, además de un par de singles. Uno de ellos, Slow Death, canción antidroga irónicamente prohibida por la BBC, adelanto de la empatía con que Jordan y Wilson sellaban su alianza creativa. Inmovilizados entre 1973 y 1974, les rescataba la independiente neoyorquina Sire, futuro hogar de Ramones y Talking Heads entre otros. Grabado en los estudios Rockfield de Gales por Dave Edmunds, Shake Some Action (1976), sin olvidarse del rock'n'roll, ponía rumbo hacia un pop artesanal y preciosista, marcado incluso estéticamente por la devoción que Jordan profesaba a los Beatles.

Monumental disco pese a la rémora de formarlo en su 50% versiones, reforzaría el culto europeo y sería su álbum más vendido hasta la fecha, tanto en el viejo continente como en Estados Unidos. Mejores resultados obtenía en Gran Bretaña su quinto trabajo, Now (1978), repitiendo y depurando la fórmula del anterior, así como estudios y productor. Igualmente cristalino, empero sus ralas ventas Jumpin´in The Night (1979), cerraba la trilogía anglófila, que ponía vibrante broche a la segunda juventud del grupo. “Sire se estaba volcando en los Ramones”, dice Wilson, “apostaban por ellos mientras pasaban de nosotros, no creían que pudiéramos tener éxito. Menuda mierda. Cualquiera puede triunfar si le respalda la maquinaría de una discográfica. En eso consiste todo. El talento solo es el 10% del proceso. El negocio musical siempre será así”. Desencantados con el sello, sometidos a continuos vaivenes de personal, cada vez más dependientes de las versiones, enzarzados en frustraciones y sin contrato discográfico a la vista, sobrevivían durante los ochenta de la mano de Jordan y el bajista George Alexander. Otro cantar, otros Groovies.

Protoplasma 'spectoriano'

En 1980 les surgía a The Flamin´ Groovies una postrera oportunidad de oro. Abortada, naturalmente. Un sello francés ofrecía al grupo grabar en los estudios Gold Star de Los Ángeles, donde Phil Spector había cursado meritoriaje y los Beach Boys registrado Good Vibrations y Smile. Una revista anunció que el propio Spector les produciría, pero el asunto se torcía de inmediato. La primera semana la pasaron en blanco, a la espera de que el estudio recibiera sus estipendios. Metidos ya en faena, mientras grababan un tema de Spector el ingeniero les comunicó que al histórico productor le disgustaba que otros interpretaran sus canciones. Sin embargo el divo se personó en Gold Star, expresando interés. Le pidieron que remezclara el material y dijo que lo haría si le gustaban lo suficiente. Debemos deducir que no fue así: nunca más volvieron a verlo. De las cinco piezas que allí plasmaron, solo una pudo ser finalizada, al agotar recursos la discográfica.