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Liliana Porter: “La corrección es un acto tan arrogante como inútil”

La artista argentina entabla una cadena de 'Diálogos y desobediencias' con los que repasa su carrera en el museo Artium de Vitoria

Liliana Porter, fotografiada en la galería Espacio Mínimo de Madrid. Ampliar foto
Liliana Porter, fotografiada en la galería Espacio Mínimo de Madrid.

Dice que de joven era muy barroca en sus grabados y que por eso decidió meter los ornamentos en un cajón y sintetizar al máximo el lenguaje, para decir más con menos y cogerle el pulso a las metáforas. Se fijó entonces en cosas insignificantes para construir su vocabulario: la esquina doblada de un papel, una pequeña arruga, el alcance de una sombra, un clavo diminuto, la tensión que genera un hilo… Sentada en ese filo encontramos todavía hoy a Liliana Porter (Buenos Aires, 1941), con la misma visión quebrada con la que empezó y el mismo amor por los diálogos imposibles. En el fondo del profuso cajón al que parecen remitir siempre sus obras, la artista guarda las preguntas que circulan junto a sus pinturas, instalaciones, vídeos, dibujos, grabados y esculturas: ¿qué es lo real? ¿Qué es lo representado? ¿Adónde vamos? ¿Quiénes somos?

No hay hoja de ruta en los territorios reescritos de Porter. Ella lo sabe: “Toda mi obra es un ensayo, aproximaciones para llegar a cosas a las que uno nunca llega. Y por eso sigo”, dice. En su trabajo muchas veces usa dislocaciones, situaciones donde conviven cosas de distinta naturaleza y emociones a veces encontradas. La exposición que le dedica el museo Artium de Vitoria, bajo el comisariado de Estrella de Diego, intenta estructurar este diálogo imposible desde tres vías. Rasgones y tareas reúne obras de los primeros tiempos como Arruga, los Trabajos forzados y la poética en potencia de las reparaciones. El recorrido y la línea recoge su fascinación por el desplazamiento y el desborde, su amor por las ferreterías, los fondos blancos y los objetos banales. Conversiones y dobles está lleno de sus diminutos personajes fuera de contexto y de una idea muy clara de espacio ilusorio, subversivo, siempre en un punto indefinido de un pasado más o menos cercano.

PREGUNTA. ¿Por qué esa desobediencia?

RESPUESTA. Básicamente, la desobediencia es un cuestionamiento de las convenciones desde la linealidad del tiempo a la percepción de lo real y de la representación.

P. A mediados de los años setenta simplificó mucho su lenguaje. ¿Qué buscaba?

R. Ese voluntario reduccionismo visual sirvió para afinar o descubrir cuál era mi mirada sobre el mundo que me rodeaba. Si elegía elementos que percibía como insignificantes, en todo el sentido de la palabra, no estaba hablando de objetos en concreto, sino que abría un lugar a un silencio, una atmósfera.

P. Tire del hilo de ese lugar misterioso.

R. Trato de sacar de contexto el espacio donde instalo las situaciones que fotografío, pinto o grabo. La ausencia de un contexto determinado me permite acceder a un lugar atemporal y, al mismo tiempo, evitar acceder a un lugar definido.

"Toda mi obra es un ensayo, aproximaciones para llegar a cosas a las que uno nunca llega. Y por eso sigo trabajando”

P. La cuestión del engaño visual ha sido un habitante más de sus obras. ¿Cómo de importante es ese engaño?

R. No me interesa tanto el truco, sino ver cómo se une lo real con lo virtual y la extrañeza que eso genera. En realidad, lo que trato de hacer es cuestionar dónde empieza una cosa y dónde termina. De alguna forma me pregunto si existe la realidad o si, dicho de otra manera, la única realidad que existe es nuestra relación con las cosas, nuestra interpretación de todo. Es evidente que cada uno tiene una lente a través de la cual interpreta, nombra, califica y define las cosas. El arquetipo parece escaparse siempre; es inasible.

P. Las correcciones, reconstrucciones y repeticiones son constantes a lo largo de todos estos años. ¿Por qué volver a ellas?

R. El ejemplo más claro para hablar de la serie de las correcciones que hice a través de los años es la corrección de un garabato dibujado a lápiz y luego corregido con rojo, porque se supone que el garabato conceptualmente nunca puede estar mal. Esa corrección es un acto tan arrogante como inútil y, al mismo tiempo, es tan trágica que termina siendo graciosa. Lo que quiero decir es que nunca sabemos cuál es el resultado final, y nuestra obsesión por conocer acaba siendo un ejercicio de humor involuntario. En general, siento la necesidad de volver a temas y motivos que ya había tratado, o bien porque no terminé de digerirlos o porque todavía quiero decir algo más.

P. Sus personajes o parejas de personajes aparecen estáticos en ese campo de visión vacío. ¿Están perdidos? ¿Son alter egos?

R. Son alter egos en la medida en que toda obra es de alguna manera autobiográfica. Mis personajes no están perdidos, los que estamos perdidos somos nosotros. Si no estuviéramos perdidos frente al misterio de la existencia, no se nos ocurriría hacer estas cosas.

P. Su experimento más reciente es el teatro. Primero fue Entreactos: situaciones breves (2014), luego El orden de las cosas: bocetos (2015) y próximamente estrenará su tercera pieza, Domar al león y otras dudas (2017). ¿Cómo es el proceso de construcción de esas obras teatrales?

R. Es raro porque nunca imaginé que haría teatro, pero a la vez fue muy natural. Mirando atrás, veo que muchas de mis obras son puestas en escena de situaciones, con la diferencia de que en el teatro los personajes están vivos. Nunca fui tan feliz como en los ensayos teatrales. El orden de las cosas, en la frontera de los lenguajes, continúa la línea de Entreactos: situaciones breves, que dirigí junto a Ana Tiscornia. Domar al león y otras dudas se estrenará a principios de junio en Buenos Aires, dentro de la segunda Bienal de Performance.

"No me interesa tanto el engaño visual, sino ver cómo se une lo real con lo virtual y la extrañeza en el que se mira"

P. En unas semanas se inaugurará la Bienal de Venecia y su muestra central, Viva Arte Viva, en la que participa con la versión de una de sus obras más conocidas, El hombre con el hacha y otras situaciones breves. Háblenos de ella.

R. Es una instalación que estuvo en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires en 2014 en la que había un piano patas arriba y tazas de porcelana hechas trizas, cartas de póquer antiguas, muñequitos en distintas escenas desmesuradas (uno regando una flor pintada en una taza, otra con una escoba barriendo un milímetro) y objetos, alhajas, una línea roja… En el inicio de ese desastre hay un minúsculo muñequito blanco con un hacho en su escala diminuta. La nueva pieza estará dentro de un capítulo que la comisaria, Christine Macel, ha titulado Tiempo e infinito y será un intento más de reestructurar el orden de las cosas.

P. Como buena constructora de relatos que es, ¿no se ha planteado escribir?

R. Sí, lo cierto es que me hubiera gustado ser escritora. Siempre hay tiempo. De vez en cuando escribo alguna cosa y no descarto aún que ese camino lleve a algo.

P. ¿Tiene miedo a que se agote el tiempo?

R. Si me pregunta por mi tiempo, el que me fue otorgado, miedo no sé, pero le diré que me gustaría que dure lo más posible porque tengo muchos proyectos.

‘Liliana Porter. Diálogos y desobediencias’. Artium, Vitoria. Hasta el 27 de agosto.

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