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Joaquín Sabina: mitos, pecados y otras confesiones

Julio Valdeón publica la biografía más completa y rigurosa sobre el gran artista

Joaquín Sabina en Londres, en 1975, en una fotografía que aparece en la biografía del artista escrita por Julio Valdeón.
Joaquín Sabina en Londres, en 1975, en una fotografía que aparece en la biografía del artista escrita por Julio Valdeón.

Una tarde, tan solo una, de conversación en su casa de Tirso de Molina le ha bastado a Julio Valdeón para componer una biografía canónica –Sabina, sol y sombra (Efe Eme)— sobre el músico. No se trata de un trabajo para el que haya pedido permiso. Tampoco le cayó como encargo. Lo ha ido tejiendo como un gran prisma personal, con el conveniente saqueo a las hemerotecas y plagado de las miradas agudas, atinadas, críticas de aquellos fieles y enemigos íntimos que le han tratado a fondo desde los años setenta hasta hoy.

Tras todas esas horas, días y meses de encuentros, Valdeón ha trazado una ruta geográfica por los bares donde escribía y también sentimental entre las mujeres que le amaron, aman -caso de Jimena Coronado, su pareja desde hace más de 20 años- y amó. Un itinerario de todas sus canciones con los trenes a los que se subía y las estaciones donde quiso bajar. En ese viaje, Valdeón hurga en los orígenes y asuntos de familia: el padre policía y enganchado al ripio que le aficionó a la poesía y a los toros, la madre beatilla y de buena cuna, el abuelo adorado por él, con sus escarceos homosexuales, reprimidos en la Andalucía de la posguerra…

“Sin duda que la infancia fue territorio de donde Joaquín siempre quiso escapar. Pero resulta clave para entenderle. También Granada, donde descubre la poesía o la política. Y, por supuesto Londres, donde abre los ojos a una modernidad que en España no podía ni sospecharse”.

En Sabina, sol y sombra —con prólogo de Javier Rioyo— encontramos muy latente la genética que comporta el instinto de supervivencia, ahogado a veces en tabaco, whisky, coca y dieta de presidiario. Las consecuencias de lo que llamó marichalazo, aquel ictus que le multiplicó el cariño de la parroquia pero le sumió en una depresión. El cuartel general en su calle de la zona Tirso de Molina, la bohemia que le rodeó, aquellas lejanas compañías con delincuentes, camellos y okupas –casi 20 personas tuvieron llave de su casa en mano, incluido el crítico Carlos Boyero-, su reinado en América Latina, la querencia a Madrid, las salidas de tono, las cornadas, las putadas, las lealtades y la resistencia.

Las 10 canciones esenciales para el biógrafo

ifícil decisión, elegir 10 títulos entre una discografía de cerca de 30, desde que publicara Inventario (1978) en  sin contar la cantidad de títulos que ha compuesto para otros. Más cuando el autor es Joaquín Sabina, uno de los cánones entre el cancionero español contemporáneo. Pero Julio Valdeón, autor de Sabina, sol y sombra hace el esfuerzo y se anima a proporcionar una lista. Ha optado por las que considera indiscutibles y lo ha hecho en este orden: Calle melancolía, Princesa, ¿Quién me ha robado el mes de abril?, Y nos dieron las diez, Ruido, Y sin embargo, Yo me bajo en Atocha, 19 días y 500 noches, De purísima y oro y, finalmente, Peces de ciudad.

El relato navega del periodo afterjipi en Londres y los caballeros de la orden de La mandrágora a sus fieles escuderos presentes –Pancho Varona y Antonio García de Diego, eminentemente en la música, junto a su club de poetas vivos, con Luis García Montero, Benjamín Prado, Felipe Benítez Reyes o Caballero Bonald hasta el editor, Chus Visor- para aterrizar en ese pase por naturales a la historia de la música con una gloriosa marca: 19 días y 500 noches

Todo, absolutamente todo lo que a usted se le ocurra que puede haber llenado y colmado la vida de este absoluto genio trovador lo ha plasmado Valdeón en su libro. El brillante retrato de un tipo que se mide a sí mismo con un océano de distancia. “Su falta de pretensiones, su sanísima capacidad para reírse de su sombra, la ferocidad con la que juzga su propia obra, han evitado que termine hablando de sí mismo en tercera persona. Sabina siempre tuvo los pies en la tierra. Huye de la solemnidad como de la peste”, asegura Valdeón.

El autor pasa revista sin complacencia a aquellos miopes que le han negado su trono de clásico: “La crítica musical española nunca supo lidiar con el mainstream. Prefiere habitar un territorio mítico, acotado por las revistas anglosajonas, que tiene muy poco que ver con la realidad social, cultural y artística de nuestro país. Sabina es un clásico sin necesitar la aprobación de un estamento crítico en babia. ¿Qué esperar de quienes prefieren a cualquier imitador de los Pixies antes que al autor de 19 días y 500 noches?”, afila Valdeón.

Sabina con un gato y varios amigos en su apartamento de Candem Town, en 1975. ampliar foto
Sabina con un gato y varios amigos en su apartamento de Candem Town, en 1975.

Le ha pasado desde siempre. Ya era antiguo para muchos cuando desde la cueva de La Mandrágora, con Krahe, desafiaba los vientos del Rock Ola. ¿Dónde queda la mayoría de aquello ahora? “No diría que él despreció La movida. Fueron más bien los principales protagonistas de la misma los que despreciaron a Joaquín. Estaban demasiado colgados de las últimas tendencias como para sintonizar con alguien que bebía de Bob Dylan y los Stones, de Brassens, de Violeta Parra y Paco Ibáñez, de Quintero, León y Quiroga y Roberto Goyeneche”.

O más tarde de Chavela, Chabuca Granda y José Alfredo Jiménez tanto como de Neruda, Vallejo, San Juan de la Cruz o su amigo García Márquez. Un superdotado del desgarro, el único compositor capaz de encadenar un torrente de subordinadas para una estrofa sin despeñarse. “Ese sentimiento, el desgarro, es la veta esencial de muchas de las canciones que amamos. Más allá del humor y la ironía, que maneja como muy pocos, Sabina ha escrito canciones, que hubiera firmado con gusto José Alfredo. Y eso son palabras mayores. No es descabellado situarlo a su altura”, cree Valdeón.

Pero con un riego de herencia que acompleja a quien le sigue. “Sabina fascina a la gente de su generación, a sus hijos y a sus nietos. Quizá porque ha sido siempre moderno, pero nunca posmoderno, así que suena igual de fresco en 2017 que hace 30 años. Y sí, la música fue esencial, no solo la letra, como siempre se menciona. Componer después de Sabina es, inevitablemente, medirse con la obra de un gigante”.