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¿Ha matado el turismo ‘low cost’ a la literatura de viajes?

El género estrella de hace unas décadas atraviesa una crisis a causa de la banalización de la experiencia viajera

Fantasía', fotografía de George Rodger realizada en 1941 en Chad.
Fantasía', fotografía de George Rodger realizada en 1941 en Chad.

Entre Samarcanda y Kirguistán, la viajera Patricia Almarcegui (autora de Escuchar Irán y Una viajera por Asia Central) ha sido la penúltima en dar la voz de alarma: algo pasa con la literatura de viajes, que parece en horas bajas. La gente viaja como nunca, es cierto, pero lee menos. Prefieren echar un vistazo rápido a Internet en sus móviles que sumergirse en un libro que los acompañe, solace y oriente en su viaje. El lector de viaje de butaca —ese que viaja en casa, por persona interpuesta— también se ha retraído. Autores y editores están desconcertados, les es difícil saber qué quiere el lector del género y que voz hay que adoptar. Parafraseando a The Buggles: ¿está acabando el turismo low cost con la literatura de viajes? ¿Queda espacio en un mundo que se empequeñece y trivializa cada vez más para el viaje reflexivo de descubrimiento del otro y de uno mismo, que es lo que ha dado lugar a las obras maestras de la especialidad? ¿Adónde ir? ¿Qué contar?

Es evidente para cualquiera que siga la evolución del género que los años de vacas gordas —es decir, los ochenta y noventa— han pasado. Basta con mirar los estantes en las librerías: se publican menos novedades, se rescatan clásicos con cuentagotas, casi de tapadillo, y son muy pocos esos títulos que acceden, como antes, a la categoría de inolvidables. La literatura de viajes, que contaba con numerosos sellos propios, se difumina en la literatura generalista, e incluso autores consolidados —de William Dalrymple reconvertido en novelista e historiador (ahora Desperta Ferro Ediciones le publicará El retorno de un rey, sobre la primera guerra anglo-afgana) al español Gabi Martínez, que acaba de publicar en Seix Barral Las defensas, sobre la vida real de un neurólogo— parecen abandonar el género.

Invitaciones a partir

Transiberiano. No es la crónica de un viaje, sino la historia de un medio de transporte y una ruta legendarios: el ferrocarril Transiberiano y la línea más larga del mundo, de Moscú a Vladivostok, 9.000 kilómetros y siete husos horarios. El experto y apasionado de los trenes británico Christian Wolmar cuenta todo lo que queríamos saber sobre el ferrocarril que cambió Rusia en Billete al fin del mundo (Península, 2017). ¡Pasajeros al tren!

Cuadernos de viaje. El cuaderno de viaje es uno de los elementos que no puede olvidar ningún viajero que se precie. Un libro maravilloso, Exploradores. Cuadernos de viaje y aventura (Geoplaneta, 2017), nos ofrece una mirada a los diarios de los más grandes viajeros, naturalistas y exploradores. Ahí están los dibujos, notas y mapas de personajes como Amundsen, Audubon, Boas, Cook, Sven Hedin, Thor Heyerdahl, Livingstone, Peary, Scott, Freya Stark o Thubron. Ganas de partir ya.

Confesiones del marino escritor. La editorial Wunderkammer, que dirige alguien tan vinculado al viaje como es Elisabet Riera, publica Diario íntimo de Pierre Loti, el gran escritor y viajero de Rochefort. A través del diario y la correspondencia del personaje nos introducimos en su lado más secreto, incluidos sus amores, que también son viaje: “He encontrado a una mujer de nunca vista belleza que se ha entregado a mí aun amando a otro, porque, según me dice, me ama aún más que a ese otro”.

Dicho todo esto, es cierto que siguen apareciendo ocasionalmente algunas joyas que prolongan no solo con dignidad sino con maestría la mejor tradición de la literatura de viajes en estos tiempos oscuros. Ahí están —bien es verdad que no presentados específicamente como títulos del género— los recientes Años salvajes. Mi vida y el surf (Libros del Asteroide), en el que el estadounidense William Finnegan sigue en un periplo a lo largo del globo y de su propia biografía su pasión por la plancha y las olas, o Allí, donde se acaba el mundo (Lumen), en el que la francesa Catherine Poulain narra su aventura en Alaska enrolada en un pesquero. Entre las honrosas excepciones, los libros de Almarcegui, el viaje por Japón de Suso Mourelo bajo la advocación de La mujer de la arena de Kôbô Abe o el viaje a Grecia del irreductible Xavier Moret.

A destacar las recuperaciones de dos clásicos que ha hecho Abada: Viaje al Tíbet, de Robert Byron —el maestro de tantos viajeros—, y Rumbo a la aventura, del inclasificable Richard Halliburton, ese hombre ávido de experiencias que cruzó los Alpes a lomos de un elefante para emular a Aníbal, voló sobre el Everest en su biplano La Alfombra Voladora y desapareció a bordo de un junco chino en el Pacífico en 1939, a los 39 años.

Y está sobre todo, ¡apunten este título!, El turista desnudo, de Lawrence Osborne (Gatopardo Ediciones), que hay que saludar ya a la vez como un verdadero hito en la literatura de viajes y el libro de referencia sobre todo esto de lo que hablamos. Porque, significativamente, en el libro el autor británico, que narra un viaje demencial y alucinante por Dubái, Calcuta, las islas Andamán, Tailandia y Bali hasta los parajes más agrestes de Papúa, ofrece una reflexión indispensable —a la vez dramática y divertidísima, plena de escepticismo, estupefacción y mordacidad— sobre el (sin)sentido actual del viaje, la perversión del turismo de masas y el viajero escritor condenado a ir cada vez más lejos (en todos los sentidos). Es una obra que sitúa perfectamente el debate sobre el género a partir de la desorientación (precisamente) del autor viajero en un mundo en el que todo se parece perversamente a todo, y en el que ni “envolverte el rabo” con un estuche peneano de calabaza para confraternizar con los aborígenes ni comer murciélago garantizan una experiencia original.

Pero, como dirían Burton y Speake, vayamos a las fuentes. ¿Qué opina un gran maestro de la literatura de viajes, seguramente el mejor en activo junto con Jan Morris y Paul Theroux, de la crisis de la que hablamos? Colin Thubron (1939), el autor de obras canónicas como En Siberia y la única persona que conozco que ha comido binturong (el raro vivérrido parecido a la civeta) creyendo que era gato, responde con la vista puesta en el río Amur, adonde se dirigirá para su próximo libro de viajes (¡ya hace seis años del último!, Hacia una montaña en el Tíbet; RBA), y tras informarme de que su jardín y su búho disecado siguen bien. “Es un tema complicado. En realidad yo no creo que la literatura de viajes esté muerta o agonizante. La gente lleva prediciendo su declive y muerte a todo lo largo del siglo XX (Conrad, Evelyn Waugh, Levi-Strauss, Kingsley Amis). Pero no ha sucedido. En cambio, los ochenta vieron una edad de oro del género, al menos en Reino Unido, con Patrick Leigh Fermor, Theroux, Jonathan Raban, Bruce Chatwin… Ahora lo que se produce es la inevitable reacción, en parte porque los editores descubrieron (de nuevo) que los libros de viajes se podían vender bien y publicaron un montón de obras prescindibles”.

‘El turista desnudo’, de Lawrence Osborne, puede saludarse ya como un nuevo libro de referencia

Pero el mundo se hace pequeño, ¿no? “Esa sensación es una ilusión fomentada por Internet y el turismo de masas. Incluso lugares aparentemente familiares no lo son realmente, y los escritores de viajes deberían acercarse a ellos menos con el ánimo del descubrimiento geográfico que con el de la investigación en profundidad. Porque, bajo su superficie, todas las culturas son muy distintas. Cada generación tiene que descubrir eso a su propia manera; las prioridades e incluso las respuestas estéticas cambian, junto con el estado del destino al que viajas. Ninguna pantalla puede reemplazar la sensación de encontrarte con una región sobre el terreno: su atmósfera, su tacto y olor, su interacción con el viajero”, replica el escritor.

Thubron recalca: “Además, la idea de que los países son todos fácilmente accesible es una ilusión. Hace 30 años hice un viaje en coche desde Reino Unido a lo largo de Turquía, Siria, Irán, Afganistán, Cachemira y el norte de Pakistán hasta India. Ese viaje es imposible hoy. En ese momento, la URSS y China eran en cambio inaccesibles para el viajero independiente. Cuando un país se abre, otro se cierra. Aún hay remotas áreas por (re)descubrir en grandes franjas de África, Asia y Sudamérica. El año próximo, por ejemplo, planeo ese viaje al Amur. Es el décimo río más largo del mundo, fluyendo entre Siberia y Manchuria, y sin embargo poca gente ha oído hablar de él”. Bueno, pero no negará la dificultad de encontrar escritores a la altura de los de su generación. “Es cierto que parecía inusualmente fructífera, pero hoy hay gente interesantísima: Sara Wheeler, Rory MacLean, Philip ­Marsden, Dalrymple y, en una generación ligeramente más joven, Tim Butcher, Peter Hessler, Oliver Bu­llough. Hay otros en Europa del Este subiendo: la búlgara Kapka Kassabova, el polaco Witold Szablowski. Siempre habrá una intensa necesidad de los conocimientos resultado de viajes más largos y aventureros de los que pueden permitirse en general los reporteros de los periódicos”.

El diagnóstico de 'Granta'

La revista Granta, en su número 138, ha planteado la cuestión a varios escritores del género, entre ellos el propio Thubron, Sarah Wheeler, Robert MacFarlane o Geoff Dyer, el autor de Amor en Venecia, muerte en Varanasi y aquel viaje al portaviones USS Bush que fue Another Great day at sea. La mayoría de los consultados echan balones fuera, con estilo, eso sí. Dyer se pregunta qué tipo de literatura no es literatura de viajes para acabar cuestionando irónicamente si no será la propia literatura la que está muerta. MacFarlane destaca la coincidencia de talentos que hizo de finales de los setenta un momento soberbio para el género, con grandes obras de Leigh Fermor y Chatwin, por ejemplo, para concluir que no se puede achacar a la crisis del viaje una crisis de la literatura de viajes.

Sin apenas tiempo para comentar con Thubron las extrañas características sexuales del binturong, cuya hembra posee un semipene como la hiena, contacto con Jordi Esteva, uno de los grandes escritores españoles de viajes. Esteva, que ha regresado de un largo viaje por Egipto, se encuentra en Túnez y, de manera insólita, contesta con varios mensajes de voz de WhatsApp sumergido (no del todo) en una bañera: “¿Crisis de la literatura de viajes? No sé. La literatura de viajes refleja los viajes y probablemente sea el viaje mismo lo que está en crisis. El viaje en cuanto experiencia de la que no se regresa igual que se partió, el viaje iniciático (aunque, ojo, sin connotación esotérica). Es cierto que el viaje que a mí me interesa es cada vez más difícil, hoy día resulta homogéneo y encuentras wifi en todas partes. Se ha perdido ese romper con el tiempo y el espacio que era la característica del viaje. Como decía Paul Bowles, una cosa es viajar y otra transportarte. Ahora te montas en un avión y apareces en Mongolia sin solución de continuidad y sin necesidad ninguna de saber quién era Gengis Jan. Todo es cada vez más igual. A mí lo que me interesa del libro de viajes es la opinión, la mirada propia, y la voz”.

Se hace un silencio. Trato de escuchar al muecín, pero lo que oigo es un chapoteo. Esteva continúa: “Tiene que haber un afán literario, no una mera descripción, que es lo que hace a menudo tan aburrido al género. No quiero criticar, me parece estupendo que cualquiera escriba un libro, pero que sea interesante es otra cosa. A mí, con todo el respeto, no me interesa el viaje solidario a Mozambique o la aventura en kayak por el Orinoco. Tiene que haber algo más. Y ha de fluir, ha de parecer que te cuentan el viaje alrededor de una hoguera una noche de tormenta, y que el autor tenga un poderoso motivo para hacerlo, casi una obsesión”. Esteva cita a Truman Capote y Graham Greene como gente que sabía narrar viajes. Él dice que su secreto ha sido haber podido ir adonde le llevaron antes sus sueños y sus mapas.

Pep Bernades, librero, editor, escritor y maestro de viajeros, me recibe en su despacho en Altaïr, donde me atrevo a entrar —la prolijidad de las conversaciones de Bernades es legendaria— porque exactamente en un cuarto de hora arranca en la sala de actos de la librería (que está a rebosar) una charla sobre las islas Feroe que tiene que presentar él. “Las horas bajas son de cierto concepto de la literatura de viajes”, establece. “Y en realidad esa literatura, de publicidad encubierta y exaltación del yo, tendría que estar en horas de destrucción”, prosigue con divertida saña. “No basta con escribir lo que ves, con la perspectiva plana de un simple recorrido, después de haber estado un par de semanas en un sitio y utilizando el corto y pego. Se ha banalizado el concepto de literatura de viajes a partir de los mil blogs del género que en el fondo no hacen sino repetir lo mismo, una visión comercial del mundo. Esa línea no lleva a ninguna parte”.

“En los años dorados se publicaron muchas obras prescindibles”, recuerda el escritor Colin Thubron

No obstante, “la buena literatura de viajes sigue funcionando y se sigue publicando”, considera Bernades, señalando sobre su mesa la reedición de Malpaso de Rumbo a Tartaria, de Kaplan, e Hijos del Nilo, de Xavier Aldekoa (Península). Pero hay menos. “Ha bajado la venta, es cierto, porque ha bajado la producción. Es más difícil escribir de viajes ahora que hace 20 o 30 años, la buena literatura de género es muy exigente, hoy más que nunca”. En Altaïr son optimistas: “Hemos sufrido mucho los últimos años, pero la cosa remonta, entra mucha gente joven, están descubriendo que hay cosas que no se encuentran en Internet. Los chavales que empiezan a salir al mundo están saturados de datos y faltos de literatura y verdadera información. Y están también los mapas: ¡si quieres un mapa para soñar, no cabe en la pantalla! Yo creo que habrá una decantación hacia las cosas más perennes, elaboradas y profundas”.

Gabi Martínez, que nos llevó a los pantanos de Sudán, a Nueva Guinea tras los pasos del moa, a Pakistán, a la Gran Barrera de Coral australiana, que viajó hasta perderse y volverse a encontrar, en su nuevo libro no viaja. ¿Un síntoma? “En las defensas vuelvo a casa, a Barcelona, a mi ecosistema, para narrar una historia. Eso también es un viaje”. Martínez no se considera un escritor de literatura de viajes, un género del que dice que en España no hay tradición y del que cita apenas un puñado de nombres: Theroux, Esteva y, sorprendentemente, Lawrence de Arabia y Josep Pla, que ya es pareja. Pero su mirada anda perdida en nuevos horizontes de tigres y tapires, lo que es toda una esperanza.

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