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‘Suite’ decadente

Jarvis Cocker y Chilly Gonzales plasman en un álbum cáustico la sordidez tras los oropeles de Hollywood

Jarvis Cocker y Chilly Gonzales, el pasado marzo en Londres.
Jarvis Cocker y Chilly Gonzales, el pasado marzo en Londres.

"No soy Jesucristo, pero sí compartimos iniciales”, declamaba Jarvis Cocker en una canción de This Is Hardcore, el álbum que pergeñó junto a Pulp después del monumental éxito del hit ‘Common People’ y un disco perfecto, Different Class. La letra, cáustica y humorística, servía para definir el complejo de un hombre normal aupado a una posición de éxito, y sus ecos aún resuenan en Room 29, su nuevo trabajo como solista junto al compositor Chilly Gonzales.

La relación entre ambos trabajos es de todo menos imaginaria. Room 29 vuelve para hacer de la desazón vital el tema central del disco, amparándose no ya en el propio personaje de Cocker, sino en unas voces colectivas situadas en el Chateau Marmont, el famosísimo hotel de Los Ángeles en el que se hospedan estrellas hollywoodienses durante juergas y resacas.

Porque de eso se trata aquí, de resacas. Cocker, acompañado con maestría por Gonzales, enhebra una serie de relatos musicales plagados de decadencia y ennui, con el suficiente humor para reventar el cliché del reverso oscuro de Hollywood que podría resultar manido cuando se habla de un hotel como el Marmont.

Por el disco —y la habitación 29— pasean el legendario Howard Hughes y su voyerismo de starlettes, Clara Twain, hija de Mark y esposa del pianista Ossip Gabrilowitsch, y Paul Bern, marido de Jean Harlow, que se suicidó después de pasar su luna de miel con la estrella en la habitación 29.

Room 29 se concibe como un disco conceptual, algo a lo que Jarvis Cocker se ha acostumbrado, dado su interés por disciplinas más allá de la música (ha realizado instalaciones artísticas, es editor en Faber & Faber y se ha sabido de la publicación de su siguiente libro por un adelanto millonario).

El álbum viene acompañado de una lista de lecturas posibles, entre las que se incluye The Big Screen, del historiador cinematográfico David Thompson, y la iconoclasta novela Myra Breckinridge, de Gore Vidal. Pero no estaría de más haber incluido Hollywood Babylonia, del inclasificable Kenneth Anger, puesto que es la sordidez del oropel hollywoodiense lo que Cocker quiere plasmar. Rubias platino, productores obsesivos y estrellas suicidas forman parte de una trastienda antigua y fetichista, tan pasada de moda como el piano de cola de la habitación. En sus propias palabras, el disco es el resultado de haberse acercado demasiado a las imágenes formativas de su idea de Hollywood.

Quizás por eso, como en This Is Hardcore, Cocker se ha rodeado de un envoltorio más clásico que en sus otros trabajos. Si para el disco posbritpop buscó los arreglos de Scott Walker, Room 29 echa mano de Chilly Gonzales, que obtiene protagonismo por derecho en cuatro canciones instrumentales.

Los destellos de la ironía de Jarvis Cocker brillan en ‘The Other Side’, quizás la única composición verdaderamente contemporánea del disco. En ella, el personaje quiere pasar “al otro lado” —sea lo que sea esa abstracción— después de una noche infernal junto a chavales pijos con rastas pasados de cocaína. Y la única conclusión que saca es que “al otro lado hay muy mala cobertura”. Cocker abandona el personaje retro para volver a ser el perdedor que se mira a sí mismo. Quizás ahí entronca con la verdadera decadencia y el que es su arte contemporáneo por naturaleza: narrar la futilidad que raya en el absurdo en el siglo XXI.

Room 29. Jarvis Cocker & Chilly Gonzales. Deutsche Grammophon