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sillón de orejas

Misterios, iconos, infancias

La Tate Britain ha echado la casa por la ventana para la enorme retrospectiva de David Hockney

'Peter saliendo de la piscina de Nick' (1967), obra de David Hockney.
'Peter saliendo de la piscina de Nick' (1967), obra de David Hockney.

1. White

Lo que Julian Symons (1913-1994) llamó la “edad de oro de la novela criminal” se extiende a lo largo del periodo de entreguerras. Todos los buenos aficionados al género saben que la modalidad predominante era lo que se ha llamado whodunit (“quién lo hizo”): se trata de un tipo de narración que ahora resulta ingenua a los lectores de “novela negra” y que se sometía voluntariamente a unos rígidos protocolos para llevar al lector a la resolución de un asesinato (o dos, pero no había asesinos en serie) que solía ser “blanco”, es decir, sin excesivo gore ni retorcimiento. Los mismos aficionados podrían establecer a bote pronto una lista de los autores más populares: entre ellos estarían los británicos Agatha Christie, Dorothy Sayers o Michael Innes; la neozelandesa Ngaio Marsh y los estadounidenses John Dickson Carr o Ellery Queen. A aquella áurea época de la novela de investigación le dieron la puntilla crítica dos artículos de sendas celebridades:El simple arte de matar, de Raymond Chandler, incluido en el libro de relatos del mismo título publicado en DeBolsillo, y el aún más expresivo ¿A quién le importa quién mató a Rogelio Ackroyd?, un vitriólico texto que Edmund Wilson publicó en 1945 en las páginas de The New Yorker y que puede leerse en la Red. A aquella fecunda tropa de autores de whodunits pertenece también la galesa Ethel Lina White (1876-1944), cuyos libros policiacos obtuvieron un extraordinario éxito. También en España: conservo en lugar de honor La escalera de caracol (Mateu, 1963) que fue llevada al cine por Robert Siodmak en 1946, y el folleto grapado El museo de la muerte (Novelas y Cuentos, 1952). Un amigo —las amistades son siempre los más avezados ladrones de libros— me requisó la primera edición castellana (en la mítica editorial argentina Claridad) de La dama desaparece, que ahora ha publicado Alba en traducción de Enrique Maldonado Roldán. Alfred Hitchcock, que estaba firmemente convencido de que “el cine es la vida real sin las partes aburridas”, la adaptó a la pantalla (con sustanciales cambios) en 1938, con Margaret Lockwood y Michael Redgrave como protagonistas: la película —en España se llamó Alarma en el expreso— tuvo tanto éxito que consiguió que, en el plano literario, aumentara el prestigio internacional de la señora White y, en el cinematográfico, que el omnipotente David O. Selznick decidiera que ya había llegado el momento de que Hitchcock se trasladara a Hollywood. Vuelta a leer ahora, 80 años después de su publicación, el logradísimo suspense de este thriller psicológico en torno a la misteriosa desaparición de una mujer en un vagón repleto de gente que afirma que la dama nunca estuvo allí justifica que Julian Symons la incluyera entre las cien mejores novelas policiacas de todos los tiempos.

2. Hockney

La Tate Britain ha echado la casa por la ventana para la enorme retrospectiva de David Hockney, que este año cumplirá 80 tacos. Los británicos, que, aunque adoran a Hockney casi tanto como a Isabel II o a Mr. Bean, nunca le han perdonado del todo que cambiara el Támesis por las villas con piscina de los ricachos de Los Ángeles, hacen colas multitudinarias (y pagan 19,50 libras: 22,50 eurillos) para admirar la ingente producción de su icono pop (vivo) más arty: pinturas, dibujos, grabados, collages, fotografías y vídeos que muestran la evolución temática y técnica del artista a lo largo de 60 años. Coincidiendo con la retrospectiva, que se mantendrá hasta el 29 de mayo (y luego viajará al Pompidou y al MET), el astuto Bene­dikt Taschen, que no pierde oportunidad de hacer caja, ha publicado David Hockney, a Bigger Book, un gigantesco libro de artista (50×70 centímetros y 500 páginas) en el que se reproducen con una calidad técnica increíble las más icónicas obras del pintor. El lujoso mamotreto (más una cronología aparte de 680 páginas) ha sido editado conjuntamente por el propio artista y Hans Werner Holz­warth y pesa tanto que en el precio (2.000 euros para una edición “limitada” y firmada de 9.000 ejemplares) se incluye un enorme trípode diseñado por Marc Newson. Los libros de la serie SUMO de Taschen se revalorizan con los años, de modo que hay quienes se plantean adquirirlos como inversión. Claro que, si echan cuentas, y lo único que les interesa es ver la muestra, les sale mucho más barato un viaje de una semana a Londres que incluya, además de vuelos y hotel, entradas para la Tate, comida en los chinos o indios de Bayswater, algunas compras en Uniqlo para la familia y pintas de cerveza suficientes para ponerse ciego a diario, además del soborno a alguien de la cola para que le dejen pasar antes.

3. Sáenz

Como se sabe, la infancia es la verdadera patria de cada cual. Es ahí donde todo está ya, más o menos dibujado. Miguel Sáenz, el académico y coautor en español de tantos grandes de la literatura en alemán, lo sabe: Territorio (Funambulista) es un hermoso relato de identidad, educación sentimental y sentido del lugar (Marruecos, el protectorado de Ifni) que recoge impresiones —sin especial prurito cronológico—, vivencias, sensaciones (el amor, la amistad, el otro-indígena, el sexo anhelado) que, juntas, forman un retrato de un singular (artista) adolescente y de la gente que le rodea (incluyendo, enorme, la figura del padre). Leyendo esta hermosa historia con finales alternativos, no he podido evitar recordar otras memorias en las que el adulto mira hacia el niño que fue y aún lleva dentro: Las palabras, de Sartre; Edad de hombre, de Michel Leiris, o, por citar un libro (muy distinto) que pude leer gracias a Sáenz, El origen, de Thomas Bernhard. Territorio es una estupenda (y cercana) cartografía sentimental de alguien que mira hacia atrás para verse mejor ahora.