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tribuna libre

Arte por todas partes

La arquitectura es una de las artes de la ciudad. Tanto como el grafiti, merece ser vista sin que se la enfunde en pintura decorativa

Obra de Basquiat en una exposición en el Guggenheim de Bilbao en 2015.
Obra de Basquiat en una exposición en el Guggenheim de Bilbao en 2015.

En 1985, los vagones del metro de Nueva York eran un espectáculo sorprendente. Entraban a toda velocidad a la estación y yo esperaba el vagón que estuviera cubierto de grafitis. En aquella lejana época se usaba encriptar el nombre del autor o, mejor dicho, convertirlo en el furioso motivo de su obra. “Intervenir” los vagones del metro era ilegal (entonces no se usaba el verbo que escribo, por eso, entre comillas). Las bandas de grafiteros, antes que nada, debían conseguirse las latas de pintura en ferreterías y supermercados donde estuvieran seguros de no ser detenidos por voluminosos guardias de seguridad. Después, de noche o a la madrugada, cortaban o saltaban alambradas para entrar en las playas de estacionamiento de los vagones, generalmente en el Bronx; se deslizaban en las sombras y, en los casos exitosos donde no llegaran los custodios con sus perros, después de pasar una noche entera de trabajo, completaban el diseño del tag.

Por esa misma época, con esa rara asincronía que tiene la historia del arte, Basquiat hacía su entrada triunfal en las galerías de Manhattan y alcanzaba buenos precios. Pero esos vagones de la línea roja, en la que yo viajaba con más frecuencia, tenían la urgente vibración punk de un arte producido en peligro. Eran grafitis rebeldes y electrizados, con mucho negro y ángulos agresivos. Las autoridades de Nueva York combatían a los grafiteros porque los asociaban con una invasión a la propiedad y los veían como parte de una cultura que se tocaba con la insurgencia de jóvenes pobres, una rebeldía siempre proclive a ser considerada criminosa. El nombre del grafitero que ocupaba toda la superficie exterior del vagón era un grito de guerra. Los ángulos duros del tag expresaban admirablemente el potencial agresivo de esos muchachos que no se sentían parte de la sociedad afluente de Manhattan. Aunque los más talentosos o los más afortunados comenzaron a recibir el reconocimiento de las galerías, esos años ochenta están marcados por una marginalidad dura y peligrosa.

Me encantaba el grafiti. Veía allí una especie de brote insurreccional en un lugar como Manhattan que se gentrificaba y convertía en pop al break dance callejero. El mercado es astuto. Pero en 1985 todavía no se conocía del todo la dirección que tomaría el arte arriesgado del grafiti.

El arte urbano se ha vuelto pequeño burgués y amable; en una palabra, kitsch

Hoy puede comprobarse, en la ciudad donde vivo y en otras, que el grafiti se ha convertido en “arte público”. El Gobierno de Buenos Aires asigna paredones para que se los decore; los centros barriales impulsan a los vecinos para que pinten gigantografías en una zona histórica de La Boca y le adosen un mural mediocre al más bello y audaz puente de hierro de la ciudad; los comerciantes, para evitar que los últimos marginales les pinten sus paredes y persianas con grafitis desprolijos que todavía tienen un aire furibundo, contratan artistas que se anticipen y las decoren primero. Y uso la palabra decorar como deliberado juicio estético, porque se mantiene muy poco de aquella fuerza descontrolada, dadaísta, de los años ochenta.

Para decirlo rápidamente: lo que hoy se llama arte urbano está más cerca de las ilustraciones de cuentos fantásticos y de la literatura dibujada que se encuentra en las revistas. En Buenos Aires predominan los bergantines y platos voladores, los honguitos, las muchachas con el pelo al viento, abierto en abanico como en una publicidad de shampoo. El arte urbano se ha vuelto pequeño burgués y amable; en una palabra, kitsch. Estos son los artistas que pueden pagar los comerciantes de muchos barrios de la ciudad. El Gobierno está en condiciones de elegir mejor y, en los paredones ad hoc, los motivos son menos triviales y el oficio más denso. Hace pocos años se realizó una extraordinaria exposición en el Palais de Glace de Buenos Aires, y muchos de los que allí mostraban su obra eran notables.

Pero es difícil que existan centenares de artistas que realmente merezcan quedar en los muros. Esto no sucede con ningún arte. Por otra parte, aunque existieran esos centenares de artistas, la abundancia de paredes, cerramientos, bajo puentes “intervenidos” es una pesadilla visual, aunque la hubieran pintado una alianza de Miró, Magritte, Hopper y Hockney. Conviene recordar que los muros son una parte fundamental de la estética urbana. A ningún Medici se le ocurrió que Rafael le cubriera con frescos las paredes exteriores de toda Florencia; a ningún Papa se le ocurrió que se “interviniera” el pórtico de San Pedro.

La arquitectura es una de las artes de la ciudad. Tanto como el grafiti, merece ser vista sin que se la enfunde en pintura decorativa. Y esto vale no simplemente para la “gran arquitectura”, sino para el conjunto que hacen los edificios con sus colores originales o los que les fue dando el tiempo. Tengo un problema: ¿lo que se pinta en la ciudad queda allí para siempre? ¿El grafiti es como el cuadro en la galería pero colgado del otro lado del muro? ¿Está naciendo en alguna parte el conservacionismo grafitero?