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CRÓNICA

Don Juan Carlos vuelve al ‘Guernica’

La apertura de la exposición en el Reina Sofía convoca a los Reyes eméritos, que contribuyeron al regreso del famoso mural

Los reyes Juan Carlos y Sofía posan ante el 'Guernica' de Picasso en la exposición por su 80 aniversario.

Los Reyes eméritos han pasado de la reserva a la titularidad. Y han recuperado todas las atribuciones simbólicas e institucionales en la inauguración de la muestra que extrapola el viaje de Picasso "del terror a la piedad" en la génesis y apocalipsis del Guernica 80 años después de su concepción en la orilla izquierda del Sena.

Podrían haber comparecido Felipe VI y doña Letizia en el contexto de un acontecimiento cultural que reúne casi tantas obras -180- como museos punteros -MoMa, Tate, Pompidou, Museo Picasso de París-, pero tenía más sentido que lo hicieran sus antecesores en la Corona. Y no solo porque la reina Sofía pone su nombre y su reputación cultural al Reina Sofía mismo, sino porque su marido, el Rey Juan Carlos, desempeñó un papel tan silencioso como decisivo en el traslado del Guernica de Nueva York a Madrid en 1981. Han vuelto a reencontrarse el cuadro y el Monarca esta mañana en la sala abovedada que aloja. Y ha debido Juan Carlos I evocar el ímpetu con que el Gobierno de Suárez movilizó todos sus recursos para que se cumpliera la última disposición testamentaria de Picasso: el cuadro que custodiaba el MoMa debía regresar a España una vez recuperada la normalidad democrática.

"No nos engañemos, el Guernica no era solo una obra de arte", confesaba esta mañana un exministro plenipotenciario. "Se trataba de una cuestión de Estado. Y es evidente que nuestro Rey colaboró con sus medios y facultades para lograr el traslado".

Los medios y las facultades del rey no son en 2017 los mismos que hace 36 años. Camina más encorvado. Necesita sujetarse en un bastón que parece el placebo de una tizona. Y se mueve titubeante, pero tiene buen color, y el acto inaugural del Reina Sofía a la vera de la reina Sofía evocaba otros tiempos. Y convocaba una edad de la política, de la cultura y de las finanzas que explica la presencia senatorial de Javier Solana, la distancia prudente de Paloma O'Shea y el ejercicio de equilibrismo con que el ministro de Educación y Cultura, Íñigo Méndez de Vigo, miraba con un ojo al Guernica y con otro el viaje iniciático de sus majestades.

Iniciático quiere decir que la exposición sobre el Guernica es un pasaje hacia la memoria y hacia el terror. Una galería de mujeres desfiguradas y de hombres descoyuntados. Un camposanto de calaveras. Un ejercicio de sugestión y de congestión estéticas que parecía contradecir la frivolidad y el prosaísmo de algunos hábitos sociales más justificables en las kermeses de alfombra roja que en el cementerio de óleo y sangre de Picasso. Porque hubo invitados que subordinaron el dolor y la claustrofobia del Guernica al escenario decorativo de un selfie. Y los hubo que deslucieron el espacio sagrado de la exposición en el esfuerzo y el ahínco de medrar a codazos entre los cortesanos, corrompiéndose incluso el duelo implícito de una exposición que percute y angustia, lejos de toda compasión estética.

Fue Manuel Borja-Villel, director del museo, el encargado de ejercer de anfitrión y de cicerone en el acto inaugural. Reaparecían juntos Juan Carlos I y la reina Sofía en una suerte de flashback institucional. Y se fotografiaban los dos delante del cuadro de los cuadros como ya hicieron hace un cuarto de siglo, cuando el Guernica fue trasladado desde el Casón del Buen Retiro hasta su destino "definitivo".

El único movimiento que le espera consiste en una retirada cautelar, al taller, como diría el Rey Juan Carlos. Y no para restaurarlo -la precaria salud de la obra no admite el menor exceso- sino para despojarlo del barniz con que fue tratado en el viaje trasatlántico en el año 1981.

No es una exposición fácil la de 2017 (permanece abierta hasta el 4 de septiembre). Ni por el "pórtico" en que se evocan las escenas del bombardeo de Guernica ni por el itinerario que identifica a Picasso caminando desde las más trágicas de las premoniciones -finales de los años 20- hasta las más explícitas de las desdichas. Ni siquiera el arte está cómodo en su misión ni obligación catártica. Por eso bien podría haberse observado un minuto de silencio.

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