Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra
EL CORREO DEL ZAR

Alejandro y Escipión echan un pulso

Valerio Manfredi y Santiago Posteguillo confrontaron sus personajes en el festival literario Mot

Santiago Posteguillo, con casco y perfil romano cuando fue proclamado ganador del premio Barcino de novela histórica.
Santiago Posteguillo, con casco y perfil romano cuando fue proclamado ganador del premio Barcino de novela histórica.

Era una ocasión histórica, aunque llovía. Se enfrentaban cara a cara Alejandro Magno y Escipión el Africano para dirimir cuál de los dos fue mejor general y caudillo. Falange frente a legiones, sarisa contra pilum y gladio. Lo hacían, reunirse, por persona interpuesta, claro, pues los dos están criando malvas desde hace más de dos mil años y de hecho entre ellos hay un siglo de diferencia (Alejandro murió en 323 antes de Cristo y Publio Cornelio Escipión nació en el 236 a. C.). Pero tanto Valerio Manfredi (Alejandro) como Santiago Posteguillo (Escipión) daban muy bien el tipo: Manfredi rebosante de poesía, romanticismo y pathos –esa pasión desenfrenada y contagiosa que comparten el Magno y Valerio Massimo-, Posteguillo lleno de ingenio, perspicacia y sentido común. Incluso físicamente ambos parecieron imitar a sus personajes: el italiano de Alexandros con su fascinante vehemencia, rica en gestos; el valenciano de Africanus con su sobriedad y contención.

Era en la ciudad de Olot, alejada de la llanura de Zama y no digamos de la de Gaugamela o de los meandros del Hidaspes , pero abundante en volcanes, lo que le imprimía al encuentro entre los dos gigantes (bueno, cuatro: dos de la Historia y dos de la novela histórica) una conveniente atmósfera mítica; por ahí andaría Hefesto dándole a la forja.Manfredi y Posteguillo acudían al festival literario Mot, que reunió en la localidad gerundense a un buen puñado de escritores de primera fila, para hablar de cómo se escribe el pasado, en su caso el de la antigüedad clásica.

Valerio Manfredi y, a la derecha, una estatua..
Valerio Manfredi y, a la derecha, una estatua..

El encuentro era en formato trío, uy, perdón triunvirato, en el que el tercer lado, como en todo triunvirato que se precie, estaba ocupado por un personaje insignificante y flojo, en este caso yo mismo, que carezco de legiones o falange algunas y comparto con Craso y Lépido ser absolutamente prescindible (aunque no el ser rico). Manfredi abrió el fuego recalcando una diferencia fundamental entre Alejandro y Escipíón: el primero era un rey absoluto, el segundo un funcionario del Estado de Roma, un ciudadano. Alejandro no estaba sujeto a nada ni nadie y vivió sus sueños, incluso los más desmesurados, haciéndolos realidad -hasta pudo dejarse el flequillo partido (anastole) sin que nadie se riera-. Para Posteguillo, eso es precisamente lo que hace grande a Escipión, y uno de los nuestros: estar sujeto al imperio de la ley y de la razón: el Senado no iba a dejar que te fueras de guerra con tus amiguitos, pillaras unas castañas de aquí te espero, alancearas a un lugarteniente (Clito) por citar con mala leche a Eurípides o te encerraras en la tienda cabreado con el ejército en plan "¡hala, pues ahí os quedáis y que os den por la crátera!".

Puntualizó el autor de la popular trilogía sobre el romano que de no haber vencido a Aníbal, Escipión no hubiera figurado como uno de los grandes capitanes de la historia, entre los que tanto él como Manfredi incluyeron a Napoleón, aunque se salía de época.

Lo de si falange o legión estaba claro: aunque Alejandro no vivió para enfrentarse a Roma si lo hicieron sus sucesores macedonios, con mala fortuna: Perseo fue derrotado por Emilio Paulo en Pidna (168 a. C.), batalla que marca la supremacía de la legión sobre la falange.

Lo mejor del encuentro Manfredi/ Posteguillo sin embargo no fue militar (poliorcético, dirían ellos).. Posteguillo reivindicó el género de la novela histórica como magnífica forma de llevar la gente a la Historia. Manfredi disintió: es válido por sí mismo como expresión literaria y su finalidad ha de ser maravillar, sorprender y conmover al lector, no formarlo. Africanus vs. Alexandros, sin duda. Tácito y Homero. Posteguillo y Manfredi, unas buenas Vidas paralelas.