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LIED

El largo camino

El Schumann de Peter está verde: le falta continuidad en el fraseo y, sobre todo, vuelo y aliento poéticos

El tenor Mauro Peter (derecha) y el pianista Helmut Deutsch, ayer, en el recital en el Teatro de La Zarzuela.
El tenor Mauro Peter (derecha) y el pianista Helmut Deutsch, ayer, en el recital en el Teatro de La Zarzuela.

Lieder de Schumann, Liszt y Richard Strauss. Mauro Peter (tenor) y Helmut Deutsch (piano).
Teatro de la Zarzuela, 3 de abril.

En la música hay caminos fáciles y difíciles. Dedicarse al lied se encuentra, sin duda, entre los segundos, por la exigencia del repertorio, por las demandas intrínsecas a un recital en solitario y por las expectativas de un público cultivado y, por regla general, buen conocedor del género, como lo es sin duda el del veterano Ciclo de Lied del Teatro de la Zarzuela. Mauro Peter, aun sin renunciar a la ópera y a interpretar obras con orquesta, parece decidido a hacerse un nombre entre el selecto grupo de grandes liederistas actuales, y ya ha visitado algunos de los templos que suelen acogerlos. A Madrid ha venido con uno de sus primeros profesores, Helmut Deutsch, asiduo de este ciclo desde hace 20 años y acompañante habitual de muchos cantantes de renombre: él iba a ser el pianista, sin ir más lejos, del recital cancelado por dos veces el año pasado en el Teatro Real por Jonas Kaufmann, con quien ha grabado Winterreise y un recital de Lieder de Richard Strauss. Y siendo tan joven como lo es ahora Mauro Peter llegó a acompañar nada menos que a Hans Hotter.

El tenor suizo ha hecho una apuesta de riesgo, planteando un programa más idóneo para las características vocales de Kaufmann que para las suyas, con el agravante de que varias de las canciones elegidas (como los cuatro Lieder que Schumann desechó del plan original de Dichterliebe) acababa de cantarlas en febrero en este mismo escenario Christian Gerhaher. Y quien conservara memoria auditiva de aquel recital hubo de poder constatar ayer, lunes, sin gran esfuerzo que el Schumann de Peter está todavía muy verde: le falta continuidad en el fraseo, énfasis en la importancia de palabras o versos concretos y, sobre todo, vuelo y aliento poéticos. A algunos finales de frases largas llega con poco resuello y música y poesía no fluyen con la naturalidad y la continuidad que debieran. Cuando se impone un tono narrativo, como sucede en Belsatzar, Peter tampoco sabe contar la historia con la naturalidad y cercanía que sí logra imprimirle magistralmente Gerhaher. En las notas graves, la voz pierde cuerpo, color y expresividad (como al final de Muttertraum) y la tensión creciente que demanda una canción como Der Soldat o el tono “salvaje” que reclama explícitamente la partitura en la última estrofa de Der Spielmann no tuvieron una traducción en consonancia.

Hay que dejar constancia de que su antiguo maestro hizo poco por ayudarlo desde el piano, que sonó mucho más funcionarial que inspirado y con muy escasa implicación emocional. Que el acorde final de Der Spielmann viera acortada gran parte de su duración prescrita fue un simbólico indicador de que Deutsch estaba tocando como quien resuelve con oficio un trámite que hay que superar. A Gerold Huber, en cambio, el alter ego de Gerhaher, parece siempre irle la vida en cada nota, en cada acorde.

Las cosas mejoraron levemente en Richard Strauss, en parte por las menores exigencias de los mucho más convencionales textos de Felix Dahn (casi cualquier poeta palidece al lado de Heinrich Heine) y en parte por una escritura vocal en la que Peter se sentía más cómodo: los agudos, por ejemplo, que habían sonado tensos en medio de la concentrada intensidad de Schumann se tornaron mucho menos tirantes y más naturales en el entorno más leve de las canciones de Strauss. Persistieron, claro, los problemas en las notas graves (al final de Kornblumen o en el Do de “auf Erden gefangen”, mediada Wasserrose) y en algunos agudos (último verso de Mohnblumen), y Deutsch no fue tampoco un prodigio de delicadeza en los frecuentes pianissimi que demanda Strauss en Wassserrose (el compositor llega a escribir ppp en su tramo final), pero el conjunto fue estilística y poéticamente más redondo que en Schumann.

El joven tenor suizo reservó para el final los Tres Sonetos de Petrarca, de Franz Liszt, en su primera, y más virtuosística, redacción. En esta música, armónicamente alemana y vocalmente italianizante, la progresión buscada por Liszt es evidente: en el primero, Petrarca bendice la hora en que vio a su amada Laura por primera vez (Benedetto sia ‘l giorno, e ‘l mese, et l’anno); en el segundo, el amor desata en el poeta sentimientos antagónicos (Pace non trovo, et non ò da far guerra); el tercero nos presenta a Laura como un ángel capaz de obrar prodigios sobrenaturales (I’ vidi in terra angelici costumi). Peter dio lo mejor de sí en el sereno, apacible y casi etéreo tercer soneto, que cantó muy bien, aunque siempre algo carente de calidez e intimidad. Vocalmente, por ejemplo, fue impecable su “tanta dolcezza” del último verso, pero, paradójicamente, en la expresión vocal estuvo ausente ese dechado de dulzura. Los agudos surgieron aquí con mucha mayor facilidad (incluido un arriesgado Do bemol) y Deutsch tocó con más aplomo y esmero que en la primera parte.

Fuera de programa, y de forma rauda y un tanto generosa, Mauro Peter ofreció tres canciones: Go not, happy day, una rareza de Franz Liszt a partir de un poema en inglés de Alfred Tennyson; Nichts, de Richard Strauss, que figuraba en el programa que tenía previsto cantar Jonas Kaufmann en el Teatro Real, y cuyo tono heroico casa mal con el tono primordialmente lírico de la voz de Peter; y Es muss ein Wunderbares sein, de nuevo de Liszt.

El moderado éxito del recital creció un par de enteros gracias a los tres regalos, pero confirmaron las dudas que había dejado el programa principal. Peter es un cantante de buenos medios, que apunta excelentes maneras (aunque de modo irregular) y una carrera prometedora, pero aún demasiado joven a sus 30 años para sumergirse en las honduras y vericuetos de Schumann, Liszt y Strauss. Haría mejor en seguir madurando de la mano de Mozart y Schubert (ahora mismo es el cantante ideal para Die schöne Müllerin o los papeles de tenor del salzburgués), porque le aguarda −ojalá− un largo camino para llegar a la meta que parece perseguir. Salió al escenario al comienzo del recital con un aire resuelto, sonriente y confiado en sus capacidades. Lo abandonó contento y agradecido de la cálida acogida que le dispensó el público, pero al final su actuación dejó un sabor agridulce: el estudio y lo acertado de sus decisiones con respecto al repertorio que afronte en este crucial estadio inicial de su carrera decantarán la balanza hacia uno u otro adjetivo.