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Un chiste tonto del 73

Las bromas sobre Carrero Blanco ya comenzaron a contarse a los pocos días de la voladura del coche

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Socavón que dejó el atentado contra el almirante Luis Carrero Blanco, en la calle Claudio Coello de Madrid, el 20 de diciembre de 1973.

La Audiencia Nacional que dictó sentencia contra Cassandra Vera ha puesto una pica en Twitter: esta semana, Internet se ha plagado de chistes sobre Carrero Blanco. Enhorabuena. ¡Sobre Carrero Blanco! Yo creo recordar que chistes sobre Carrero comenzaron a contarse a los pocos días de la voladura del coche. Había uno muy tonto muy tonto que se hizo popular entre los niños: “Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol, Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión”. Los tuits no estaban escritos ni en la ciencia ficción de aquel entonces; yo juro que pillé de refilón este chiste tan de época cuando un profe se lo contaba a otro en el patio del colegio. Entonces, en aquel 1973, había una cercanía evidente con los hechos, así que el chiste no podía provenir de eso que tradicionalmente define la comedia, suma de la tragedia más tiempo, sino de que Carrero era para el pueblo llano la personificación de la dictadura, con toda la lejanía y la falta de identificación que eso procuraba a quienes soñaban o luchaban por su fin. Aunque si mal no recuerdo en aquel momento no hacía falta ser muy progre para contarlos, en las reuniones familiares siempre caía alguno.

Carrero era un ser humano, desde luego, como lo son desde el mejor de nuestra especie hasta su peor encarnación, y tenía hijos, buena prueba de ello es Lucía Carrero-Blanco, su nieta, que publicó una carta muy bien traída en este periódico para decir que los chistes sobre su abuelo no le parecían “enaltecimiento del terrorismo” sino del mal gusto, y que consideraba el paso por la justicia de quien los hiciera un disparate. Desde luego, mucho más ha aprendido sobre tolerancia democrática la nieta de un almirante de la dictadura franquista que aquellos que ahora exigen pena de cárcel para quien escribe un tuit.

Mal vamos si dejamos en manos de la justicia lo que debiera ser un debate ciudadano. A los que escribimos en la prensa nos dicen tantas barbaridades a diario que uno podría pasarse la vida acampado en la Villa de París, la de la Audiencia, con una pancarta pidiendo no ya justicia sino consideración, piedad, respeto, una lectura desprejuiciada, exenta de misoginia, desprecio y crueldad. ¿Saben sus señorías lo difícil que es enfrentarse a una inmensa cuarta pared con los colmillos afilados cada semana? No nos ayudan con este numerito de pasar a una anónima contadora de chistes por los tribunales, porque ponen el acento en algo anecdótico que no estimula el debate hacia el lugar que nos preocupa sino que lo anula de raíz: a partir del momento en que una persona de 21 años puede quedar marcada para siempre por una gracieta hay que manifestarse de inmediato a su favor, eso es lo urgente, lo que debemos hacer.

La consecuencia es que la sentencia nos aparta de los asuntos que debiéramos estar debatiendo en estos años locos: cómo está interviniendo en la libertad de expresión el salvajismo en la red y cómo nos hemos rendido a que los algoritmos cibernéticos decidan sobre qué información nos llega y cuál no. El debate, señorías, está en otro sitio: solo recibimos información masticada, sesgada, la de nuestro equipo, partido o círculo de amigos. No estamos expuestos a lo que nos incomoda, de tal forma que cuando algo nos ofende reaccionamos desproporcionadamente exigiendo que quien nos “agredió” cierre el pico para siempre.

No hay libertad posible porque nos han dado el caramelo de la opinión inmediata, leemos torciendo el morro, en una pantalla diminuta y pasando el cursor a toda leche, sin llegar hasta el final de una pieza periodística, decididos desde la primera frase a entrar en cualquier red para expresar una opinión a favor o en contra, marcados por la furia, el entusiasmo o el desprecio, dispuestos a unirnos a una paliza verbal colectiva sin pensar en que quien lo recibe está al otro lado, siente y padece. ¿Dónde queda en todo esto, dónde queda, Carrero Blanco? Es tan ridículo en los tiempos de la posverdad, de la exageración iluminada y sectaria, del partidismo fervoroso, de la crueldad colectiva, que penalicen ustedes un puñetero chiste; es estúpido para muchos de los que tratamos de estirar los límites de la libertad de expresión a diario que una sentencia nos obligue a centrarnos en el hecho de que una chica puede acabar estigmatizada judicialmente por 13 tuits sobre algo que ocurrió hace más de cuarenta años. Aunque desde luego nos define como país: no somos capaces de concentrarnos en lo esencial.

El debate de nuestros tiempos habría de centrarse en qué tipo de personas saldrán de este universo de comunicación irreflexiva y abrumadoramente reactiva, ¿serán capaces los que se exponen públicamente de sobreponerse al miedo a ser vejados o malinterpretados? ¿Cómo podremos defendernos de la información mentirosa, de los bulos masivos? Es tan preocupante lo que nos pasa que la irrupción abusiva de la justicia solo conduce a enmarañar aún más el presente.

Y otro día hablamos del humor juvenil inspirado en ETA. Da para un ensayo.

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