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Contra los insoportables charlatanes de los conciertos

Se creen con todo el derecho del mundo a incordiar, sin respetar al público ni a los músicos

Concierto en la sala Rock-Ola.
Concierto en la sala Rock-Ola.

Son como una plaga. Están en casi todos los conciertos, se extienden desde todos los lugares posibles de una sala hasta imponerse como si fueran ellos los artistas y pueden llegar a contagiar a otros, sin posibilidad de que desaparezcan. Son los insoportables charlatanes de los conciertos.

Siempre te encuentras con ellos, pero hay veces que raya lo vergonzoso. La última vez que topé con un grupo especialmente molesto fue en la actuación de Teenage Fanclub en Madrid. Tres tipos decididos a reírse a carcajadas y comentar sus batallitas, como si estuvieran en una acampada, mientras a unos pocos metros la banda escocesa ofrecía un concierto sublime, que durante mucho tiempo era imposible apreciar en su justa medida, e incluso en ninguna por mínima que fuera, porque a los cretinos que tenía a mi lado se les oía más que a los vocalistas o los guitarristas. A los charlatanes les daba igual. A ellos les importaba un pimiento cualquier canción, los Teenage Fanclub y el resto del personal que había pagado su entrada para ver y escuchar (dicho este último verbo con énfasis) al grupo en la sala La Riviera de Madrid.

Es un mal endémico este tipo de inaguantable parlero que normalmente se hace fuerte en la barra de la sala. No va por la música, va a socializar, pero ya podía meterse en un club de parchís antes que en un concierto. Además, las copas le saldrían más baratas. Pero también eso le da igual. Se cree con todo el derecho del mundo a incordiar, como ese incívico que no tiene problema en tirar papeles o cualquier porquería al suelo porque la calle también es suya. Ya vendrá el basurero a recogerlo, dice, como ya tocará más alto el grupo la siguiente canción, piensa el otro. Como me arguyó uno al llamarle la atención educadamente en una actuación: “Yo también he pagado la entrada”. Y siguió a lo suyo. En otra ocasión otra chica decidió moverse –no siempre es posible si la sala está llena- con su amiga, pero eso no solucionó nada: simplemente, la maleducada se fue a molestar a otros.

Allá por enero del año pasado, cuando en EL PAÍS pusimos en marcha Los Matinales, la iniciativa de conciertos en teatros y en horario del mediodía, me aseguró Iván Ferreiro que prefería tocar por el día antes que por la noche. Y esgrimía como una de sus principales razones que de esta forma había muchas menos probabilidades de toparse con los insoportables charlatanes. De hecho, me contó que alguna vez tuvo que llamar la atención desde el escenario a algunos de los más ruidosos y pusilánimes.

No ha sido el único músico. Quique González llegó a parar una actuación para pedir a uno que se fuera de la sala, más cuando el tipo exigía a gritos y cuando le venía en gana que tocase una canción determinada que a él se le había metido en su mollera de serrín. En el extranjero, uno de los momentos más llamativos lo protagonizó Jeff Tweedy, líder de Wilco, cuando preguntó a los insoportables qué narices hacían en el concierto y pidió al resto que todos juntos les mandasen callar. "De verdad que me siento querido por vosotros, pero no a los que estáis en las primeras filas, sino a los del fondo os hago una pregunta: ¿sabéis por qué no me oís? ¡Porque no paráis de hablar!", dijo alterado.

No se concibe a los charlatanes en una sala de cine ni tampoco en las del teatro o musicales. Cierto que un concierto es una experiencia distinta, con otros códigos y donde se puede comentar o hablar bajo la premisa del sentido común y el respeto por el de al lado, pero no por ello debería tolerarse el desprecio de unos pocos hacia los demás, incluidos los músicos.

Decía Billie Holiday que sabía distinguir a los imbéciles entre el público cuando cantaba Strange Fruit, esa durísima denuncia contra de los linchamientos a los negros en la Norteamérica de los años treinta, porque eran aquéllos que aplaudían al terminar de cantarla. Hoy en día a muchos se les distingue cuando hablan a gritos mientras suena una canción en el escenario, o esta acaba y siguen en su vicio charlatán. No se enteran de nada. Unos y otros no tienen ni idea en qué consiste la música. Que se vayan a su casa, o a jugar al parchís, pero que se vayan y no molesten.