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Juan Carlos Ortega: “Soy un inadaptado”

Barcelonés de 48 años, el humorista colabora con Gemma Nierga, Javier Sardá, Pepa Fernández y Andreu Buenafuente

Juan Carlos Ortega, en el estudio en el que trabaja, en Barcelona.
Juan Carlos Ortega, en el estudio en el que trabaja, en Barcelona.

Ortega es un raro. Hasta su voz de locutor formal resulta algo incongruente con un aspecto juvenil. Ortega sabe que es raro y lo explota elaborando un humor que no se parece al de nadie. Con un oído prodigioso para el habla y sus lugares comunes elabora unas historietas que mezclan lo cotidiano con lo extraordinario provocando un efecto hilarante. Su humor es heredero del de aquellos cómicos que convocaban alrededor de la radio a toda la familia. Ortega, el de Las noches de Ortega. La ironía orteguiana, tan fácil de disfrutar como sofisticada en su elaboración, es una gema en el país del exabrupto.

-Yo quería ser un locutor. Vamos, quería ser Luis del Olmo. Mi madre lo escuchaba mientras cosía y toda mi vida he crecido con esa voz.

-En el colegio me sentí muy tonto, pero ¡es que lo era de verdad! Muchas veces, tras esa frase de “yo era muy tonto” se esconde una vanidad que se traduce en “lo que me pasaba a mí es que era muy inteligente y vivía en mi mundo”. Pues no. Yo no estaba en un universo más elevado, es que, por lo que fuera, no me enteraba de nada. Lo cual no implica que ahora te pueda hablar bien de mí y de mi inteligencia, pero de niño, ay, no me salían las cosas. Los profesores pensaban lo mismo, y el Padre Paíno les decía a mis padres, este chico no hará nunca nada importante. Me da rabia esa gente que cuando hace algo relevante en su trabajo anda ajustando cuentas con el pasado y siempre porque los profes eran muy burros.

-Pero reconozco que sentía como una tristeza, una melancolía, porque mi falta de talentos era general. No se me daba bien nada. Ni hacer un puzzle podía. Si jugaba al fútbol y de pronto me iba, mis compañeros ni reparaban en mi ausencia. No entendía las matemáticas, que luego me han entusiasmado. Yo creo que mi cerebro evolucionó muy lentamente.

-A partir de los 16 años me empezó a interesar el mundo de la cultura a través de la ciencia, de la serie Cosmos. Y eso me llevó a los libros, de Asimov a Shakespeare. Empecé a destacar en FP, porque yo no me saqué el graduado escolar.

-Con 18 años entré a trabajar en RNE con Sardá y el mítico señor Casamajor. Con el primer sueldo me compré un magnetofón Kashtan, una mesa de mezclas y un micrófono. Y empecé a hacer en casa de Luis del Olmo. Pero ocurrió que en cuanto me puse a imitar a los locutores a los que había admirado toda mi vida tuve que parodiarlos. Hacerlo en serio no me salía. Durante mucho tiempo mi único público eran mis padres y mis tíos, que se partían de risa. Pero el humor nunca fue mi vocación, porque yo soy humorista, sí, pero entre otras muchas cosas.

-Fíjate, las voces de mujeres que hago las saqué una noche grabando el “Hablar por hablar”. Yo no quería quedar como un hombre haciendo falsete, así que lo pergeñé de la siguiente manera: desaceleré la voz de la señora, y así más lenta yo ya podía imitarla, y después de eso aceleraba mi voz. O sea, era una mezcla de técnica e interpretación. Hay humoristas que confían en sus brotes de talento y descuidan el esqueleto, la parte científica. A mí me gusta combinar lo artístico con lo artesano.

-Hoy en día hay en el humor un exceso de improvisación. Pero hay que tener respeto al público. En principio, yo no creo que todo lo que se me ocurra merezca ser oído, por eso trabajo algo elaboradito.

-Hay mucho humor que se disfraza de transgresión, esa palabra tan manida, y en el fondo es una mierda. Yo me pregunto, ¿el humor siempre ha de servir para criticar al poder? Pues mira, no solo. Una vez fui a una tertulia sobre el asunto y todo el mundo decía que el humor sirve para vencer los miedos a la muerte o como denuncia, esas cosas, pero nadie dijo que sirve para que la gente se ría. Lo apunté yo y sentí que tenía que pedir perdón. Porque sí, hay que hablar del puro placer de reírse. Pero parece que la risa por si sola es como poca cosa.

-Mis maestros son Gila, Faemino y Cansado, Mihura, Jardiel…. Yo es que soy un antiguo. Perdón, no, es que ellos eran muy modernos.

-Me he llevado algunos palos por cuestionar la crueldad de algunos de mis colegas. Hay gente que me agredió brutalmente. Desde entonces, decidí no mirar comentarios en la red, ya no tengo ese impulso. No me da la gana, porque soy muy inmaduro y la gente me puede joder. Así que ignorarlo me hace más libre.

-Haber sido lento está muy bien, porque cuando empiezas a entender las cosas te quedas estupefacto. Esos años míos de torpeza me inspiraron un humor distinto. Y me ha ido bien haber sido tan raro, porque conseguí diseñarme este oficio a la medida de mis manías. Todo lo que hago sucede casi siempre en mi cuarto.

-Hago unos once sketches a la semana. Le tengo mucho cariño, por ejemplo, al de una señora a la que se le aparece la Virgen y está la pobre un poco cansada de tanta visita. Me gusta mezclar cosas cotidianas con fenómenos extraños. Ahora estoy haciendo uno de una mujer que cuenta que ha estado poseída por el demonio, la han exorcizado, y se trasluce que echa un poco de menos a satán, porque había ahí algo entre los dos, como un enamoramiento.

-Echo de menos que el humor se atreva con la nueva corrección política, porque la gente que se declara políticamente incorrecta, se refieren a cosas de hace 40 años. Pero la incorrección política ahora está en otro sitio: te metes con los grafitis y, bum, te machacan. O con el nacionalismo, por ejemplo. Y yo reacciono contra la unanimidad: cuando escucho a Artur Mas quiero ser español, cuando veo una unanimidad de izquierdas quiero ser un poco conservador, o sea, soy un inadaptado. Hay mucho humor adaptado y curiosamente de los que dicen ser transgresores. Una vez me pusieron a parir porque no me hacían gracia los chistes de Froilán cuando se pegó un tiro en un pie. Me llamaron facha, censor. Lo siento, pero para mí era un niño.

-No me gustan las tertulias de chistosos. Yo hago lo mío y punto: mi parcelica.

-No tengo creencias, pero si tuviera que definir mi estado de nirvana, sería el que encuentro en esas horas en las que estoy solo en mi habitación, con el micrófono, mi espumita en la pared protegiéndome, y todos los rituales, el café con hielo, ese momento en que estoy jugando con las voces ante el ordenador, sí, eso es para mí la felicidad. Jugando con las voces siento que al fin me sale el puzzle que de niño no supe hacer.