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Juan José Padilla: la sorprendente y perfecta gestión de una desgracia

Ser figura (José M. Manzanares) es un don que debe ser respetado aun en plaza de tercera

Padilla, a hombros por la Puerta del Príncipe en la Feria de Abril de 2016

El caso del torero Juan José Padilla (Jerez de la Frontera, 1973) es sumamente sorprendente. Sobrepasa los límites del toreo y entra en los terrenos de la fortaleza especial de algunos elegidos que la combinan con una innata capacidad para la comunicación y erigirse en un referente social.

El caso de Padilla es la perfecta y sorprendente gestión de una desgracia; de aquella que, fatídicamente, le sorprendió en octubre de 2011, con motivo de la feria del Pilar, cuando un toro de Ana Romero le arrancó el ojo izquierdo.

Fue una de esas cogidas que retiran a un torero, y no solo por la pérdida del ojo, sino por las numerosas intervenciones a las que ha debido someterse por los muchos destrozos que sufrió en la cara.

Pero, milagrosamente, en contra de toda lógica, Padilla ‘resucitó’ de sus propias cenizas, luchó titánicamente contra la adversidad, soportó con admirable estoicismo las inclemencias de una dolorosa rehabilitación, y reapareció en marzo del año siguiente en Olivenza como si nada.

El caso de Padilla sobrepasa los límites del toreo y entra en los terrenos de la fortaleza especial de algunos elegidos

Y eso no fue todo.

Cuando un toro le cambió la vida en Zaragoza, Padilla era ya un diestro veterano (tomó la alternativa el 18 de junio de 1994), valiente, bullidor, de toscas y aceleradas maneras, fijo en las corridas duras, respetado como profesional, pero no admirado como figura, un diestro de público ferial, y no de aficionados. Un torero más, con una desgracia a cuestas, que había iniciado su declive hacia una futura y próxima retirada. Y el pitón del toro, más que un cornadón parecía la puntilla definitiva a una decorosa carrera.

Pues, no. Padilla rompió los esquemas establecidos para cualquier humano, y se presentó ante el mundo como un supermán, con una entereza fuera de lo común, con una férrea voluntad de superación, con una fuerza y coraje muy por encima de los límites habituales.

Pero también es verdad que esa actitud es propia de los toreros, seres hechos de otra pasta, se dice y con razón. Todos ellos, con muy raras excepciones, se sobreponen con milagrosa rapidez y ánimo a las adversidades de la profesión. Y Padilla no fue una excepción.

El torero se hizo un hueco en los carteles de postín y compañero de las figuras

Y hubo más. Padilla triunfó en su reaparición -no ya en la corrida de Olivenza, sino toda la temporada-, se abrió un hueco propio en las corridas de postín, se hizo compañero habitual de las figuras, dijo adiós a las ganaderías duras y probó la miel de las comerciales; y lo más extraordinario: se le reconoció como uno de los grandes.

¿Qué había ocurrido? ¿Dónde estaba el misterio de esa transformación inesperada y tan sorprendente como imposible para la mayoría de los mortales?

A Padilla lo adorna una cualidad de la que solo goza una minoría cualificada: comunica muy bien, posee un mensaje coherente y cercano, que llega al público con facilidad; demuestra, asimismo, que cuenta con una fecunda vida interior, no tiene problema alguno en confesarse creyente y mostrar su confianza en Dios, y expresa con sencillez y contundencia serias y profundas reflexiones sobre el ser humano.

Padilla no solo es un héroe, que ya es importante; lo más grande es que ha conseguido que la sociedad en general lo reconozca como tal.

Padilla no solo es un héroe; ha conseguido que la sociedad lo reconozca como tal

Más allá de sus condiciones toreras, Padilla es un referente del esfuerzo, el sacrificio, la vocación, la fortaleza…

Sigue siendo el mismo torero tosco y bullidor de siempre, pero se le escudriña con la sana envidia de quien aspira a unos valores que parecen inalcanzables.

“Me miro al espejo con orgullo”, “El sufrimiento es parte de la gloria”, “Lo bonito del triunfo es la ilusión por alcanzarlo” son frases suyas que nada tienen que ver, necesariamente, con su profesión de torero.

Su caso es un ejemplo de una perfecta gestión de la desgracia. La gravísima cornada de Zaragoza no solo no lo ha retirado, sino que lo ha aupado a los primeros puestos del escalafón y a la cima del reconocimiento social. Decididamente, Padilla está hecho de otra pasta, como todos sus compañeros, y goza, además, de unas cualidades impropias de la mayoría de los seres humanos. Esa es también su gran fortaleza.

José María Manzanares, en Illescas

Ser figura del toreo es un don, que va mucho más allá de ser un torero admirado, ganar dinero, recoger premios y hacerse selfies en las inmediaciones de la plaza. Ser figura del toreo es un compromiso con la profesión y con la tauromaquia, y obliga a una buena dosis de seriedad, rigor y exigencia. Una figura es un referente social, un ejemplo en el ruedo y en la calle. Una figura se debe comportar siempre con exquisito respeto a su profesión.

La fiesta de los toros necesita de gente seria aun en plaza de tercera

El pasado sábado, en la localidad toledana de Illescas, José María Manzanares se empeñó en que se indultara al sexto de la tarde, un toro nobilísimo, de almibarada condición, que hizo una nula pelea en varas, y no merecía en modo alguno el perdón presidencial.

Así lo entendió el usía; incluso, hizo un gesto al torero para que montara la espada. Pero Manzanares, en un acto de maleducada rebeldía, soltó los trastos, se sentó en el estribo de la barrera y se dispuso a esperar que sonaran los tres avisos. Lógicamente, indispuso al público contra el palco, que se vio obligado a mostrar el pañuelo naranja.

Esa no es una actitud de figura de toreo. Así no se respeta ni se hace respetar la tauromaquia. Presionar y ridiculizar al presidente no es propio de un torero de verdad. La fiesta de los toros necesita de gente más seria, más ecuánime, más torera… aun en plaza de tercera.