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Rastros de vidas

No tengo vocación ninguna de coleccionista, pero me emociono viendo algunos libros, tocándolos

Visitantes en la Feria del Libro del Anticuario de Nueva York en 2013. 
Visitantes en la Feria del Libro del Anticuario de Nueva York en 2013.  Getty

Es instructivo leer vidas de escritores y luego darse una vuelta por una feria de libros antiguos, ediciones raras, manuscritos, cartas. Cada año, en marzo, en un cuartel gigante de la época de la guerra civil americana, el Armory de la calle 67 y Park Avenue, hay en Nueva York una feria que reúne a libreros y a coleccionistas de medio mundo. En medio de la excitación y la exaltación continua, indiscriminada y ya tediosa de todo lo digital, una feria dedicada a los libros impresos y tangibles, a los manuscritos, a las huellas materiales del trabajo y la presencia de quienes se han dedicado al oficio de la literatura, sin duda es un hecho alentador, y desde luego inusual. El maleficio del aturdimiento y la amnesia parece inseparable de un mundo en el que todo gira en torno a pantallas de plástico muy pulido en las que ningún roce deja huella, y en las que lo aparecido en un momento borra con urgencia y sin ningún esfuerzo lo que apareció unos segundos antes.

No soy un oscurantista: esto mismo lo estoy escribiendo en un portátil, y cuando lo haya terminado y corregido lo mandaré en un instante al periódico. La lejanía de las personas que quiero la alivio con una conexión a Skype. Una gran parte de la documentación que uso para mi trabajo la encuentro en Internet. Pero también viajo en avión y eso no me impide disfrutar del tren cuando la distancia lo permite; en las ciudades uso el transporte público, pero siempre que puedo voy en bicicleta o caminando, porque esos ejercicios, aparte de su utilidad práctica inmediata, también me ofrecen una posibilidad de estar físicamente en el mundo. Hay una seria ventaja cognitiva en llegar caminando a los sitios en los que uno quiere ver algo o encontrarse con alguien que le importa mucho. Desde hace millones de años, el cerebro de las especies de las que la nuestra es heredera evolucionó en concordancia con el hábito de caminar. El ritmo de la caminata y el del pensamiento se acompasan entre sí. El ejercicio despierta la inteligencia y agudiza los sentidos en la anticipación gradual de la llegada. Yo escucho mejor un concierto cuando he llegado a él caminando, y miro los cuadros más perceptivamente si una hora de paseo yendo hacia ellos me ha entrenado los ojos en la contemplación variada del mundo.

Las calamidades de un autor pobre son ventajas para el coleccionista rico: de no haber ardido tantos ejemplares, no valdrían tanto los que quedaron

No siempre es necesaria la mediación de la tecnología; y menos aún de una sola tecnología. Walter Benjamin era un apasionado de las plumas estilográficas y las prefería con mucho a la máquina de escribir, pero no por nostalgia, sino por eficiencia: en los años veinte del siglo pasado, una estilográfica era una novedad tecnológica más avanzada que una máquina de escribir. Y en gran medida sigue siendo un instrumento eficiente y sofisticado de escritura, una maravilla de ingenio y ligereza mecánica semejante a una bicicleta.

Páginas escritas a máquina y a pluma y a lápiz abundaban detrás de las vitrinas y en los álbumes muy bien encuadernados de la feria. Una parte del contenido fundamental de una carta escrita a mano no está en el significado de las palabras, sino en la caligrafía, en el papel, en el tamaño de la letra. La estética involuntaria dice lo que la conciencia está segura de ocultar. Hemingway se pone a escribir una carta y llena el papel tan glotonamente con las gesticu­laciones de su letra como llenaría con su arrogancia masculina las habitaciones en las que entrara. Ver la firma pequeña de William Faulkner al pie de la última página de un contrato con un estudio de Hollywood es darse cuenta de la presencia mínima y bastante incierta que un escritor tiene en esos mundos de negocios en los que sin embargo su trabajo es la materia prima.

Según voy recorriendo los pasillos y los escaparates de esta feria me doy cuenta de que en ella los dos únicos papeles que pueden corresponderle a un escritor son el de fantasma y el de intruso mirón. Fantasmas del talento y de la pobreza, el fracaso, el olvido, aparecen en primeras ediciones que con frecuencia no leyó casi nadie y que ahora cuestan muchos miles de dólares. No tengo vocación ninguna de coleccionista, pero me emocionaba viendo algunos libros, tocándolos, después de pedir permiso al imponente librero, que suele mirar al visible intruso por encima de las gafas escurridas hasta la punta de la nariz. Toqué un ejemplar de Dirección única, de Benjamin, tan delgado, tan perfecto en su tipografía, con la cubierta intacta, diseñada con una bella modernidad de 1926, con la dedicatoria estremecedora a Asja Lacis. Pregunté tontamente el precio: 15.000 dólares. Lo que hacía más valioso el ejemplar, me dijo el librero, haciéndome saber con la expresión de su cara que ni por un momento había imaginado que yo pudiera comprarlo, era que conservaba la cubierta intacta. Pero mirar y tocar el libro un momento era tener más cerca la presencia de Benjamin: comprender con los ojos y las manos qué parte tan breve de su obra se publicó mientras estaba vivo, qué infortunios lo llevaron a perder todo lo que tenía y amaba antes de perder la vida.

En otro puesto, en el interior de una especie de cofre, había otra primera edición tan emocionante para mí como la de Benjamin: Moby Dick or, The Whale. Este no me atreví a pedir que me lo dejaran tocar y hojear. Costaba 25.000 dólares. Las ventas brutas totales de la primera edición de la novela —la única, hasta 30 años después de la muerte de Melville— habían ascendido a 537 dólares. 2.400 ejemplares, de una tirada de 3.000, ardieron en el incendio del almacén donde hacía años que nadie se acordaba de ellos. Las calamidades de un escritor pobre se convierten en ventajas para los coleccionistas ricos: si no hubieran ardido tantos ejemplares, no valdrían ahora tanto los que quedaron.

Gracias a Saúl Roll, novelista y librero del gremio, sostuve en mis manos, hace unos años, en esta misma feria, el bloque macizo de la primera edición de Ulysses, las simples letras blancas sobre el fondo azul claro. Costaba entonces, no sé ahora, en torno a los 400.000 dólares. Qué bien le habría venido un porcentaje siquiera de esa cantidad al pobre Joyce, cegato y borrachín, perseguido siempre por la inseguridad y la penuria.