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Holgar antes de la cruzada

Una versión demediada de un drama donde Lope contrapone el carácter teocrático de la monarquía medieval con las legendarias pasiones mundanas de Alfonso VIII

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Obra de teatro 'La judía de Toledo'. EL PAÍS

La leyenda del amor que Alfonso VIII mantuvo durante siete años con una judía toledana, está inspirada en la tradición bíblica: ese es el tiempo que Jacob hubo de prestar servicio a su tío para que le permitiera casarse con su prima Raquel. El mito se gestó probablemente para explicar la derrota en la batalla de Alarcos (1195) del ejército del rey castellano frente a los integristas almohades, que venían haciendo la yihad en la Península desde medio siglo atrás.

Es difícil valorar La judía de Toledo a través de la versión que nos ofrece Laila Ripoll, porque ha eliminado por completo el acto I (casi media obra), en el que Lope plantea la pugna entre los partidarios de entregar el trono a Alfonso, aún siendo niño, y quienes defienden que eso suceda cuando cumpla los quince años. Una vez coronado, espada de Santiago Apóstol en mano, Alfonso VIII se lanza contra la morisma.

La segunda parte, donde comienza el espectáculo producido por la CNTC, muestra la boda del rey con Leonor Plantagenet, su enamoramiento de la bella Raquel, la conjura nobiliaria para asesinar a la joven judía y la vuelta del rey a la guerra, que tuvo pronto punto de inflexión en Las Navas de Tolosa.

LA JUDÍA DE TOLEDO

Autor: Lope De Vega. Versión y dirección: Laila Ripoll. Intérpretes: Manuel Agredano, Jorge Varandela, Ana Varela, Federico Aguado, Mariano Llorente, Elisabet Altube, Marcos León, Teresa Espejo. Videoescena: Álvaro Luna. Música: Mariano Marín. Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas. Luz: Luis Perdiguero. Escenografía: Arturo Martín Burgos. Madrid. Teatro de la Comedia, hasta el 26 de marzo.

Ignoro quién y porqué ha escogido este drama, que se nos sirve demediado. Donde Lope habla sobre el carácter teocrático de la monarquía y dramatiza el dificultoso ascenso del joven monarca, su aptitud bélica y el riesgo en el que pone a Castilla cuando se entrega al amor (el poeta compara la situación con la pérdida del reino visigótico), Ripoll cuenta exclusivamente la historia pasional entre Alfonso y su querida, en un contexto turbulento.

El vestuario y las proyecciones (un puzzle algo confuso de secuencias del No-Do, con locución nueva) sitúan la acción tras la Guerra Civil española: vienen a sugerir que la Historia avanza en espiral y que las pasiones regias de antaño tienen su equivalente en nuestros días.

Entre los momentos más logrados del montaje, figuran el descubrimiento de las dos ninfas bañándose en el Tajo y todas las intervenciones de Marcos León, en el papel de Belario, gracioso serio que juzga cuanto sucede certeramente: como un maestro de ceremonias, está dentro y distanciado de la acción a la vez. Federico Aguado interpreta a un monarca nada sobrado de majestad, más pendiente su mirada de la tierra que del cielo. La Leonor de Ana Varela tiene dignidad regia, y la Raquel de Elisabet Altube, encanto como para que el protagonista se pierda soberanamente por ella. El resto del reparto, hace valer su oficio. Subrayables, el tono, el carácter y la propiedad con los que Mariano Marín pone voz al No-Do.