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En el principio fue la carne

'La carroña' puede considerarse un libro sobre poesía, pero también una obra política y religiosa

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Charles Baudelaire pintado por Courbet en 1847.

Poeta, ensayista, crítico de arte y literatura, Enrique Andrés Ruiz (Soria, 1961) es uno de los más originales intelectuales españoles. Si en Vida de la pintura (2001) comparecía como sabio antimoderno con un gran talento para la provocación, La carroña lo descubre inseguro. O sería mejor decir: bien armado de saberes, pero cuidadoso en su defensa de la incertidumbre. La carroña puede considerarse un libro sobre poesía, si entendemos por ésta la capacidad de fijar lo perecedero con la palabra, así como la de acompañar al mundo con una sintaxis. Porque también es una obra política y religiosa sobre las diferentes temporalidades con las que el hombre ha dado sentido al mundo.

Un fragmento de las Geórgicas, de Virgilio, en el que las abejas nacen del cuerpo putrefacto de unos toros sacrificados, así como el poema ‘La carroña’, de Baudelaire, sirven a Ruiz para fijar los dos polos de temporalidad a los que sustraerse; el tiempo clásico de la restauración mítica y el tiempo progresivo del pensamiento histórico contemporáneo. Ambos están marcados por una finalidad y su condición sacrificial: para servir a los argumentos de la totalidad desprecian lo concreto, la carne, la perecedera vida. Una operación fraudulenta que Ruiz confronta con varios hitos: el clasicismo de Lucrecio, el protocristianismo de los Hechos de los apóstoles y de Agustín, el realismo de Cervantes o Spinoza, el liberalismo de Tocqueville (con su moral del éxito), la Revolución de 1848 y la teoría del duelo en Barthes, entre otros.

A Ruiz le gusta desmontar la manía binaria del pensamiento, nuestra guerra de conceptos abstractos, así que a estas dos temporalidades les añade un tiempo poshistórico (nuestro presente) con pertinentes llamadas a la “actualidad” que remarcan la vigencia política de estas reflexiones: de la razón histórica heredamos su carácter progresivo, pero agregamos un profundo desencanto. Mantenemos la dirección única acelerándola y difiriendo la búsqueda de sentido. Hemos creído resolver el problema eludiendo un término (su término): la muerte.

Ruiz le exige mucho a su escritura. Se recrea en una forma no lineal de reflexionar. Tampoco quiere concluir, sino enseñar a percibir la incertidumbre a la que nos referimos al principio. Es en este sentido en el que La carroña es un libro religioso, cristiano. La corriente literal del cristianismo de Ruiz muestra al cuerpo como primera premisa. Es una religión de lo fugaz y de la encarnación, realista. Frente a las narrativas de la finalidad, el tiempo de la carne es descriptivo: ya hay suficiente mundo en la enumeración. No es extraño que Ruiz considere compañeros de viaje de esta fe de la carne a Baudelaire, Nietzsche y Spinoza, y vea en cierto ateísmo la consecuencia lógica de un cristianismo antiplatónico: en el principio no fue la palabra, sino la carne. Porque también es el tiempo de la literatura, de la restauración de la carne en la palabra no dogmática. La carroña es un libro fecundo en intuiciones. Ojalá hubiera más ensayos sobre poética con esta ambición y rigor.

La carroña. Ensayo sobre lo que se pierde. Enrique Andrés Ruiz. Pre-Textos, 2017. 272 páginas. 22 euros.