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Karmelo C. Iribarren, el poeta que ponía copas

El escritor donostiarra publica su nueva obra, ‘El amor, ese viejo neón’

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El poeta Karmelo Iribarren, en el muelle de San Sebastián.

El poema se titula Sencillo y pertenece al libro Desde el fondo de la barra, de 1999:

Verás/ es muy sencillo:/ los lunes/ martes/ miércoles/ jueves/ viernes,/ son la vida.

Los sábados/ no son más/ que una efímera ilusión/.

Y los domingos/ nos sirven/ para encajar/ bien/ todo esto/.

Del libro nuevo, 'El amor, ese viejo neón' (Editorial Aguilar)


'El don de la ignorancia'

Los enamorados

no saben

que lo que tienen entre manos

es también esa vieja bomba

que aparece muchos años después

bajo la arena

de la playa

con el detonador intacto.

No lo saben.

Ni que la guerra

no se acaba nunca.

Por eso se enamoran.

'El amor'

El amor,

ese viejo neón

al que aún

se le encienden

las letras.

'Aforismo XVI'

Me amó con locura y ya ni siquiera

me odia un poco.

Del libro 'Haciendo planes' (Editorial Renacimiento)

'Canción rota de despedida'

Llovía a cántaros

y no había un alma en la calle,

sólo la noche acercándose

por encima de los tejados,

sólo la noche y tu ausencia

tan enorme

que ni cabía en el aire.

Y no llegabas. Y no llegaste.

Y yo no tenía paraguas.

Y no había un puto taxi.

La madre que te parió.

Del libro 'Pequeños incidentes. Antología poética' (Editorial Visor)

'Mis respuestas'

Las tres

de la madrugada.

Que vengan

esas grandes preguntas,

que ya tengo

mis respuestas:

el viento

y la lluvia

ahí fuera,

y aquí

al lado

tu respiración.

'Domingo, tarde'

Qué hago

mirando la lluvia,

si no llueve.

Teniendo en cuenta que esta conversación con el poeta en el muy refinado salón-cafetería del donostiarra Hotel de Londres transcurría en sábado, nos la tomaremos como lo que es: una efímera ilusión de hora y media.

Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) fue fontanero, vendedor de enciclopedias y camarero en una residencia de ancianos. Pero sobre todo fue el tabernero sombrío del Akerbeltz, según se mira al fondo de la Parte Vieja de Donosti, a la izquierda, un antro inolvidable de cuando entonces, tiempos duros, sexo, droga, terrorismo de ETA y rock and roll (“yo no era un barero simpático, no tenía ganas de hablar con la gente”). Allí, tras la barra, en los tiempos muertos, Iribarren escribía. Eran los versos libres paridos por un verso libre de la noche. Se hizo alcohólico, lo cual ya pasó, y un enorme poeta, lo cual permanece. La ‘C’ a secas es por el buen concepto que guarda de la familia paterna, que lo dejó metido en un orfelinato donde las monjitas le partían platos en la cabeza con siete años. Su biografía, la de un tipo marcado desde niño, incluidas las visitas a la cárcel de Martutene para ver a sus hermanos. “Hay mucho pesimismo en mi poesía pero también celebración, hay mucho humor y mucha ironía. Yo no tuve una infancia maravillosa. Lo lógico es tenerla. No fue mi caso. Y eso a mí me marcó, igual viene de ahí esa mirada que le echo yo al mundo. Pero al mismo tiempo yo soy un poeta que no deja de hablar de la vida: aquí estoy, sigo andando, aunque no vaya riéndome”.

Y no, no va. Su escritura, que acaba de encender otra antorcha con el poemario El amor, ese viejo neón (Aguilar), no es precisamente el Himno a la Alegría, aunque mentirá quien sostenga que Iribarren se recrea en el pesimismo. Tan solo constata. Él considera —al parecer no es el único sobre la faz de la tierra— que la gente las pasa canutas, así en general. Es sencillo. No parece serlo tanto huir de la floritura y el adorno como del demonio (por cierto, Akerbeltz significa en euskara el gran cabrón, la bestia). Es el sello de este poeta que va directo al grano y posee una virtud escasa e impagable: sabe de lo que habla. “Mi poesía recoge todo tipo de personajes de la ciudad a la deriva… yo hablo de los mendigos, de esa mujer sola a la que se le ha torcido la vida, de las putas, de esta gente sin… sin suerte. Y del amor”. Vidas en el último escalón, las llama él. “Y no digo que todos sean unos santos, ¿eh?”.

La dialéctica entre la nada y el algo, y entre la realidad y el poema es crucial en la poética de Karmelo C. Iribarren. Así lo dejó escrito Luis García Montero en el prólogo a la antología Pequeños incidentes (Visor): “Lo contrario de su negación al virtuosismo no es un Todo sucio y grandilocuente, sino un Algo modesto que permita hacer real la emoción, fuera de cualquier patetismo”. Se podrá decir más alto pero no más claro. Es el de K. C. I. un camino como el de quien va por el monte desbrozando ortigas. Solo que para el autor de Haciendo planes, Serie B o El diario de K. (todos ellos editados por Renacimiento, su sello de siempre) las ortigas son las solemnidades y las rimbombancias. “Yo hago una utilización de la lengua tan poco retórica, tan cercana a lo coloquial y con tan poca utilización de la metáfora y tal… que parece que en lo que hago no hay literatura, pero sí lo es, y a mí me cuesta. El trabajo es sobre todo quitar, porque yo trato de dejar el poema en el hueso. Aunque a veces creo que de tanto quitar me lo cargo. Pero funciono así”, explica.

Los tiempos negros le dejaron un poso de escepticismo, realismo más bien. No es un ingenuo Karmelo C. Iribarren cuando afronta la realidad de los hechos: ser un poeta venerado en las redes sociales y con seguidores fieles a cada golpe de poemario, pero mal conocido por el gran público… y demasiado bien por la crítica, sostiene él: “A mí me interesan la idea y la emoción más que el ropaje. Esto provoca ciertos reparos en alguna gente, sobre todo en el aparato crítico. Pero me parece bien, a estas alturas no me preocupa mucho lo que pueda decir la gente de mi poesía”.

"La poesía tiene que salir de las catacumbas", dejó dicho Octavio Paz. Karmelo C. Iribarren recogió hace tiempo el guante con unos versos sin trampa ni cartón que hablan de lo que le puede pasar a la gente cada mañana, "una literatura de los días laborables", como la llama él. Quizá por eso tuvo su recompensa en forma de un público fiel que, además de comprar sus libros, escribe sin parar sobre él y sus versos en las redes sociales. Por cierto, el domingo, el propio Iribarren escribía en su cuenta de Twitter: "Toda mi poesía está siempre a un paso de despeñarse hacia la anécdota. Me gusta asumir riesgos".

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