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Sublime y tóxico

Una exposición de Lucio Fontana y Fred Sandback y otra de Marc Quinn y Michael Chow muestran un panorama artístico que va del ascetismo depurador al reciclaje del exceso material

'Concetto spaziale', de Lucio Fontana.

He aquí un impremeditado encuentro expositivo en Madrid que empareja a cuatro artistas representativos respectivamente de la estética retractiva del XX y de la exuberante actual del XXI; de la, diríamos, actitud creadora anoréxica a la bulímica, de la pasión por restar a la de sumar, del ascetismo depurador de lo material al reciclaje del consumista exceso material. En efecto, el italoargentino Lucio Fontana se hizo célebre a partir de 1949, después de una dilatada trayectoria previa, por empezar a agujerear y rasgar el lienzo, extrayendo la espacialidad y luminiscencia del hasta entonces oculto envés del cuadro, mientras que el estadounidense Fred Sandback, una de las figuras heráldicas del minimalismo americano, llevó a la escultura a un punto extremo de desmaterialización, siguiendo el ejemplo del “dibujar en el espacio” de Picasso, mediante hilos coloreados atados que enmarcaban un espacio vacante.

El historiador del arte estadounidense Robert Rosenblum publicó un libro de fuerte impacto, La tradición romántica del Norte. De Friederich a ­Rothko (1975), donde desvelaba el proceso histórico de transformación metafísica del paisaje en la era contemporánea y donde señalaba su consumación en la versión más espiritualizada del expresionismo abstracto americano, justo el momento cuando se comenzó a replantear los límites convencionales del cuadro y de los objetos escultóricos con la llamada abstracción pospictórica, el minimalismo y el pop art.

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Pieza de Marc Quinn de la serie 'Thames River Water'.

Se entraba entonces en la época de la opulencia y el consumo en el marco hegemónico del desarrollista capitalismo occidental. También en la “sociedad del espectáculo”, que afectó y sigue afectando dramáticamente al arte. Es imprescindible acotar mínimamente este contexto histórico para comprender lo que hace más representativo esa otra pareja de artistas actuales, como el británico Marc Quinn, pero también el chino britanizado Michael Chow. Pues ambos revierten el proceso de desmaterialización antes citado mostrando el desolador basurero material en que se ha convertido nuestro paisaje. Es lo que Quinn denomina “tóxico sublime”, en el que no queda ya nada natural en nuestro mundo posindustrial, o, si se quiere, nada más que una naturaleza intervenida y transformada en una inconmensurable masa residual reciclable. La técnica de Quinn consiste en una metalizada laminación física y simbólica de este detritus, en el que se estampan las huellas de este proceso destructivo, cuyo sublime horror refulge con visos de belleza aterradora, mientras que Chow amontona residuos plásticos con inquietante apariencia orgánica, como en descomposición, también con un cierto aire estético del paisaje marino después de una batalla.

Creo que fue Auden quien afirmó que no podía considerarse como artista el que no supiese hallar diamantes en el barro. En este sentido, sería una apocada traición sólo ver en las obras de Quinn y Chow una denuncia ecologista apocalíptica. El arte más remilgado no puede hacer ascos a la realidad que tiene enfrente, aunque sea basura. No exalta la basura, pero se inmiscuye en ella, en nuestra existencia y sus limitaciones. Cuando nos preguntemos qué mundo estamos construyendo, habrá que mirar sus visajes artísticos para hallar la materialidad de nuestros sueños.

Lucio Fontana / Fred Sandback. Galería Cayón. Madrid

Marc Quinn / Michael Chow. Galería Ivorypress. Madrid.