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“Hacer una película es diez veces más difícil si eres mujer y vives en Haití”

Guetty Felin presenta en el Festival de Cine de Cartagena el primer largometraje rodado por una cineasta en el país caribeño

Guetty Felin, cineasta haitiana.
Guetty Felin, cineasta haitiana.

A Guetty Felin su país la frustra, la persigue, la enoja, la apasiona. Dice que cuando está en Haití anhela vivir en otro lugar y cuando está lejos siempre quiere regresar. Entre la fe y la desesperanza que le genera su tierra apareció Ayiti Mon Amour, el primer largometraje rodado de principio a fin en ese país caribeño, bajo la dirección de una mujer. Las imágenes recurrentes de olas de mar que vienen y van reflejan el sentimiento por el lugar en donde nació. Con la cámara inquieta y vaga recuerda el terremoto que hace siete años dejó un vacío que, dice ella, “paradójicamente se convirtió en una oportunidad para contar nuestras historias sobre esta tragedia, a través de nuestros propios ojos, de nuestras voces”, apunta la única mujer que participa en la competencia oficial en la categoría ficción del Festival Internacional de Cine de Cartagena (Ficci).

“Es el reflejo de mi complicada relación con mi tierra natal”, asegura Felin sobre su película, con la que ha iniciado un camino (largo, augura ella) en el cine. “Las historias son abundantes, pero la financiación es difícil y es diez veces más difícil para las mujeres de color, como yo, y que asumen riesgos haciendo obras poco convencionales, con actores desconocidos y en lugares tan impopulares como Haití”. Con Ayiti Mon Amour (Haití mi amor) quiere inspirar a otras. “Empoderarnos y juntas reducir ese abismo de género”, dice.

También espera que sirva para que su país entre a la conversación del mundo, pero no como sinónimo de horror y de devastación sino a través de provocadores imágenes. “Me gustaría que la audiencia olvidara todo lo que ellos creen saber sobre Haití y que se dejen seducir por la narración”. Su trabajo deja atrás la gastada exaltación de la pobreza y de la miseria. Un joven que descubre un súper poder, un pescador que cree que la cura para la enfermedad de su esposa está en el mar y una musa que decide abandonar al escritor para vivir su propia historia. “Es como un cuento con influencias del realismo mágico, heredado del mundo literario de Gabriel García Márquez”.

Felin reivindica la belleza que no pudo desaparecer el terremoto y crítica a los medios que aterrizaron en su país cuando ocurrió el desastre. “Como espectador, sus horribles imágenes me habían entumecido, como una persona haitiana me perturbaron profundamente. Una vez más, cuerpos negros estaban en exhibición en formas muy indignas, como nunca vemos a otras personas”. La cineasta quedó con hambre de historias sin sensacionalismo y alejadas de los estereotipos. Cuenta que en los meses siguientes a la tragedia se obsesionó con las secuelas y el impacto real en los sobrevivientes. “Pocas semanas después del terremoto, a pesar de las penas, mis compatriotas estaban cantando y bailando de nuevo, tal vez para olvidar. Eso me trajo algo de esperanza. Habían encontrado la manera de volver a la normalidad”.

Las mujeres demostraron su fortaleza, destaca. La mayoría lleva el peso de familias enteras desde que son niñas. “Es una sociedad matriarcal y las mujeres son mucho más fuertes que los hombres, tanto en espíritu como en resistencia”, dice Felin, que describe su película como una humilde respuesta como cineasta y artista a una tragedia sin nombre. “Fue el interés por encontrar algo significativo, algo sensiblemente humano fuera del caos”.