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El burgués apasionado

Thomas Mann dijo que nunca escribiría su autobiografía porque estaba “entero” en sus novelas, pero el éxito le obligó a contar su vida

Thomas Mann (derecha) conversa con Albert Einstein en presencia del rabino Stephen Wise en 1938,
Thomas Mann (derecha) conversa con Albert Einstein en presencia del rabino Stephen Wise en 1938,

Thomas Mann (1875-1955), el escritor alemán que mejor representa aún hoy la faz humanista de Alemania junto con Goethe, admitió que nunca quiso convertir su vida en literatura escribiendo su autobiografía, pues ya se mostraba “entero” en sus obras. Tampoco su vida le parecía “relevante”. En realidad, sólo la consagró a su oficio, que desempeñaba con constancia y meticulosidad. A Mann le obsesionaba la perfección (aunque siempre creyó que no la conseguía), pues la obra de arte debe ser perfecta para perdurar. Desde muy joven sólo anheló dar rienda suelta a sus ansias creadoras, a un irrefrenable impulso literario nacido de lo que él llamó su “manía de fabular”, herencia de su exótica madre, una bella mujer de ascendencia germano-brasileña.

El burgués apasionado

Aunque el autor de obras tan geniales como Muerte en Venecia y La montaña mágica nunca escribiera una autobiografía al uso, cuando le llegó la fama se vio obligado a hablar de sí mismo para su público. Tuvo que hacer frente a entrevistas, lo invitaron a dar conferencias sobre su obra y fue objeto de homenajes. De ahí nacieron numerosos textos de circunstancias que, en conjunto, aportan una visión unitaria de su trayectoria vital y las constelaciones intelectuales que la guiaron. “Mi época ha sido rica en contrastes”, escribió, “pero mi vida ha sido una unidad”. Todos ellos muestran el camino recto de un hombre que desde joven fue consciente de tener una “vocación” y un “destino”; y también de su enorme valía como artista.

Así lo declaró en el conciso ‘Relato de mi vida’ (1930), poco después de recibir en 1929 el Premio Nobel de Literatura, que no le sorprendió: “Se encontraba sin duda en mi camino; digo esto no por vanidad, sino porque poseo una visión tranquila, si bien no desinteresada, del carácter de mi destino, de mi papel en la tierra, del cual forma parte el brillo inequívoco del éxito”.

Ganar el Premio Nobel de Literatura en 1929 no le sorprendió. “Se encontraba sin duda en mi camino”, escribió en ‘Relato de mi vida”

Junto a este informe autobiográfico fundamental —que ya estaba en castellano (Alianza, 1969) en la excelente traducción recuperada ahora por Hermida Editores—, el completo volumen titulado Sobre mí mismo reúne varios escritos más, inéditos en español casi todos, en los que “el Mago” (así llamaba Erika Mann a su padre) evocó sus vivencias personales. Que algunos sean algo reiterativos no les hurta interés. Mann relató en varias ocasiones y de manera parecida su fulgurante carrera literaria, la cual dio un primer salto cualitativo en 1901, cuando con 25 años publicó Los Buddenbrook, un éxito de ventas sin precedentes. Su fama prosiguió imparable con el magno galardón sueco, que lo convirtió en un referente intelectual de primer rango en el mundo entero. Pues Thomas Mann no sólo contaba historias plenas de referencias culturales, también defendía y simbolizaba la tradición del mejor humanismo europeo.

El burgués apasionado

En ‘Mi época’ (1950) —otro texto esencial— se refirió a ello declarándose heredero directo de Erasmo y Goethe. Como éstos, fue un enamorado de la idea de humanidad y creyó en la utopía de ver una Europa unida en la defensa de la dignidad de todos. Al igual que los sabios de cualquier época, Mann creía que los grandes espíritus se dan la mano a través del tiempo, uniendo sus voces en defensa de lo mejor, lejos de fronteras físicas e ideológicas. Y que el arte, la literatura, la filosofía, la música unen a los pueblos, jamás los separan.

Relevante como ejemplo práctico de este entendimiento es el diario de la visita a París que en 1926 efectuaron el escritor y su esposa, Katia, con objeto de un ciclo de conferencias del primero. La lujosa y ajetreada vida parisiense encantó a Mann, que se vio agasajado y escuchado como una de las voces señeras que tras la Gran Guerra pedían reconciliación y democracia. Allí encontró a intelectuales que pensaban lo mismo que él, entre ellos a León Chestov e Iván Schmeliov, críticos con aquella revolución rusa de idealismo inicial y que terminó en ríos de sangre.

De arraigadas convicciones burguesas y liberales, Mann acabó reconociendo el necesario triunfo de lo democrático que caracterizó el convulso siglo XX. Asimismo repudió el militarismo rampante, la manipulación de las masas por el totalitarismo y la mentira política. Y aunque era un hombre que sostenía que lo más “digno y cierto” era “el aislamiento, el silencioso y provechoso equilibrio de la vida”, esa soledad —que para él era igual a “ingenuidad”—, de la que nace la obra de arte original, no dudó en saltar a la palestra pública y alzarse como el primero en la defensa apasionada de la dignidad humana pisoteada por las tiranías.

Estos oportunos escritos autobiográficos recuperan la imagen que Thomas Mann quiso dar de sí mismo a cuantos lo admiraban mientras aún vivía, pequeña en verdad, comparada con la que hoy tenemos que reconocerle sus lectores en la gloria de su posteridad.

Sobre mí mismo. Escritos autobiográficos. Thomas Mann. Traducción de Carlos Fortea. Edhasa, 2016. 574 páginas. 36 euros. / Relato de mi vida y El último año de mi padre. Erika Mann. Traducción de Andrés Sánchez Pascual. Hermida, 2016. 204 páginas. 17,90 euros.