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Contra adoctrinamiento, enseñanza

Una comedia documentadísima, luminosa, incisiva y certeramente puesta en escena, interpretada con hondura por Leyre Abadía e Ion Iraizoz

Ion Iraizoz y Leyre Abadía, durante la representación de 'La esfera que nos contiene'. Ampliar foto
Ion Iraizoz y Leyre Abadía, durante la representación de 'La esfera que nos contiene'. Centro Dramático Nacional

Dime quien te educó y te diré quien eres. En apenas un año, la II República construyó más de 6.000 escuelas, muchas de ellas en pueblos donde hasta entonces se daba clase en casa de la maestra, escolarizó a un millón de niños, instauró un modelo no memorístico y estableció constitucionalmente la gratuidad y laicidad de la enseñanza primaria, la libertad de cátedra y la convivencia de ambos sexos en el aula. La Iglesia y la CEDA, partidarios del adoctrinamiento, calificaron aquella iniciativa de “dictadura de los maestros ateos”. Después, vino la sublevación armada, el asesinato de numerosos enseñantes y la inhabilitación de 16.000, tras la victoria franquista.

Con material tan sensible, Carmen Losa ha escrito una comedia bien informada, luminosa e incisiva, interpretada con hondura por Ion Iraizoz y Leyre Abadía. A través de la peripecia de Julián y Manuela, pareja de maestros jóvenes enamorados de la vida y de su trabajo, La esfera que nos contiene saca a la luz un fragmento de nuestra historia tan significativo como insuficientemente divulgado: quizá el logro mayor de la República fue la formación de la infancia rural, en un momento en el que el 50 por ciento de las mujeres eran analfabetas.

La pieza entrevera lo dramático y lo documental exquisitamente. Con un léxico suculento y una poética diáfana, Losa pasa revista al estado de la educación en la España finisecular, al desamparo de los maestros, a las reformas y contrarreformas emprendidas, a través de un hilo argumental bien trabado. La obra salta del presente al pasado, de la Guerra Civil a la de Cuba, de las Misiones Pedagógicas a las cunetas donde tantos cadáveres aguardan una reparación simbólica.

La producción de Ireala Teatro y La Caja es impecable. Desde la escenografía, sucinta, evocadora y de un simbolismo pleno, hasta un ramillete de filmaciones inéditas, pasando por el vestuario y el atrezzo de Iruña Iriarte y Peris, la iluminación solar de Nacho Vargas y la música de Mariano Marín. Ion Iraizoz encarna con precisión la media docena de papeles que se le encomiendan, especialmente al joven Julián y a Don Apolinar, paladín del empirismo.

Fantástica, la tiernísima, dulce y sensual Manuela de Leyre Abadía, intérprete que colorea su trabajo de punta a cabo con seductora paleta cromática. El público del martes aplaudió largo y con viva emoción la labor de todos ellos.