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Un fotógrafo de pueblo para el pueblo

El asturiano Eladio Begega retrató, entre los años sesenta y los ochenta, el mundo rural que le rodeaba

Juaco arando en el Llagüezu, Asturias (1963).

Una lesión le dejó cojo a edad temprana, así que, en el pequeño pueblo asturiano de El Condáu, concejo de Laviana, tuvo que aprender a coserse sus propios zapatos. Con gran tesón acabó siendo el zapatero del pueblo. Arreglaba también electrodomésticos. Tocaba el violín. Y todo lo hizo de forma autodidacta. Pero Eladio Begega (1928-2017) era sobre todo un fotógrafo que retrató, entre los años sesenta y los ochenta, casi anónimamente, el mundo rural que le rodeaba: los muros del cuartucho donde remendaba zapatos lucían plagados de fotos. Su única inspiración eran las pocas revistas ilustradas que llegaban al concejo. No era un fotógrafo que retrataba al pueblo, era más bien el propio pueblo retratándose a sí mismo. Falleció con 88 años, ciego, el pasado mes de enero, sin obtener todo el reconocimiento que hubiera merecido.

El paisano cargando leña, las abuelas leyendo las esquelas del periódico, los miserables mendigos, los gitanos itinerantes, la gente normal y corriente haciendo cosas normales y corrientes. Los rostros duramente ajados, como mapas, por el tiempo y el duro trabajo, y las nudosas manos rurales que, para Begega, resultaban igual de elocuentes. “Siempre me gustó lo sencillo, lo natural. Lo mío siempre fue una foto muy rápida que no daba tiempo a que la gente posara”, dice el fotógrafo en el corto documental Begega, del cineasta Ramón Lluís Bande, tal vez el único documento audiovisual que quedará del artista.

No son fotos robadas, ni tomadas por extraños, son fotos que sus vecinos le regalaban con total confianza a su vecino el zapatero, no a un antropólogo venido de allende los mares. “A veces, cuando tenía una cámara de fotos nueva y potente (porque le gustaba trabajar con buen equipo) le ponía cinta adhesiva y la avejentaba para que eso no crease una barrera con su fotografiado”, comenta Bande. Su obra podría enmarcarse junto a la del gallego Virxilio Vieitez o el también asturiano Valentín Vega, que ahora mismo tiene exposición en el Museo Nacional de Antropología, en Madrid, hasta el 12 de marzo. Incluso podría evocar, aunque traído a la aldea, el trabajo de la gran retratista de las calles estadounidenses, Vivian Maier, sobre todo por la clandestinidad y el anonimato en los que ambos trabajaron.

Dejó 50.000 fotos de rostros cuarteados por el campo y medio millón de negativos

El director del Museo del Pueblu d’Asturies, Juaco López, supo en 1998 de la existencia de Begega, pero muy lejos de Asturias: en Pensilvania, Estados Unidos (y eso que Begega apenas salió de su pueblo). “Allí un antropólogo estadounidense que había estado en El Condáu estudiando la figura del obrero mixto, campesino y minero a la vez, me habló de un zapatero fotógrafo que hacía fotos a sus vecinos”. Así López acabó contactando con Begega: parte de sus fotos se acogieron en el museo, se expusieron y se publicó el libro Mis vecinos del Condáu. Begega deja unas 50.000 fotos reveladas y alrededor de medio millón de negativos. “Estoy seguro que entre ellas nos quedan muchas sorpresas por encontrar”, dice López. Sorpresas de interés, sobre todo dado el retorno a los orígenes rurales, al pueblo, al campo, hacia el que se encaminan varias disciplinas culturales, animadas en gran medida por el ensayo de Sergio del Molino La España vacía (Turner).

“Ya no encuentro rostros únicos como los que encontraba antes”, se quejaba Begega, “ahora somos todos más iguales. Yo solo he querido que quedara constancia de todo lo que yo iba viendo cada día desaparecer”.